Los días del amor – 14 de febrero 2018

Es muy bueno que haya un día del amor de pareja. Hoy, los enamorados debemos celebrar con todo el corazón, las neuronas y el cuerpo. Es cierto que todos los días hay que regar esa plantita maravillosa que es el amor, pero no es malo que un día nos dediquemos por entero al otro. Hay cientos de definiciones de amor. Y uno va cambiando con la edad y con el paso del tiempo. Yo creo que el amor es esa pasión que uno siente por el otro o la otra que hace que lo extrañe mucho y que quiera compartir muchas cosas con él o con ella. Pero eso no alcanza. La piel es fundamental pero no alcanza. El fuego encendido de los cuerpos y el aliento feliz y agotado de la cama debe tener otros dos componentes, según mi humilde criterio. Uno debe ser el admirar al otro. Tenerle un gran respeto por lo que es como persona o como profesional. Por su capacidad intelectual por su actitud solidaria y generosa, por su apuesta al progreso y al esfuerzo de la pareja. Y le agrego algo más. Para mantener vivo ese amor, creo que hay que hacerse el bien uno al otro. Es bueno pensar en uno, en lo que le gusta en su propia satisfacción. Nadie puede hacer feliz al otro si primero no es feliz. Pero hay que ver siempre como podemos expresarle al otro o la otra que estamos pensando en el o en ella. Que la tenemos presente y que vamos siempre a tratar de hacer algo que la haga más feliz, que le genere más placer, que la haga sentir mejor como mujer o como hombre. Esa ida y vuelta es el secreto de la duración de una pareja. Los mimos, los besos, el sexo, el compañerismo, el compartir esfuerzos, llantos y alegrías siempre fortalece la pareja.
De todos modos no hay una fórmula científica y por eso es tan apasionante e inquietante. Hay siempre un toque mágico, inexplicable. Hay algo que enamora que te hace temblar las piernas cuando la vez. Que te sacude el alma cuando te mira con ganas. Que podes pasarte horas hablando de algún tema y horas callados, mirando el futuro o un paisaje conmovedor.
Todavía recuerdo a mi primera novia. Estaba en quinto grado de la escuela Ortiz de Ocampo de la calle Salta. Hicimos un asalto. Susana tenía el pelo rubio y largo hasta la cintura. En el Wincofon sonó la ternura de Salvatore Adamo cantando “mis manos en tu cintura” y yo cerré mis ojos y me sentí volar. Jamás me atreví a decirle nada. Yo había llevado bebidas y las chicas, comida. Era un asalto de aquella época y yo la recuerdo como el día de mi primer amor aunque ella no lo supo nunca. Baile todo el tema con las manos transpiradas y colorado como un tomate.
Después vino el tiempo del caradura que se animaba a todo. Jamás olvidaré la piel cetrina de Alicia y sus ojos de miel que parecían convertirla en siciliana. Con ella cantamos y bailamos a un Leonardo Favio que decía “ding, dong, son las cosas del amor, yo subía y ella bajaba/ la miré y me miró”.
O Laura, la hermosura de su mirada de cielo con la que me quise casar. Fui capaz de viajar todos los fines de semana a Buenos Aires donde se había mudado. Iba en tren barato de bolsillos flacos de estudiante y sufrí como un loco cuando ella se casó con alguien menos soñador pero con una mejor posición económica que le dio muchas seguridades y tres hijos. Nuestro tema era Mamy Blue en la penumbra de los boliches. O Sandro, hablando de penumbras.
A todas les escribí poemas. O textos cargados de sentimientos. Está claro que las palabras, siempre fueron mi forma preferida de comunicarme, de expresar lo que siento y pienso.
Me volvió loco la Mirta que cantaba a Vinicius y con su afrolook y pantalones naranjas superajustados me cantaba al oído que “tus brazos precisan los míos y los míos, precisan los tuyos”. No pudo ser.
En los 70, la universidad combativa y las marchas callejeras me empujaron a los brazos de Celina. Era una partisana de apellido italiano y orgullo cordobés. Hincha de Agustín Tosco y los camperones verdes de la militancia. La dictadura acechaba, había que tomar decisiones para sobrevivir y huimos hacia Buenos Aires. Previamente nos casamos. Seguramente demasiado rápido. Éramos muy duros para la política pero demasiado blandos para la convivencia. Hoy miro a aquel Alfredo y lo veo con una inocencia y una falta de experiencia terrible. Pero empecé a ganarme la vida muy de abajo, en la revista Goles, mientras dormíamos con un colchón en el piso en un departamento de Floresta que casi no tenía muebles. Pero había letra y música de Tejada Gómez y Silvio Rodríguez.
Después viví tiempos de separado más zarpado y fui picoteando por distintas flores. La calle Corrientes me deslumbraba y tuve mucho de ese amor fugaz del toco y me voy que es amor pero no tanto. Esos son amores de madrugadas y calenturas pero no un amor de todo el día. Son esos ásperos entreveros de sábanas a los que suele cantarle Joaquín Sabina.
Con Silvana, la psicoanalista de Lugano, me casé y viví durante 24 años. Entramos a la fiesta con Sting que cantaba “Si la amas, déjala ir”. Apenas la ví en un recital, supe que iba a ser mi futura segunda ex esposa. Es una gran madre de Diego y nadie vive tanto tiempo con alguien si no lo respeta y valora.
No le cuento como me funciona el corazón ahora porque todo está naciendo con fuerza y no quiero violar la intimidad de algo y alguien que crece y que quiero cuidar entre algodones. Estamos en la etapa de la siembra pero ya estamos disfrutando de la cosecha como si nos hubiéramos conocido de toda la vida.
A esta altura creo que cada amor tuvo su identidad. Cada amor fue un espejo de mis momentos, mis sueños, mis fracasos y mis éxitos. Yo ya no soy el mismo que fue feliz con aquellas otras mujeres. Ni el que dejó de serlo y se fue en busca de otros susurros. Tal vez no cambié el fondo de mi mirada ni mi ADN de la vida. Pero fui modificando las formas de aproximarse a la vida y al amor. Uno cree que sabe pero no sabe bien que es el amor. Sospecha. Siente cosas en el cuerpo y aproximaciones en las ganas. Y siente envidia y admiración por el amor de pareja de sus amigos. De Jorge y Verónica, del Turco y la China, de Santiago y Patricia, del Doctor y Ana. Llevan años juntos y se aman como el primer día. Eso prueba que se puede.
Hoy creo que lo que más se parece a lo que siento lo escribió, cuando no, Daniel Salzano para Jairo.
Se llama “Los enamorados” y dice que se miran de frente,
caminan despacio, se besan de lado,
se tocan el pelo,
se cuentan los dedos,
se besan las manos.
Los enamorados…
Inventan proezas,
desatan pasiones,
murmuran promesas,
adoran la vida,
comparten helados.
Los enamorados…

Los enamorados,
son cuerpos sagrados,
oigamos el himno que cantan callados,
no me dejes nunca, no me dejes solo,
no me dejes, teneme apretado
decime amor mio, decilo de nuevo,
te quiero te quiero, que el mundo se acabe y empiece de nuevo.
Los enamorados, se miran de frente,
caminan despacio, se besan de lado,
ocupan el mundo, se prestan el alma,
los enamorados…
evitan las luces, dominan la noche,
abarcan estrellas, señalan planetas,
estiran las manos …. y
al final estallan, se apuntan,
se juegan, se afloran,
se abejan, se abren,
se cierran se bailan,
se juran, se viaban de lengua ,
de ojos de lado, se acunan,
se miman, se doblan, se triplan,
se llaman, se citan,
se loban, se lunan,
se celan se adoran,
los enamorados…
Brindo por todos los enamorados y les deseo que ese amor no se termine nunca. Brinde por eso hoy. Es el día del amor.

Día mundial de la radio – 13 de febrero 2018

Hoy es el día Mundial de la Radio. Las Naciones Unidas dicen que “sigue siendo el medio de comunicación más dinámico, reactivo y atractivo que existe”. También plantea que tuvo la inteligencia de adaptarse a los cambios tecnológicos y utilizarlos a su favor para sumar “nuevas formas de interacción y participación” democrática por su diversidad de voces y opiniones.
Se eligió el 13 de febrero porque ese día se fundó la radio de la ONU. Hoy es el día mundial de la radio y esa participación de los oyentes hizo que me pidieran una vez más la columna donde trato de explicar cuál es la magia de la radio. En agosto la radio cumplirá 98 años en Argentina y esta querida radio Mitre celebrará sus primeros 93 añitos.
¿Qué me dice? Son veteranas que están muy jóvenes.
El tiempo pasa. La radio es esa cultura de la Spica con olorcito a cuero para escuchar los goles en la oreja y monitorear a los relatores de la mano de mi viejo. O la Tonomac Platino Siete Mares que fue la primer internet que tenía dial en lugar de mouse y que nos permitía navegar por un mundo que nos devolvía interferencias y frituras en todos los idiomas. O ese suave calorcito que largaba la válvula por los parlantes de la radio Capilla de la abuela. O el walk man clavado en las orejas en pleno supermercado o el radio despertador que nos acribilla con la temperatura y en su momento con los hectopascales. ¿Se acuerda? O la que viaja en el auto y es compañía en la ruta o en laburo, o la que está en el living como si fuera la tele o en la cocina como si fuera el microondas o en el baño, ¿Por qué no? Mientras nos enjabonamos las noticias.
Hoy la radio es cada vez más un ícono en la red de redes que con un click en el celular te permite saber desde Lieja en Bélgica que calle está cortada y que semáforos no funcionan en el centro de Buenos Aires. La primera vez que llevé a mi hijo a una radio miró medio aburrido para todos lados y con sabiduría infantil dijo: “Pá: esto no es una radio, esto es un edificio”. ¡Cuánta razón tenía Dieguito en aquella época¡¡¡
Hay algunos que confunden la radio con el lugar físico en donde funciona. Con estas paredes llenas de historia. Con estos micrófonos que no perdonan. Con esa luz roja que tanto temo y que tanto quiero, con aquella vidriera que nos muestra operador al Pepo Colodrero y a veces a Dana o Lucas o Juampi, Gaspar y Emanuel, Javier y Mauricio desde Mar del Plata y tantos otros. Ellos nos lanzan luces de advertencia y nos dicen, ojo que venimos. Atrás hay otros compañeros que producen todo lo que va al aire. Allí está Mariana Torres Day, Juan Etchegoyen, Nacho Cámara, Marina Bianco, Andy López y sus twiters y la mirada sabia de Marta Lamas.¿Eso es la radio?
Algunas sillas, una mesa, la ceremonia del mate. ¿Eso es la radio? De ninguna manera, la radio no es un hecho inmobiliario.
Entonces, ¿Qué es la radio? La posibilidad de transmitir palabras y músicas a través de ondas hertzianas, micrófonos, ecualizadores, una consola de sonido, casseteras, compacteras, mini disc y compus que despachan publicidades grabadas, una antena gigantesca, híbridos y del otro lado un aparato más grande o más chico que recibe todo eso. Dígame la verdad, ¿Eso es la radio? De ninguna manera, la radio no es un hecho electrónico.
Y entonces, ¿Qué es la radio? ¿Porque se habla tanto de ella? ¿Por qué algunos tontos la tratan como una hermanita menor si está por cumplir 98 años de vigencia absoluta a pesar de tanto cambio tecnológico, tanto mail, tanto tuit, celulares o cámaras HD? ¿Por qué sigue ocupando un lugar tan destacado, creíble e irremplazable? Ni el cine ni la tele ni la poderosa internet pudieron con la radio. Todo lo contrario, la radio se sirvió de todos ellos para llegar antes y mejor. Para ser más radio.
La radio es como la cigarra de María Elena Wash. Tantas veces la mataron, tantas desapareció, a su propio entierro fue y sin embargo esta aquí, resucitando.
Muchas veces la gente que visita la radio sale un poco desilusionada como mi hijo aquella primera vez. Seguramente espera ver decorados, tarimas, escenografías, telones, noticias viejas, risas nuevas, disfraces, dragones y hasta algún que otro mago. Pero no. No encuentra nada de eso. Solamente unas cuantas personas en el centro de una habitación hablándole con gestos y ademanes a un fierrito que no sabe, no contesta. Los que no hablan en ese momento hacen todo en cámara lenta y se mueven como si la gravedad no existiera. Parecen locos que caminan por la luna. Juegan a dígalo con mímica, escriben grande en los papeles los nombres muy famosos o muy desconocidos de los entrevistados y tratan de leer los portales en la notebook o sin que el papel haga ruido y se escape por el micrófono.
Evidentemente la radio no está allí. El edificio, la tecnología y las personas no alcanzan para hacer una radio. Muchos señores amantes de la razón pura creen que sí. Creen que con todo alcanza y sobra y se equivocan. Los que piensan así no tienen una radio. A lo sumo un gigantesco altoparlante, un altavoz que llega lejos. Eso tienen… pero de ninguna manera tienen una radio.
Para definir una radio es condición fundamental haber leído el principito para comprender que lo esencial es invisible a los ojos. Es el único lugar donde no hacer falta ver para creer. La radio se completa con la imaginación de ambos lados. Desmiente ese dicho de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Acá es al revés. Si hay una verdadera radio, ojos que no ven, corazón que siente mucho. Por eso quien visita una radio no ve nada importante pero allí hay cosas importantes. Por eso la radio se escucha, pero sobre todo, se siente. La radio es esa carta pidiendo ayuda para una familia inundada que genera una catarata solidaria. Es esa convocatoria a la esperanza que hacemos con la buena noticia. ¿Usted ve la solidaridad y la esperanza? Por supuesto que no, pero la siente. La puede palpar y compartir. Igual que la alegría que desborda cuando nos equivocamos y nos tentamos o alguien nos cuenta que recibió esa ayuda y esa hermandad que pedimos al aire. Ese nudo en la garganta que se siente acá, ese cosquilleo en el pecho que mezcla las risas y el llanto, ¿Cómo se llama ese clima intangible? Radio, eso se llama radio.
La radio es esa señora que pide un bolero de aquella época porque es su aniversario de casamiento y quiere homenajear al hombre que la acompaña desde hace tantos años y le cocina un guisito de ternura, compra un vino especial y la mujer que al amor no se entrega no merece llamarse mujer. ¿Cómo se llama ese clima romántico? Radio, ese clima se llama radio.
Sin estas cosas usted tendrá muy buena información, o el coraje de una opinión jugada pero no tendrá radio. La radio es la que siempre llega primero, es la primera versión del periodismo que a su vez es la primera versión de la historia. Por eso la radio hace historia todos los días.
Sin esos climas, sin esos temblores, sin esas fantasías, usted tendrá algo honorable y muy útil tal vez, pero que no se llamará radio.
La radio es Cacho Fontana o Antonio Carrizo, Bravito o Badía. La radio es Mareco y el negro Víctor Brizuela y Fioravanti o el Gordo Muñoz. La radio es Pepe Eliaschev y Néstor Ibarra.
La radio es Mitre informa primero y las gargantas de oro de Trichi y Marcelito Elorza. Las risas, los PNT y las campanitas de las voces privilegiadas de las locutoras y locutores. Eso es la radio. Un equipo de radio, un verdadero dream team que me acompaña con Marcela Giorgi, Federico Andahazi y Sergio Gendler. La radio es el aire libre que todos respiramos. La radio es estar en el ring side de la vida como dice Magdalena Ruiz Guiñazú. Es un lugar de riesgo y audacia para caminar por el alambre. La radio es el teatro de la mente o el teatro sin imagen como me dijo ese genio del Negro Hugo Guerrero Martinheitz.
A esta hora exactamente hay millones de aparatos encendidos buscando una radio, sintonizando un síntoma, un aroma, un color en las ondas. Cuando esos aparatos encuentran una radio difícilmente se vayan. La consideran un miembro más de su familia. La quieren y la insultan. Discuten con ella, la abrazan, piden temas musicales, piden que le pasen sus mensajes, protestan, elogian, piden soluciones que no tenemos, aportan ideas. La gente interactúa con la radio como con ningún otro medio. Van y vuelven. Pasan de receptores a emisores. De oyentes a auditores. Miran la radio conmovidos como quien mira la vida.
Fernando Bravo, uno de sus reinventores dijo que la radio es en vivo y en directo, va a domicilio, es gratis, no se suspende por mal tiempo y está atendida por sus propios dueños.
Cuando uno encuentra una radio se da cuenta de inmediato. Porque lo siente acá. En el pecho y sabe que es un lugar en el corazón y en el cerebro donde se cruzan la emoción, la imaginación y la solidaridad.
Eso es la radio. O por lo menos creo que en esa radio creo. En ese milagro cotidiano llamado radio.

Periodismo vs mentiras – 12 de febrero 2018

No soy quien para dar consejos. Pero creo que sería muy útil que en los colegios, en las clases de educación cívica, dieran la película “The Post” de ese genio de la narración llamado Steven Spielberg. Es la historia apasionante del periodismo en su búsqueda de la verdad y en su guerra a las mentiras. En definitiva, es la confirmación de que no existe sociedad democrática posible sin la más amplia de las libertades. Este cine que siembra valores republicanos sin perder el entretenimiento como todo lo que pinta su aldea, es universal. En todos los países del mundo, en algún momento de su historia, hay periodistas valientes que tratan de publicar lo que los gobiernos quieren ocultar. De hecho una definición, pero solo una, de periodista es aquel que revela lo que el estado no quiere revelar.
Le recuerdo el caso que terminó con la consagración del The Washington Post y la herida de muerte política que recibió el presidente de Estados Unidos de entonces Richard Nixon. Trato de resumir el caso al máximo. Había un informe ultra secreto del Pentagono de 7.000 páginas sobre el desastre que Estados Unidos había hecho y seguía haciendo en Vietnam. Desde Eisenhower hasta Nixon pasando por Lindon Jhonson y el querible John Fitzgerald Kennedy habían engañado al pueblo norteamericano al ocultarle que más de 60 mil jóvenes habían muerto tan lejos de su patria y que el país se había llenado de chicos mutilados por la resistencia vietnamita. Esos cadáveres marcaron a fuego la historia de una generación que como reacción, parió el pacifismo, los hippies y se opuso a la guerra.
Se la hago corta. El legendario Washington Post accedió a aquellos papeles que quemaban a la clase política y los empezó a publicar. Fue un terremoto institucional. Las presiones sobre su propietaria y heredera Katharine Grahan fueron descomunales. La amenazaron con quitarle las licencias de la radio y la televisión. Los bancos no querían comprar las acciones que habían salido a la venta para enfrentar la crisis económica del diario. El presidente Nixon les prohibió el acceso a la Casa Blanca a los cronistas del periódico aún en los acontecimientos sociales como un casamiento. Las presentaciones en la justicia llevaban a los responsables a la cárcel. Los trabajadores se podían quedar en la calle.
Los únicos que estaban convencidos de que había que publicar todo eran los periodistas encabezados por el legendario Benjamín “Ben” Bradlee, tal vez el más grande editor de todos los tiempos. Llevaba el periodismo en la sangre. Defendía a muerte el contrato con los lectores. Y sabía que la libertad para acceder a toda la información es un deber de la prensa pero es un derecho de los lectores y los ciudadanos. Spielberg muestra esas discusiones éticas hasta la médula. Tom Hanks, como Bradlee y Meryl Streep como Kay Grahan se lucen en sus actuaciones creíbles hasta en los pequeños tics que tenemos todos los animales nacidos y criados en las redacciones de los diarios.
Nos erotiza una primicia. Nos quema en las manos. Y si la noticia sirve para incomodar a los cómodos y acomodar a los incómodos, mucho mejor. El buen periodista es fiscal del poder y abogado del hombre común.
El momento más dramático es cuando la señora Grahan, una mujer de la alta sociedad en un mundo de hombres, tiene el coraje cívico de escuchar más los latidos del corazón de su familia de periodistas que las amenazas de los autoritarios y censuradores. Y eso que el feminismo todavía estaba en pañales. Dice Let’s Go (Adelante) y la emoción nos hace saltar las lágrimas a todos los espectadores. Tiembla el viejo edificio del Post porque accionan el botón que pone en marcha la robusta y bella rotativa. Los ejemplares de la libertad impresa salen por miles hasta que son empaquetados y diseminados por las calles de la ciudad para su venta.
La verdad, la libertad obtuvo una victoria demoledora sobre los intereses oscuros y corruptos de los gobernantes. El periodismo fue refundado sobre la base de que si no es crítico es propaganda y eso no es periodismo. Es la famosa piedra en el zapato de los que mandan. Ben y Kay se salvan de la cárcel porque la Corte Suprema resuelve por 6 votos a 3 respetar la virginidad de la primera enmienda. Se hizo honor a la frase de Thomas Jefferson, dos veces presidente de Estados Unidos, autor de la declaración de la independencia y uno de los principales redactores de la Constitución que dijo: “Prefiero una prensa sin gobierno que un gobierno sin prensa”.
Esa batalla fue clave para todos los que amamos el periodismo. Al final de la película, se escucha a Nixon insultar a los periodistas y jurar que los va a destruir. Cuatro años más tarde, dos humildes cronistas producen lo que se llamó el Watergate en esas mismas páginas y Nixon se convierte en el primer presidente de la historia de los Estados Unidos que tuvo que renunciar.
Yo le decía que esa historia es universal.
Y mucho más ahora que los genios del mal han inventado la pos verdad o los relatos o las verdades alternativas que son nuevos disfraces de la mentiras. En ese camino se puede encontrar tanto a Donald Trump como a Cristina pasando por el chavista Nicolás Maduro. Los populismos de todo signo no se llevan bien con la verdad fáctica ni con la publicación de los hechos reales.
Hoy mismo aparece una encuesta que demuestra que las redes sociales están llenas de usuarios falsos llamados fakes y de noticias inventadas. Hay 60 millones de cuentas automatizadas en Facebook que es la plataforma de redes sociales más grande del mundo. En Twitter, Cristina Kirchner tiene casi tres millones de seguidores falsos, el 53% del total y Mauricio Macri casi dos millones, el 41% de la totalidad.
Por eso hoy el periodismo de calidad que pone la cara, el cuerpo y la firma tiene tanto valor. En cada información, en cada opinión, nosotros nos jugamos por lo menos una parte de nuestro prestigio y de nuestra credibilidad. Los cobardes anónimos que dicen injurias e insultos no sirven para nada, solo para confundir y ensuciar el mecanismo de comunicación.
Podrán cambiar los soportes por donde va la data pero siempre se le dará valor a quien lo dice, porque lo dice y como lo dice.
En la calle mucha gente me dice que gracias a un sector del periodismo nos salvamos de que el cristinismo convirtiera a la Argentina en Venezuela. Hoy bajo el chavismo de Maduro hay hambre y miseria, crisis humanitaria, inseguridad y asesinatos por miles por las calles, censura y una feroz dictadura que expulsó del país a 4 millones de venezolanos. Los dirigentes del kirchnerismo y la propia ex presidenta Cristina no dicen una sola palabra a favor de los presos políticos, exiliados y no condenan los crímenes cometidos por el régimen. Como si las dictaduras fueran solo las que no son del palo propio. Como si la democracia solo existiera cuando ganan sus amigos. Para desmontar esa apuesta al regreso a la cleptocracia autoritaria que ya padecimos, se necesita un periodismo cada vez más valiente e independiente.
Muchas veces le dije que desde la recuperación democrática de 1983 nadie había atacado con tanta ferocidad y ensañamiento a los cronistas y a la libertad de prensa en la Argentina como el matrimonio Kirchner. Los Kirchner, siempre quisieron controlar todo para que nadie los controle a ellos.
Sus principales objetivos a destruir fueron y siguen siendo los fiscales, los jueces y los periodistas que no se arrodillaron ante sus latigazos ni se dejaron domesticar por millonarias pautas publicitarias o prebendas. La docena de años K fueron los de menor libertad de prensa desde 1983. Castigos de todo tipo: insultos desde los medios adictos y los grupos de tareas mercenarios de internet, agresiones callejeras , juicios en plazas públicas, afiches con caras de periodistas a las que se incitaba a escupir, escraches, aprietes a los dueños de los medios para que censuren o excluyan a tal o cual periodista, presión a los empresarios para que no pongan publicidad en los medios independientes, hostilidad desde la AFIP y los servicios de inteligencia, cero apertura informativa, no hubo ni conferencia de prensa. Como dice Spielberg, nadie nos puede hacer callar. Ni Trump ni Nixon. Ni Chávez ni Cristina. Que quede claro: el principal insumo del periodista es la libertad.