Inseguridad para todos y todas – 31 de julio 2020

Todo el tiempo estamos denunciando la pandemia de la inseguridad. Han crecido muy fuerte la cantidad y la ferocidad de los delitos. Pero muchas veces, se nos hacen callos en el alma y todo se transforma en un número de las estadísticas o en algo que no nos va a pasar a nosotros. Por eso quiero humanizar este drama con tres ejemplos que me estremecieron en los últimos días. Son tres esforzados laburantes que se ganan el pan con el sudor de su frente. Que se rompen el lomo para llevar, con dignidad, un peso a sus casas. Para parar la olla. No pretenden nada más.
Adrián Pocovi es un mecánico de 48 años. Tuvo que abandonar la carrera de ingeniería para darle una mano a su viejo en el taller. Viene trabajando día y noche y el manguito que le sobra lo invierte en herramientas y maquinarias para brindar un mejor servicio para sus clientes. Es conocido en su barrio, en Santa Fé. Alegre, siempre anda con su mameluco y sus manos con grasa, como corresponde. Le robaron varias veces. Ya están acostumbrados. Pero esta vez la cosa fue distinta. Llegó muy temprano al taller para tomar unos mates antes de empezar la jornada y habían arrancado la reja de la ventana. Por ahí entraron y le robaron todas sus herramientas y máquinas. Adrián estaba quebrado, desolado. Le llevó 27 años comprar las llaves inglesas, las pinzas, la amoladora, la motosierra o la pistola de impacto neumático. Y se quedó sin nada. Encima dijo que estaba agradecido porque su padre, que vive al lado, no salió de la casa porque lo hubieran asesinado. Como una postal macabra de la Argentina que estamos viviendo, puso un cartel en la puerta que dice: “Compro mis herramientas robadas”. Sabe que la policía no va a hacer nada y que jamás las va a recuperar. Por eso dice que las quiere comprar él. Pero ni piensa en la pesadilla de que los mismos ladrones, se las vuelvan a robar. A ese compatriota honrado y esforzado, le cagaron la vida.
A Fernando Marino, directamente, le quitaron la vida. Tenía 28 años y convivía con quien era su noviecita hace 6 años. Se quedó sin trabajo en una empresa de medicina prepaga y estaba desesperado en medio de la cuarentena porque no conseguía nada. Le daba vergüenza pedirle una ayuda a su viejo al que tampoco le sobra nada. Viven con lo justo. El padre le prestó a Fernando una camionetita para que hiciera unas changas como repartidor de paquetes a domicilio. Hacía una semana que estaba en esa tarea. Frenó en una calle de Adrogué, para averiguar una dirección. Dos malditos motochorros le quisieron robar su mercadería y le pegaron un balazo en el pecho. Lo mataron y se fugaron sin llevarse nada. Solo la vida de Fernando. Hoy ya no está pero había terminado el secundario en una escuela de adultos y quería ir a la universidad. Quería progresar. Cumplir las leyes. Armar una familia.
Cristian Almarás es un colectivero, tan sacrificado como todos los colectiveros. Maneja un coche de la línea 324. En Florencio Varela, dos salvajes subieron y le robaron unos pocos pesos, el reloj y el celular. Pero no se fueron. Tal vez porque son sanguinarios o porque tenían la cabeza quemada por la droga, le cortaron un dedo con un cuchillo de carnicero. Porque si, nomás. De puro criminales que son.
Son solamente tres ejemplo pero son miles los casos de inseguridad brutal. En estos momentos se produce un robo cada tres minutos. Ahora un análisis político de la falta de política de seguridad que tiene este gobierno de los Fernández y el de Axel Kcillof, fundamentalmente.
Regla básica: Los delincuentes deben ser castigados y no importa si son civiles o uniformados, kirchneristas o macristas, argentinos o extranjeros.
Horacio Verbitisky, quedó congelado en los 70 cuando Montoneros asesinaba policías o militares porque eran los instrumentos de la represión oligárquica. Eugenio Zaffaroni se convirtió en un fundamentalista defensor de los ladrones y criminales porque, según piensa, todos son víctimas de la injusta sociedad capitalista. Ya han pasado muchos años y ya comprobamos que esa actitud es profundamente reaccionaria porque se pone siempre en el lugar de los victimarios y nunca en el lugar de las víctimas. Se auto engañan diciendo que lo hacen en defensa de los derechos humanos y en realidad violan los derechos humanos de los ciudadanos honrados y pacíficos que todos los días se esfuerzan para trabajar y estudiar. Y como si esto fuera poco, no comprenden que los más afectados son los sectores más humildes de la sociedad a los que dicen defender. Estos delirantes dicen que el tema de la inseguridad es una bandera de los ricos y de la derecha? ¿Se acuerda cuando Cristina decía eso?
Pregunto: ¿Eran millonarios, acaso los tres casos que le conté? Fernando, el repartidor, Adrián el mecánico y Cristian, el colectivero no merecen protección? ¿Los delincuentes que los atacaron, ¿No merecen castigo con todo el peso de la ley? Este gobierno liberó a 4.500 presos desde que comenzó la pandemia. Y no liberó más porque se armó un escándalo político y cacerolazos fuertísimos que frenaron ese despropósito presuntamente progre.
Todos los días las madres de la pobreza sufren al ver como a sus hijos les roban la mochila, las zapatillas, les cobran peaje o los suman al narco menudeo. En el gobierno anterior, cada vez que la gendarmería iba a los barrios con más exclusión social eran aplaudidos. Les rogaban que no se fueran. Cada vez que destruían un bunker de los narcos, eran ovacionados. Verbitsky, Zaffaroni ven un gendarme y todavía ven un represor de la dictadura de Videla.
Algún gatillo fácil o mal policía hay, y por supuesto, debe pagar por lo que hizo. Pero hay decenas de policías que actuaron bien y se pasan años presos y pierden su trabajo y su familia.
Atrasa 30 años y es nefasta esa idea de que en cada uniformado hay una represor y que en cada delincuente una pobre víctima del capitalismo.
La política de seguridad debe ser democrática, eficiente y debe medirse por resultados. Hay una ancha avenida del medio cargada de racionalidad y profesionalismo entre los extremos de Bolsonaro y Zaffaroni. Entre Sergio Berni y Sabina Fréderic.
El policía debe ser capacitado, educado, bien armado con la última tecnología, formado en derechos humanos pero con una actitud firme de defensa de la sociedad. Hay que valorarlos y respetarlos. Hay que proteger a los que nos protegen a nosotros.
Es triste recordar que el cristinismo tuvo una relación inmejorable con los que han cometido delitos. No es casual que en las últimas elecciones hayan sacado casi el 75% de los votos en las cárceles. Había fiesta entre las rejas. Los internos ya tienen experiencia de lo que fue el Vatayón Militante que permitía salir a los detenidos para ir a actos, presuntamente culturales. El relator del relato que volvió también recargado, Víctor Hugo Morales le escribió el prólogo al libro del Luis Vitette Sellanes el jefe del robo del siglo en el banco Río. En ese texto, sin que se le caiga la cara de vergüenza, Víctor Hugo hace inmorales reflexiones donde pone al malandra casi como si fuera un Robin Hood moderno porque “cada uno combate a la sociedad capitalista como puede”. ¿Qué diría Víctor Hugo si Vittete siguiendo sus consejos, le desvalija su lujoso departamento de Nueva York? ¿Será generoso con el bolsillo ajeno?
Guillermo Moreno se hizo más tristemente célebre con aquel video, tenebroso donde le aconsejaba a los que querían vivir de lo ajeno que lo hicieran, pero que tuvieran códigos de no lastimar y quebrarle la cadera a una pobre jubilada.
El que les facilita su actividad a los delincuentes, es cómplice. Todo lo contrario, los pistoleros y estafadores deben saber que no es gratis delinquir y que los costos deben ser mucho más altos que los beneficios de robar en un negocio o afanar una empresa.
Estoy absolutamente convencido que la seguridad democrática es un derecho humano. Vivir, trabajar y estudiar en paz y tranquilidad con nuestras familias y defender la vida, es un reclamo justo y profundamente democrático y republicano.
Estoy seguro que los más perjudicados por la inseguridad son los argentinos más humildes que no tienen recursos para tener rejas, alarmas, o vidrios polarizados en autos que tampoco tienen.
Zaffaroni es el gran responsable de la llamada “puerta giratoria”, donde muchas veces, un ladrón o un asesino sale en libertad a la velocidad de la luz.
Necesitamos una policía de manos limpias y de mano justa, no de mano dura y tampoco de brazos caídos.
¿Se acuerda de Aníbal Fernández, cuando no, que rompió el boludómetro y dijo que era una mera sensación térmica? ¿O que Argentina era un país de paso de los narcos?
Hay que alertar. Para “vivir sin miedo y no convivir con el miedo”. El miedo es el peor veneno de una sociedad y de un individuo. Siempre el pánico nos saca lo peor de nosotros.
Hay que ser duro con los delitos duros y duro con las causas que llevaron a esa persona a delinquir? Pero mientras tanto hay que proteger la vida de la gente. Sin Zaffaronis ni Bolsonaros. Para frenar la pandemia de inseguridad. Para que no haya impunidad para todos y todas.

El peligroso engendro de la justicia – 30 de julio 2020

La reforma judicial y la segura ampliación de la Corte, anunciada por el presidente Alberto Fernández, conforman un peligroso engendro de extrema gravedad institucional. Varias opiniones utilizaron la metáfora del alumbramiento. Eduardo van der Kooy, en Clarín, tituló “Reforma mal parida, sin consenso y hecha a medida”. Mario Negri, el jefe del interbloque de diputados de Cambiemos, dijo que la comisión asesora nacía muerta por la presencia de Carlos Alberto Beraldi, el abogado de Cristina y de Cristóbal López. Sigo en la misma línea y trato de proyectar hacia el futuro el análisis. Ayer se produjo el parto de un engendro, es decir de una criatura deforme o de gran fealdad, según el diccionario de la Real Academia. Hay que decirlo sin dar más vueltas: en la Casa Rosada, Alberto colocó la piedra fundamental del operativo más formidable de búsqueda de impunidad y venganza del que se tenga memoria en democracia. Semejante esperpento fue concebido a la luz del día, entre barbijos, con una orfandad política fenomenal y con un discurso cargado de falsedades e hipocresías. Si miramos la historia y la geografía de las tiranías, siempre comienzan por reducir a la servidumbre a la justicia y dinamitar todo vestigio de independencia.
Desde ese castillo donde reinará Cristina, van a iniciar el resto de la demolición del régimen democrático tal como lo conocemos. Irán por la ley de medios, tal como prometió Gabriel Mariotto, para silenciar las críticas, van a eliminar las elecciones primarias y si les conviene, también los comicios parlamentarios, con la excusa de la pandemia. La consagración será el asalto a la Corte Suprema y luego, la reforma de la Constitución Nacional. Por eso hablo de este engendro peligroso. No solo porque es un mamarracho desde lo técnico o el sentido común. Básicamente porque es la puerta de entrada a un infierno antidemocrático. Hace poco le dije que el pacto espurio que firmaron los Fernández es de cumplimiento imposible dentro de las normas republicanas, tal como la conocemos. No se puede ocultar semejante nivel de cleptocracia y latrocinio sin violentar la división de poderes y la Constitución. No hay manera. Cristina y sus secuaces no se robaron un vuelto o cobraron una coima en una licitación. La magnitud colosal del saqueo al estado la demuestra que hasta los secretarios privados del matrimonio, murieron nadando en dinero ajeno y con patrimonios de jeques árabes. Cristina tiene que estar en el banquillo de los acusados pese a que según ella, ya la absolvió la historia, como dijo emulando a Fidel Castro. Hay cantidad y variedad de pruebas documentales y decenas de testimonios de ex funcionarios y empresarios coimeros arrepentidos.
Por eso esta inquietante movida se hizo en plena cuarentena, mientras la gran mayoría de los argentinos está ocupado, preocupado y asustado por los muertos del coronavirus, los heridos graves de hecatombe económica y los robos y asesinatos de la pandemia de inseguridad. Todo el mundo habla de que no hay un peso y de la austeridad que debemos tener como regla. Se calcula que el déficit del PBI va a ser del 10%, el mayor desde la recuperación de la libertad en 1983. Pero nada detiene a Alberto cuando Cristina le sopla la nuca y le coloca un puñal simbólico en el cuello. Según Hernán Capiello y Candela Ini, el despropósito que se presentó ayer en sociedad, incluye la designación de 323 nuevos cargos en los tribunales con sueldos promedio de 400 mil pesos.
No había momento más oportuno para Cristina y más inoportuno para la mayoría de los ciudadanos. Con semejante situación la ex presidenta aceleró la colonización del Poder Judicial y hasta se dio todos los lujos en una clara ostentación de su poder. Ni siquiera fue a la ceremonia del Salón Blanco. No fue ella ni su hijo Máximo. Ella es la mano que mece la cuna y la que maneja por control remoto y desde su casa a Alberto. Por eso puso a su abogado en la comisión. No era necesaria esa provocación. Era demasiado evidente. Podría haber puesto a otro jurista amigo menos conocido y que no fuera su abogado. Pero esa una de las formas que Cristina tiene de ejercer la crueldad de su poder. Le refriega en la cara a toda la sociedad y al propio presidente, la gran capacidad electoral, de movilización y de daño que tiene. Beraldi es el apellido del sometimiento de la jefa política del jefe de estado.
Todo esto pone en tensión al sistema constitucional. La oposición lo advirtió a tiempo y huyó de ese lugar a toda velocidad. Los miembros de la Corte Suprema tampoco quisieron quedar manchados y no fueron al acto. Solo lo hizo la doctora Elena Highton de Nolasco, que es la que está más cerca de su jubilación. El resto, brilló por su ausencia.
Fernández tuvo la cara bien dura para hablar en contra de la utilización de la justicia para premiar amigos o castigar enemigos. Y de la manipulación de los servicios de inteligencia para extorsionar y tirarle carpetazos a los magistrados para arrodillarlos a voluntad. Hace mucho tiempo que eso se practica en la Argentina con distinta intensidad según sea el gobierno de turno. Pero no hay duda que el matrimonio Kirchner llevó al éxtasis, ese tipo de maniobras fachistoides. Sus muchachos integran la selección de los peores monstruos de los tribunales como Norberto Oyarbide, Rodolfo Canicoba Corral, Jorge Ballestero y Eduardo Freiler, entre otros. Todos se fueron a sus casas con los bolsillos llenos, jubilaciones jugosas y un desprestigio pocas veces visto.
La buena noticia es que gran parte de la sociedad está muy alerta y pese a todas sus preocupaciones cotidianas, sabe que estos temas no son cuestiones teóricas o abstractas que no los afectan. La defensa de los valores republicanos se ha incorporado a todos los reclamos. Parece que ese republicanismo popular llegó para quedarse. El fuerte y extendido cacerolazo de anoche, organizado en horas y en forma espontánea e independiente, es la muestra más clara. Es más, por internet ya está girando una convocatoria patriótica y sanmartiniana para el 17 de agosto con todas las banderas desplegadas en las calles.
La voz potente de los ciudadanos movilizados ya sea en las plazas o en las redes, frenó la liberación de más delincuentes. No obstante, soltaron a 4.500 ladrones, violadores y criminales que de inmediato volvieron a sus tareas y multiplicaron la inseguridad en pocos días. La exigencia multitudinaria de los banderazos, le puso límites a la expropiación jurásica e insensata de Vicentín y a otro tipo de atropellos. En eso, los dirigentes de los partidos opositores van a la cola, corren detrás de los acontecimientos y en lugar de liderarlos, se transforman en algunos casos, en meros comentaristas de la realidad.
Pero sin dudas, la palabra de Alberto está más devaluada que nuestra moneda. Casi casi en todos los temas hizo giros copernicanos y está diciendo y haciendo todo lo contrario a lo que sostuvo, sobre todo en los años en los que estuvo enfrentado a Cristina. Dijo que le manejo de Cristina de la justicia era “deplorable”. Aseguró que la Corte tiene que tener 5 miembros y que todo lo demás es una fantasía. Incluso criticó a Eugenio Zaffaroni por su propuesta de dividir en salas al máximo tribunal. Es muy probable que finalmente, Alberto quede en la historia como el que hizo todo esto que dijo que no iba a hacer. Para empezar fue el vocero de la creación de este engendro jurídico cuya autora intelectual es Cristina, la que tiró la piedra y escondió la mano.
Y como si esto fuera poco profanó dos palabras y un concepto que debería estar reservado para los momentos sagrados y no para la exposición de falsedades. Utilizó el “Nunca Más”, como latiguillo para plantear que nunca más debe haber “una justicia influida por los poderes mediáticos, fácticos o políticos” mientras es exactamente eso, lo que está implementando. En ese mismo camino de violentar la realidad y al hacer historia, habló de los habeas corpus que presentaron durante la dictadura militar y que los jueces rechazaban. Varias aclaraciones. Fernández, Alberto no presentó un solo habeas corpus. Incluso, era muy joven y ni siquiera era abogado al comienzo del golpe de Videla, pero ya hacía sus primeros pininos en los despachos de un par de jueces ligados a los militares. Y Fernández, Cristina tampoco presentó ningún habeas corpus al igual que su esposo Néstor Kirchner. Si lo hicieron otros abogados peronistas de Santa Cruz, como Rafael Flores, por ejemplo. Hace poco le dije que Alberto Fernández tiene dos enemigos feroces: Cristina y el archivo. Y todos los días demuestra que no los puede superar.

Un tiro en el corazón de Favaloro – 29 de julio 2020

Hoy se cumplen 20 años de aquél alarido de dolor y de luto de todos los argentinos. Eran las dos y media de la tarde y el doctor René Favaloro, frente al espejo del baño, apoyó la pistola y se pegó un tiro en el corazón. Dejó siete cartas pero solo una se hizo pública. Allí pide expresamente que sus cenizas sean esparcidas en el pueblito pampeano de Jacinto Arauz y dice que “queda terminantemente prohibido realizar todo tipo de ceremonias religiosas o civiles”. Releer hoy ese testimonio final estremece el alma por muchas razones. Cuando explica su drástica decisión, dice que “no ha sido fácil, pero si meditada” y pide que “No se hable de debilidad o valentía. El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable. Con ella me voy de la mano”.
Hoy se cumplen 20 años. Uno sueña con tener un poder especial, retroceder en el tiempo y darle un abrazo gigantesco. Atraparlo para que no se vaya. Ponerse a su lado y ayudarlo a luchar contra esa corrupción que le envenenó la sangre. Su carta debería leerse como un rezo laico. Escribió a minutos de matarse, que “Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento, como decía don Ata. No puedo cambiar”.
Se refiere a que todo su templo de excelencia científica y ética se estaba derrumbando porque se negaba a dar retornos y recibir coimas. Dijo siempre que no. Y es una palabra de dos letras capaz de producir revoluciones morales: No. No me corrompo. No banco corruptos. No me asocio con corruptos. No defiendo corruptos. No voto corruptos. No justifico corruptos. Ojalá que ese No gigantesco que Favaloro pronunció antes de morir, viva eterno en el corazón de su pueblo.
Esa carta herencia que nos dejó, es una radiografía de los delitos que le produjeron repugnancia en el campo de la medicina, los remedios y el ana ana, el Pami y los gremios. Le pido que escuche lo que Favaloro escribió sobre los sindicalistas: “Esa manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales”. ¿Escuchó eso? Favaloro lo denunció hace 20 años. Y no cambió absolutamente nada. Toda esa basura sigue igual.
Ese apellido ilustre, esa familia Favaloro hoy sigue peleando muy duramente contra la ignorancia, la injusticia, las enfermedades y los obstáculos económicos de todo tipo. Hablo de Liliana y Roberto Favaloro, los sobrinos de René o de Laura, su sobrina nieta, que siguen en la Fundación, aguantando todo tipo de tormentas.
El doctor René Gerónimo Favaloro fue uno de los argentinos más grandes de todos los tiempos. Hoy está en el cielo de lo mejor de la argentinidad. La técnica del bypass, su obra cumbre, está considerada como uno de las 400 más extraordinarias creaciones que cambiaron la historia. Casi no hay ejemplos similares en América Latina.
Hoy que estamos embarrados por la mega corrupción y el autoritarismo que volvió a la Argentina, la figura de Favaloro y su leyenda nos mete aire puro en los pulmones y multiplica la esperanza de que podamos lograr de una vez por todas, un país a su imagen y semejanza, un país más justo para todos, sin ladrones ni golpistas.
Favaloro es un padre nuestro que está en los cielos. Yo no dejo pasar oportunidad para replicar su figura monumental. Porque hoy lo necesitamos más que nunca. Por eso no me canso de repetir esta humilde plegaria.
Al doctor de los doctores le gustaba decir que “el nosotros siempre estuvo por encima del yo”. Solidario hasta el dolor, como quería la Madre Teresa. Ante tanta vergüenza ajena por tanto latrocinio de estado y cleptocracia, recordar su emblema nos sirve como el mejor de los horizontes.
Escuchar su mensaje y su legado nos hace olvidar un poco de uno de los momentos más tristes de nuestra bendita Argentina que fue aquél día en que el doctor Rene Favaloro decidió abandonar este mundo. Justo el que salvó miles y miles de vidas. Justo él, que derrotó miles y miles de muertes, justo él. Solo, abatido, cansado de luchar contra la burocracia, los estafadores y la mediocridad, uno de los argentinos más venerados nos pegó un cachetazo brutal para despertar nuestra conciencia ciudadana. Justo él que vino a ofrecer su corazón generoso como ejemplo a toda la sociedad.

René Gerónimo Favaloro tuvo a lo largo de su vida la posibilidad de manipular dos de los elementos más nobles que existen sobre la tierra: la madera y los corazones. Y trabajó con respeto sobre ellos. Los mejoró con su precisión de cirujano y su sensibilidad artística de ebanista. Sus manos gigantes, manos como patios como dijo Horacio Ferrer de Aníbal Troilo, eran expertas a la hora de esgrimir las gubias que aprendió a utilizar en la carpintería de su padre y el bisturí que dominó como nadie. Favaloro era un artesano que trabajaba con las manos y el cerebro para resucitar corazones. Por eso todavía duele tanto su partida. Por eso su memoria nos interpela. Porque era un científico admirado por las elites intelectuales pero había sido parido entre los hombres más sencillos de La Pampa.

Su etapa de médico rural en Jacinto Arauz lo marcó para siempre. Le fortaleció las raíces y modeló su identidad. Salió en tren de la estación Constitución rumbo a Bahía Blanca. Llevaba un saco de lana tejido y reciclado por su madre. Doce años de su vida los dedicó a enriquecerse humanamente en el campo, ayudando a los que menos tienen, poniendo el cuerpo y las neuronas donde había más necesidades. Se hizo hombre del pueblo en la profundidad de nuestra patria. Aprendió a escuchar y valorar los silencios. Ese intenso color azul del jacarandá y los aromas de la salsa de tomate y hongos secos que era su especialidad a la hora de agasajar a sus amigos. Los recibía con una pasta amasada y cortada a cuchillo por él mismo, como si fuera hecho por un cirujano. El pueblito pampeano fue su plataforma de lanzamiento hasta asombrar al mundo y recibir todos los premios que se pueda imaginar. Todos lo condecoraron como uno de los grandes precursores de la cirugía cardiovascular de todos los tiempos.
En Estados Unidos desarrolló su obra maestra: el bypass o puente. Sacó del fondo de su alma su habilitad conseguida en el taller de carpintería de su padre y del pulso firme y minucioso de costurera de su madre modista. Ellos, trabajaban 14 horas por día, igual que su hijo. Hizo una clara opción por lo pobres y fue de una austeridad y una generosidad inmensa. Fue un hombre del pensamiento nacional y popular, siempre cerca de las grandes mayorías. Siempre decía que los datos de la mortalidad infantil y la concentración de la riqueza eran claves para medir a un modelo injusto que él llamaba Neofeudalismo. Fue un adelantado. Como si hubiera presentido lo que nos pasó en los 12 años de la era del hielo K. Jamás hizo nada ni por dinero ni por poder. Sus valores eran otros. Era de otra galaxia. Amaba la historia argentina y a San Martín. Su máxima felicidad era ir a pescar y alquilar un autito y dormir donde lo agarraba la noche. Y hablar de las cosas de la vida y de la muerte con los campesinos.

La vida lo castigó demasiado. No pudo tener hijos biológicos con María Antonia, su novia de la secundaria y su esposa de siempre. La muerte de Juan José, su único hermano lo atravesó como una puñalada a traición.
Jamás olvidaré el día que operó a mi viejo. Estaba tan delicado “el mayor” que, en Córdoba, nadie se atrevía a operarlo. Favaloro, en su consultorio de la avenida Belgrano, me dijo: “tráelo para acá” y puso manos a la obra. Después que salió del quirófano, con la camiseta y la frente transpirada, se sacó los guantes, el guardapolvo y me abrazó junto a mi madre y mi hermana. Recién salido de la batalla por salvarle la vida a mi padre, nos dijo: “Salió todo bien. Quédense tranquilos. Perdió poca sangre. El 93% que me corresponde salió bien. El 7% restante le corresponde a Dios y hasta ahí no llego”. Una ironía del destino. Favaloro nos garantizó 12 años de vida para los bypass que le había hecho a mi padre. Y el doctor murió hace 20 años y el paciente, gracias a Dios y a Favaloro, todavía está vivo y agradecido a ese gigante con sensibilidad y talento.

Todavía me resuenan sus palabras, su vozarrón campechano y esa caricia en el alma que nos hizo cuando nosotros éramos un pantano de dolor y angustia. Y hablando de Dios, recuerdo que la primera vez que vi una capilla ecuménica fue en la Fundación Favaloro. Un lugar de silencio y reflexión para sentarse a meditar y para que todos pudieran rezar a su Dios, a su religión o a la energía en la que creyeran. Hasta en eso la fundación fue un ejemplo de innovación, amplitud y no discriminación.
Rene Favaloro fue el mejor producto que salió del barrio El Mondongo. Se encendía su mirada cuando contaba cien veces los goles de Gimnasia y Esgrima y decía “fulbo”, como el más sencillo de los hinchas. Hoy lo extrañamos como nunca. Necesitamos de su molde. Para que nazcan argentinos de esa madera y con ese corazón. Militantes de la cultura del esfuerzo y la excelencia. Plantados sobre nuestra tierra. Con la ética, el mérito y la honradez como bandera.
Nosotros tenemos la obligación moral de recordarlo todos los días. Tal vez nos ayude a salir de este túnel de angustia que no producen todas las pandemias: la del coronavirus, la de la economía y la de la impunidad para los corruptos que el tanto despreciaba.
Favaloro nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre: San Favaloro de la Medicina Social, la ética y la Excelencia.
Hoy lo necesitamos más que nunca para demostrar que no todo es corrupción, trepadores del poder, autoritarios y soberbios. Que la patria no se devora a sus mejores hijos. Que se puede ser argentino de otra manera. Como Rene Favaloro, que en paz descanse.