Mi viejo, corazón de León – 19 de julio 2021

Hace justo un mes, para el día del padre,
sentí la necesidad de hablar de mi viejo. Siempre lo hago, pero en esa oportunidad, la columna tuvo una repercusión que me conmovió. Muchísima gente la reenvió a sus amigos y seres queridos. Me contaron que ese texto arrancó muchas lágrimas y abrazos.
La novedad es que mi viejo murió.
Muchos ya lo saben. Y en
el pésame que me enviaron, una mayoría, recordó esa columna que hoy quiero repetir para despedirlo. Ahí dije casi todo. Lo que no dije, me lo reservo para mi intimidad y mi alma. Tal vez en aquel momento, yo lo presentí, porque mi padre estaba con su cuerpo muy frágil pero con su cabeza y su corazón entero. Recién ahora me enteré que su nombre en hebreo, Arie Leib Meir, significa corazón de León. Era lo único que me faltaba saber para entender esa fortaleza moral de un guerrero incansable. Gracias a Jorge Porta y Guido Valeri, las autoridades de la radio, que me permitieron estar a su lado hasta el último momento. Ahí va mi homenaje. Pido disculpas por pasar la grabación pero no puedo leerla sin quebrarme al aire.
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Me gusta creer que los Leuco, o mejor
dicho los Lewkowicz, estamos
constituidos por padres parados sobre dos pilares: la rebeldía y la libertad. El fundador de esta escuela de vida fue Samuel, el padre de mi padre. Apenas sabía leer y escribir con dificultad en polaco y en idish. Panadero de oficio, llenaba la casa de delicias y aromas gloriosos. Era pelado como mi viejo y como yo, pero bien morrudo. Mi zeide Samuel era una especie de toro que no necesitó leer libros para darse cuenta que la vida es la búsqueda de libertad a través de la rebeldía. Cuando los nazis alemanes y polacos, empezaron con los crímenes de lesa humanidad dijo basta, que es la primera palabra de la rebeldía. Cuando intentaron hacerlo arrodillar con fusiles y cruces esvásticas, se puso más de pie que nunca y escapó del infierno del holocausto. Con ese solo gesto nos enseñó el primer mandamiento de una familia que quiere ser digna: no arrodillarnos ante nadie y tampoco pretender hacer arrodillar a nadie. Ni víctimas, ni victimarios.
Samuel, el panadero polaco, fue a parar a un conventillo de un vecindario bravo de Córdoba llamada Barrio La Cruz. Veinte habitaciones para veinte familias. Un baño y una cocina para todos. El primer día, mi Bobe Rosa cocinó en un braserito que le prestaron y a la hora de la cena, se puso a llorar porque le habían robado la olla con el único alimento del día. El hambre hablaba en varios idiomas. Samuel abrazó a mi padre y le prometió trabajar y trabajar, de sol a sol, hasta que no le faltara nada a su familia.
Se levantaba a las 4 de la mañana para amasar y para pintar con azúcar derretida las facturas crocantes. Las salía a vender a la puerta de los colegios en tres canastas gigantes, tan pesadas que fueron encorvando su espalda. De esa manera, escribió el segundo mandamiento de las tablas de la ley de los Lewkowicz. La única manera de progresar con honradez es la cultura del sacrificio y el trabajo. No hay mejor mérito que ponerle sangre, sudor y lágrimas al esfuerzo cotidiano.
El tercer mandamiento está claro. Suena medio a Campanelli, pero es una verdad de granito: lo primero es la familia. No hay nada más importante. Los hijos son nuestro mayor tesoro. Los queremos más que a nuestra propia vida.
Mi padre, que se llama Luis Mario pero que en la familia le decimos “Mayor” hoy tiene 98 años. Pero cuando tenía apenas ocho, salía a trabajar con su padre con otra canasta más pesada que él. Arrancaban de madrugada y regresaban muy tarde. Aquel braserito del conventillo ya se había convertido en una cocina aceptable. Y empezaban a levantar con sus propias manos la primera casa de los Lewkowicz en esta tierra generosa. Fueron construyendo una habitación por año. Todos aprendieron a hacer algo para colaborar: la mezcla de cal y cemento, la pintura, llevar la carretilla, colocar los ladrillos. Todavía recuerdo esa casa donde los domingos, mi zeide dormía su única siesta, después del almorzar latkes de papa y kishke, es decir tripa gorda rellena. En la puerta de su habitación, había un cinturón bien ancho que los más chicos temíamos sufrir en nuestros traseros si hacíamos ruido y lo despertábamos. Era la siesta sagrada del patriarca. Nos íbamos a jugar a la calle con una pelota de trapo, hecha con varias medias caías en desgracia.
Samuel era una persona rústica al que mi padre lo trataba de usted con un respeto casi religioso. En su ignorancia, pobre, dudaba de la utilidad de los estudios. El trabajo, su familia y el templo, eran sus únicas referencias. Por eso a mi padre lo mandaron a trabajar a un almacén de un amigo, casi gratis, para que aprendiera. Como todo pago, un día recibió un traje y unas monedas para ir a la cancha a ver a Talleres y comprar unas batatas calientes que comían en las tribunas. “Nada de estudio, hay que trabajar”. Esa era la orden del que mandaba en la casa. Por eso mi querido viejo estudió a escondidas de sus padres. De noche, literalmente a la luz de la vela. De día se ganaba el pan y de noche buscaba el progreso. En uno de los días más luminosos en la historia de los Lewkowicz, mi viejo se recibió de farmacéutico. Fue el primer profesional de la familia. Cuando contó semejante felicidad en la casa, su padre, le pegó un cachetazo por haber perdido el tiempo en la universidad y por haber desobedecido una orden. Ese cachetazo todavía me duele a mi. Y tal vez le duela a Diego, porque todos comprendimos que esa rebeldía de mi padre, también fue para buscar su libertad. Pasaron unos meses y los amigos de mi abuelo se cansaron de elogiar a mi padre: “Es un orgullo, Samuel. Tenés un hijo con título universitario y vos no terminaste el colegio”. Le costó comprender esa novedad a Samuel. Pero finalmente, llamó a mi padre y le dijo que había decidido hipotecar la casa para que mi viejo pudiera abrir una pequeña farmacia. Todavía me emociona hasta las lágrimas esa escena. Aquella casa, levantada a una habitación por año, el único valor que la familia tenía, fue puesta al servicio del desarrollo profesional de mi viejo.
Samuel nunca quiso dejar de vender pan y facturas en la calle. Ni escuchaba los ruegos de sus hijos. Ya no era necesario, pero el seguía con su rutina de madrugar y vender. Hasta que un día maldito, una moto lo atropelló al cruzar la calle y lo mató. Su cabeza pelada como la mía y la de mi viejo, pegó en el cordón de la vereda y allí quedó. Nunca en mi vida ví llorar a alguien tan desgarrado como ví a mi padre cuando le dieron la noticia. Tal vez mi viejo, también lo quiso más que a su propia vida, como me quiere a mí y a mi hermana Raquel y a sus nietos y a sus bisnietos.
Yo también fui por el camino de la rebeldía en búsqueda de la libertad. Engañé a mi viejo que pensaba que yo estaba estudiando en la Facultad de Farmacia y Bioquímica como él soñaba. Le mentí descaradamente. En realidad me había anotado en la facultad de Ciencias de la Información. Mis sueños eran otros: ser periodista. Un día me vieron en una manifestación típica de los 70, con el pelo largo hasta los hombros, camisa grafa y gritando en contra de Pinochet y su golpe de estado en Chile.
Se lo contaron a mi viejo que me recibió con un cachetazo, pero de palabras. Me castigó igual que había hecho su padre con él. Me dijo: “Periodista, justo la profesión para vos y para todos los vagos. Sos un vago y encontraste el trabajo justo. ¿De que vas a vivir?”. Yo tragué saliva y hasta el día de hoy trato de demostrarle que puedo ser un buen padre, un buen periodista y ganarme la vida dignamente con honradez. No hice otra cosa que replicar la rebeldía y la libertad que él y su padre me habían enseñado en los hechos. La vida es circular. Otra vez, igual que a su padre, los amigos lo convencieron de su error: “Que orgullo tu hijo, lo vi anoche en canal 10, leí su nota en el diario Córdoba. Te felicito por el Alfredo”. Empecé a pagar mi factura con mi viejo cuando un día me abrazó y me pidió: “no trabajes tanto, cuídate un poco, son muchas horas”. De aquel vago y bohemio a este adicto al trabajo apasionado por los medios de comunicación”. Allí confirmé otro ADN de los Lewkowicz. Somos muy llorones. No me avergüenza. El que no sabe llorar, no sabe reír.
Los tres padres, a nuestra manera, hicimos lo mismo.
Y Diego, que todavía no es padre también lo hizo. Rebeldía para buscar su libertad y su vocación. Con Silvana, su madre maravillosa, no queríamos que fuera periodista. Es el mejor oficio del mundo pero, en tiempos de cólera y autoritarismo, se sufre mucho. Y no queríamos que sufriera. Nos creímos piolas y ella sicóloga y en lugar de prohibirle, le fomentamos otras cosas que lo apasionaban. Todo para que no fuera periodista. Por eso aprendió magia, cocina, teatro y al final, se rebeló a ese mandato, igual que mi abuelo, mi viejo y yo. Regresó de su viaje de estudios del secundario, en Mar del Plata y nos confesó: “Volvíamos de bailar con mis amigos a las seis de la mañana y el único que compraba el diario para leerlo antes de dormir, era yo. No me jodan más: yo quiero ser periodista”. Nosotros aplicamos otros mandamientos, los de la felicidad de la familia y la libertad y le dimos la bendición.
Este domingo es el día del padre y yo disfruto de la gracia divina de ser hijo y de ser padre al mismo tiempo. Nada me alegra más. Me siento un privilegiado. Mi viejo está grande, pero la cabeza le funciona a mil. Me sigue diciendo que no trabaje tanto pero ahora, lo agrega a Diego en esa recomendación. Esa cadena generacional tiene la fortaleza del acero. Es indestructible. Se apoya en dos pilares: la rebeldía y la libertad.
Feliz día para todos los padres. Para los que ya se fueron, como mi abuelo y para los que algún día lo serán, como Diego. Baruj Hachem. Si dios quiere.

Alberto produce vergüenza ajena por Cuba – 13 de julio 2021

La postura del presidente Alberto
Fernández sobre Cuba me produjo vergüenza ajena. Y la de su par uruguayo, Luis Lacalle Pou, me generó una sana envida. El pueblo pobre, encarcelado por la dictadura, dijo basta y salió a la calle para exigir en forma pacífica comida, vacunas y libertad. Y fue reprimido por un tirano comunista llamado Miguel Díaz Canel. Frente a esa realidad muy fácil de verificar, Alberto insultó el orgullo y la inteligencia de los argentinos y dijo: “Yo no sé lo que está pasando en Cuba pero terminemos con los bloqueos”. Por eso me dio vergüenza ajena. Porque no sabe lo que no quiere saber. Que el país que mantiene relaciones carnales con el cristinismo viola los más elementales derechos humanos y hambrea a su gente. Y encima, miente descaradamente porque en Cuba, no hay ningún bloqueo. Esa es otra mentira del régimen totalitario que censura la libertad de expresión y mete presos a los disidentes. Cuba no está bloqueada. Compra y vende productos a China, Rusia, Países Bajos, Alemania y Canadá, entre otros. Es cierto que exporta pocos productos. Pero no es por culpa de un bloqueo que no existe, Es la consecuencia de una economía quebrada que no produce casi nada y que el castrismo castrense congeló en el pasado.
Fernández protestó además contra el
bloqueo a Venezuela. La narco dictadura chavista comercia hasta con Estados Unidos a los que venden el petróleo que producen cada vez en menor cantidad. ¿De qué bloqueo habla? Por tanta cobardía y mentira flagrante, el presidente me dio vergüenza ajena. En el país que Raúl Alfonsín instaló como faro mundial en la defensa de los derechos humanos, este cuarto gobierno kirchnerista de cuarta, es cómplice y obsecuente con Rusia, China, Venezuela, Nicaragua y Cuba que son los países que más violan los derechos humanos. Han profanado ese sagrado lugar que era un activo de todos los argentinos. Los K han logrado que ya no seamos reconocidos en el mundo como los defensores de la libertad, la democracia, la paz, y denunciadores de los que matan, encarcelan, torturan y censuran. No importa la ideología del victimario ni de la víctima. No interesa si es Daniel Ortega o Pinochet. Se condena a los que cometen delitos de lesa humanidad y no a las ideas.
Como contra partida, el presidente uruguayo me despertó con sus declaraciones una suerte de sana envidia. Luis Alberto Lacalle Pou fue terminante. El sí, sabe lo que pasa en Cuba. Dijo que “el pueblo cubano está demostrando un coraje digno de elogiar. Cuba es una dictadura que, obviamente, no respeta los derechos humanos. Está claro que la libertad es lo que mueve al individuo”.
Las Naciones Unidos les reclamaron a los funcionarios cubanos que respeten las asambleas populares y que escuchen sus demandas genuinas. La Organización de Estados Americanos fue en el mismo sentido.
Artistas populares que saben lo que realmente pasa como Lali Espósito, Julieta Venegas, Ricky Martin e Hilda Lizarazu, se expresaron solidariamente con la gente que levanta banderas de libertad por las calles de la isla.
En este país, la mentalidad de muchos presuntos progres todavía admira a esos barbudos revolucionarios que extirparon el cáncer dictatorial del Fulgencio Batista. El tema es que con el tiempo, esos muchachos, por el camino del marxismo caído en desuso, se convirtieron también en carceleros de su pueblo. Se convirtieron en lo que combatían. Igual que Daniel Ortega en Nicaragua. Combatieron dictadores y después, con sus ametralladoras rusas, se convirtieron en dictadores. Fue patético lo que ocurrió en la embajada de Cuba en la Argentina. Separados por la policía había dos grupos. De un lado los cubanos que al igual que los venezolanos, huyen de esos regímenes salvajes para buscar aire puro y progreso. Están tan desesperados que son capaces de arriesgar hasta su vida a bordo de una balsa frágil. Y son millones los que se van. No son agentes de la CIA. No son pagos por el imperialismo. Los cubanos y los venezolanos que están en Argentina, son honrados y apasionados trabajadores que se ganan la vida de la mejor manera posible. Algunos, incluso envían un poco de dinero para su familia que padece en Cuba la falta de lo más esencial: alimentos y medicamentos. Ellos conocen muy bien la crueldad del sistema cubano. La sufrieron en carne propia y sus familias todavía la sufren. Por eso huyeron. Pero del otro lado de la policía, había falsos progresistas que repiten consignas gastadas, pequeños burgueses que todavía escuchan a Silvio Rodríguez y se auto perciben como Che Guevaras, pero con IPhone y Osde.
Enamorarse de las ideas y defenderlas con coraje, está muy bien. Es el motor de la humanidad. Pero aferrarse al fanatismo ideológico para negar evidencias, se acerca mucho a la locura. No pueden responder con sinceridad y racionalidad una sola pregunta: ¿Por qué los cubanos y los venezolanos se escapan del país aún a riesgo de sus propias vidas? ¿Por qué nadie se va a vivir a esos países? Hay una Cuba que no termina de nacer y
otra, que no termina de morir. Hay una Cuba maravillosa que resiste a la dictadura y canta con alegría por la patria, la vida y la libertad. Hay otra Cuba jurásica, represiva, sofocante que hambrea y persigue a su pueblo y que sigue insistiendo con su consigna criminal de “Patria o muerte”.
Manuel Díaz Canel, amigo de Cristina fue elegido a dedo por Raúl Castro y es el encargado de mantener con mano de hierro a la casta corrupta y burócrata que se apropió de un país al que Estados Unidos tiene entre los que amparan y auspician al terrorismo.
La ministra Carla Vizzotti, hizo un “acuerdo de confidencialidad” con este nefasto personajes para comprar o coproducir vacunas que nadie sabe que tienen adentro de los frasquitos y cuál es su nivel de eficacia para combatir al coronavirus. En realidad es una redundancia eso de “confidencialidad”. En la Cuba del oscurantismo, todo es confidencial y secreto. Nadie sabe cuántos contagiados y muertos hubo y que vacunas se han aplicado. Todo es censura y en La Habana nadie tiene idea ni de la Soberana 2 o de la Abdala. Con humor negro se podría decir que en cualquier momento le compramos vacunas a Corea del Norte. Pero no quiero dar ideas.
La Cuba que está pariendo la democracia tiene un himno que los arenga. Es emocionante ver a estos jóvenes, de adentro y afuera de Cuba, cantar con bronca y mucha ilusión estas estrofas: “No más mentiras/ Mi pueblo pide más libertad, no más doctrinas/ Ya no gritamos patria o muerte/ sino patria y vida. /Y empezar a construir lo que soñamos/ lo que destruyeron con sus manos/ que no siga corriendo la sangre/ por querer pensar diferente/¿Quién les dijo que Cuba es de ustedes?/ Si mi Cuba es de toda mi gente/.
La nueva juventud rebelde entona estas canciones a viva voz por las calles y se arma de coraje para enfrentar a esos déspotas.
La fuerza bruta de la dictadura castiga con asesinatos, presos, torturas, palos, abusos sexuales, la homofobia que confina y persigue a los gays o las coimas que hay que pagar para conseguir una ambulancia o un pedazo de carne. Todo está degradado en Cuba. Armaron un sistema de delación que quiebra hasta los mínimos lazos de amistad entre los vecinos.
Esta clase de criminales y violadores de los derechos humanos tiene el apoyo de muchos artistas e intelectuales y de la mismísima Cristina que se refugió un tiempo en las casas VIP de La Habana junto a su hija Florencia.
Las atrocidades de la dictadura y de su grupo más sanguinario, las boinas negras, demuestran pánico hacia una nueva generación que no quiere ser como el Che, como fueron adoctrinados desde niños. La letra del himno de la resistencia, lo dice todo con mucha claridad.
• El pueblo se cansó de estar aguantando/ un nuevo amanecer estamos esperando.
• Ya se acabó, ya se acabó/ no tenemos miedo/ se acabó el engaño/ 62 años haciendo daño.
• Publicidad de un paraíso en Varadero/ mientras las madres lloran a sus hijos que se fueron.
• Ya se acabó. Ellos luchan por la patria, la vida y la libertad.
Son artistas populares, son voceros de la gente y no alquilan a los tiranosaurios. Ya se acabó, es mucho más que una expresión de deseo. Libertad a todos los presos políticos. Muerte es lo que sobra. Patria y vida, es lo que falta.

Alberto y Cristina son íntimos enemigos – 12 de julio 2021

Desde que Alberto se fue del gobierno
de Cristina, en el 2008, fue creciendo el odio y el desprecio entre ellos. No anduvieron con chiquitas. Hubo acusaciones graves de ambos lados. Cristina lo espió y lo persiguió con los servicios de inteligencia. Por boca de sus militantes pauta dependientes de “67chorro”, de Diego Gvirtz, lo acusó de traidor, de cobrar y ser lobista de Repsol y de ser funcional a Clarín.
Alberto la culpó de todo. Fue su crítico más feroz: dijo que su gobierno fue deplorable y psicótico y que ella actuaba como una psicópata y de haber encubierto a los terroristas iraníes que volaron la AMIA. El nivel de agresión fue de alto calibre. En una de sus desfiles por los canales no kirchneristas llegó a acusar a Cristina de “soberbia” y de “someter a las instituciones”.
En el caso de la designación del general César Milani fue demoledor: “Que tosudez de Cristina. Se encaprichó con Boudou y pagó un enorme costo. ¿Cuánto pagará por sostener a un encubridor de desapariciones”. Lo cuento porque el otro día, sacaron del sarcófago a Milani a propósito de la opereta berreta y floja de papeles para acusar a Macri de colaborar con el golpe en Bolivia.
Ocurre algo insólito. Son tantos los cachetazos políticos que Alberto le pegó a Cristina por la televisión que Juntos por el Cambio podría hacer campaña solo con esos dichos.
Desde que celebraron el matrimonio por conveniencia y el pacto espurio de cumplimiento imposible que llevó a Alberto a la presidencia, se siguen hostigando y despreciando pero no lo hacen en forma explícita y pública. Lo estuvieron disimulando. Siguieron esa guerra de misiles pero en forma subterránea.
Pero avanzó tanto Cristina que hoy tiene a Alberto contra las cuerdas. Hasta hubo un sincericidio explícito cuando Alberto, en La Plata, dijo sin ponerse colorado: “ Cristina, hice lo que me mandaste.”
Ella lo fue vaciando de contenido. Le fue comiendo las piezas del ajedrez de poder y de los funcionarios que no funcionan. Es una realidad de extrema gravedad institucional que llevó a decir a la diputada Mariana Zuvic que “el presidente no está en funciones, es un ejemplo de indignidad y humillación. Nadie arrodillado y envilecido, puede sostenerse”.
En los últimos días y tal vez porque Alberto vio el abismo, sus cruces con la reina Cristina y el príncipe heredero, Máximo, fueron explícitos y en actos públicos. Es una realidad que, si se sostiene en el tiempo, puede impactar con fuerza en los resultados electorales y en los dos años que le quedan de mandato. Si el oficialismo gana las elecciones del 12 de setiembre, con las listas llenas de camporistas, leerán esos resultados como un cheque en blanco para seguir avanzando hacia el chavismo santacruceño. Y si las urnas muestran una mayoría de voto castigo, van a dejar a Alberto como un espantapájaros desnudo y como mariscal de la derrota.
¿Qué pasó?
Como siempre la que abrió el fuego y el juego fue Cristina cuando hablando de la causa Qunitas, con una chicana, dijo que habían procesado a todos, Gollán, Kreplak, menos a quien era ministro, Juan Manzur, actual gobernador de Tucumán. Cristina tiene una regla de los setenta: ni olvido ni perdón. Solo puede llegar a disimular por conveniencia, como en el caso de Alberto Presidente.
El 9 de julio en la histórica casa de la Independencia, Alberto resaltó con varios elogios que Manzur era su amigo. No le soltó la mano frente al embate de Cristina. Es que intenta tardíamente y desde el subsuelo de su imagen, recomponer sus vínculos con los gobernadores no K.
El cruce con Máximo fue mucho más duro todavía. En la historia de esa relación hay que anotar que cuando Alberto estaba en el llano, dijo textualmente: “Todos los militontos se creen revolucionarios y son tristes repetidores de mentiras”. Ese dardo les tiro a los camporitas. Después de la unidad no por amor y si por espanto, Alberto elogió la capacidad política y el futuro de Máximo Kirchner.
Pero hace unos días, en diputados, Máximo disparó directo al pecho de Alberto. Enojado dijo que no quería un país que cediera a los caprichos de los laboratorios extranjeros (después quedó claro que se refería a los norteamericanos) y se preguntó qué pasará con el acuerdo con el Fondo si se bajaban los pantalones de esa manera con un simple laboratorio.
Santiago Cafiero, el alter ego de Alberto, acababa de anunciar en el recinto que se había firmado un acuerdo con Moderna para la provisión de 20 millones de vacunas.
Esta vez Alberto no se tragó el sapo en silencio. Le contestó que antes de ceder y perjudicar los intereses del pueblo argentino, se iba a su casa.
A este nivel llegaron los cruces. No fue una expresión muy positiva para el futuro del Frente de Todos. Alberto puede hacer cualquier cosa, pero jamás irse a su casa y abandonar el poder. Sería un terremoto institucional. Si no soporta los caprichos y las imposiciones de su jefa, que lo denuncie con todas las letras. Tiene mandato hasta el 2023 y lo tiene que cumplir. No puede huir. Se tiene que hacer cargo de todo. De la catástrofe sanitaria con más de 100 mil muertos, de la hecatombe económica y de haber ayudado a Cristina a volver al poder. Alberto sabía quién era Cristina. Fue uno de sus críticos más feroces y ahora sufre tanta perversidad militante. Que no venga a poner excusas y a amagar con irse a su casa. Nunca es gratis pactar con un enemigo íntimo.