La patria no se rinde – 9 de julio 2018

Igual que el 25 de mayo pasado, hoy en la avenida 9 de julio, hubo una modesta manifestación cargada de hipocresía disfrazada de patriotismo. Actores kirchneristas que jamás tuvieron el coraje de denunciar o repudiar ni uno solo de los graves casos de corrupción y autoritarismo que mancharon la Argentina durante más de 12 años nos quisieron arengar al grito de que “La patria no se rinde”.
Por supuesto que la patria no se rinde. No se resigna a tener de presidenta a alguien como Cristina que ya tiene 5 procesamientos de la justicia federal o a un vice presidente como Amado Boudou que este jueves va a recibir una condena de hasta seis años de cárcel por haber intentado robarse la fábrica de billetes.
Por supuesto que la patria no se rinde. No se resigna y por eso en las últimas elecciones, en las que el pueblo se expresó libremente y en forma soberana derrotó en las urnas a Daniel Scioli y Carlos Zannini y a Aníbal Fernández, todos elegidos por la ex presidenta y luego, hace menos de un año, la que perdió fue la mismísima Cristina que se tuvo que conformar con los fueros que le dan ser senadora por la minoría.
Canciones de Teresa Parodi y videos de Alejandra Darín, Paola Barrientos, Cristina Banegas, Carolina Papaleo y Lola Berthet entre otros y otras, fueron el mascarón de proa de los verdaderos organizadores: hablo de la crema del kirchnerismo en todas sus variantes.
Axel Kicillof, Leopoldo Moreau, Sergio Palazzo Martin Sabbatella, el intendente de Esteban Echeverría, Fernando Grey, y los sindicalistas kirchneristas Hugo Yasky y Roberto Baradel no pudieron garantizar una concentración multitudinaria e hicieron una demostración de debilidad. Pero tratan de poner palos en la rueda del gobierno nacional con el único objetivo de evitar que Cristina vaya presa por la cantidad y la gravedad de causas que tienen en la justicia. Lavado de dinero, corrupción, asociación y enriquecimiento ilícito son solo algunas de las acusaciones por las que tiene que dar explicaciones ante la justicia.
Los actores pusieron la cara y los videos y los Kirchner la movilización para seguir en su tarea de destituir al gobierno de Cambiemos.
La verdad, con mucha valentía la planteó otro actor pero republicano como Juan Acosta que viralizó otro video que dice: “la patria no se rinde. Lo que hay que rendir es cuentas del choreo de 12 años para que haya justicia”.
Coincidieron con la inmensa mayoría de los ciudadanos de que la patria estuvo en peligro y estuvo a un paso de rendirse frente a Nicolás Maduro. Estuvimos a un paso de caer en ese agujero negro llamado chavismo venezolano. Un país que nada en petróleo, hoy bate records mundiales de inflación, pobreza, hambre, crímenes en las calles y de habitantes que huyen a otros países para buscar cierta dignidad laboral y libertad para ser ciudadanos plenos.
Sin embargo en los carteles que hoy llevaron los K a la protesta estaban las imágenes de Néstor, el Che Guevara, Fidel, Chávez, Perón y hasta Karl Marx. Parece mentira que la historia se repita hecha caricatura y posiblemente tragedia. Fue tan poca la gente que asistió que tuvieron que cambiar tres veces el horario para leer un previsible documento contra Macri y el FMI.
Claro que la patria no se rinde. No se resigna a caer en un agujero negro como Santa Cruz donde no hay clases casi nunca, donde la miseria crece y donde la provincia no puede garantizar las mínimas condiciones de coexistencia pacífica.
La patria no se rinde. No se resigna a volver a otro gobierno K porque nunca en la historia tanta gente robó tanto dinero. Son muy pocos los funcionarios de Néstor y de Cristina que no se hicieron millonarios con el dinero que le robaron al pueblo pobre. Hay infinidad de causas en la justicia que tienen pruebas e indicios de sobra contra los Kirchner, los Moyano, los Báez, Cristóbal López y compañía, Julio de Vido y su cártel de la obra pública con sobreprecio y coimas o los violentos arrebatos castrenses de Milagro Sala, Luis D’Elía o Fernando Esteche.
La patria no se rinde. No se resigna a caer nuevamente en las garras pinguinas de toda esa maquinaria de corrupción y mafias.
La patria que no rinde sus cuentas es
el Instituto Patria. El presidente Oscar Parrillitudo se niega a proporcionar la información sobre quiénes son los aportistas. La Inspección General de Justicia ya se lo reclamó tres veces y tal como hicieron en el poder, ignoran la ley y las normas. Cristina y sus seguidores se sienten que son la patria y que están por encima de todos los ciudadanos.
El 25 de mayo, el genial actor Alfredo Casero no tuvo pelos en la lengua para decirles que cantaran la marchita peronista o la internacional. Pero que el himno era de todos y no de una facción.
Fue muy claro al hablar de algunos de esos actores que durante el gobierno K se dedicaron a injuriar y señalar con el dedo a los que no pensaban como ellos. Y lo hacían desde el aparato estatal de propaganda que pagábamos todos los argentinos. Y finalmente, Casero habló del relator del relato, el impresentable Víctor Hugo Morales y exigió como hace la mayoría de los argentinos que devolvieran todo lo que robaron con esa locura de quererlo todo.
La patria estuvo en peligro y a punto de rendirse ante el robo sistemático cuando Cristina dijo “Vamos por todo”.
La patria es otra cosa. No es una pancarta mentirosa de la política trucha.
Todos los que vivimos y amamos esta patria tenemos que poner un granito de arena para que este día vuelva a recuperar su sentido de unión nacional y no de fractura social expuesta o de grieta. Necesitamos una Argentina cohesionada en la que todos empujemos hacia el futuro, más allá de las camisetas partidarias. Yo sé que no es fácil. Fue demasiado el odio que se sembró en estas pampas. Pero hay que seguir predicando aunque sea en el desierto. No hay futuro sin una democracia moderna, con división de poderes, libertad absoluta, federalismo en serio y con igualdad de oportunidad para todos sin corruptos ni golpistas. Podemos y debemos apoyarnos en las ideas y pasiones de aquel 9 de julio que fue el más glorioso de nuestra historia.
La patria somos todos y es lo que somos. Vale la pena tomar por asalto el cielo celeste y blanco como hicieron nuestros próceres.
Ellos parieron la patria con esa lucidez y esa valentía. Porque fueron capaces de dar la vida por esa patria que nacía independiente. A esta epopeya estamos convocados todos los días. Y mucho más cuando decimos, feliz día de la patria. Para que el pueblo sepa realmente que es lo que pasa. Ayer, hoy y siempre. Y esa construcción colectiva llamada patria nos llene de orgullo y bizarría como esa bandera que a San Lorenzo se dirigió inmortal.
La fiesta se terminó y hay que pagar los platos que rompieron Cristina y sus cómplices. Hay que recuperar los símbolos patrios porque el kirchnerato también se apropió de eso. Las fiestas patria no son para hacer campaña electoral ni proselitismo del chiquitaje demagógico. Es un día de gloria para todos. Recurro a Mariano Moreno. Ante tanto chupamedia verticalista y culto a la personalidad quiero citar esta frase que para mí, es el cimiento del buen periodismo y del país en el que quiero vivir:” Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila”. Viva la patria. La patria estuvo en peligro. La patria no se rinde y no se resigna a tener otra vez gobiernos corruptos y autoritarios y ahora opositores golpistas.
La patria no se rinde. Y tampoco se suicida.

Córdoba, la rebelde – 6 de julio 2018

Mientras más libros leo, mientras más personas inteligentes entrevisto, mientras más países conozco, en lugar de tener cada vez más certezas, tengo cada vez más preguntas. Hay pocas cosas de las que estoy absolutamente seguro. Estoy seguro que soy padre, que soy periodista y que soy cordobés. De casi todo lo demás, dudo. Soy cordobés hasta la médula porque amo profundamente mis raíces. Soy orgulloso de mi pertenencia y de dónde vengo. Basta que ponga un pié en tierra cordobesa y me cambia el humor, soy feliz, siento que es mi lugar en el mundo. Y no solamente porque tengo a mis padres, a mi hermana y a parte de mi familia. Tengo la sensación de que el ADN cordobés es parte indisoluble de lo que soy, de mi identidad. Muchos historiadores dicen que la actitud que articula toda la historia de Córdoba desde sus comienzos es la rebeldía.
Jerónimo Luis de Cabrera la fundó un día como hoy de hace 445 años y lo hizo en un claro acto de desobediencia al Virrey. A lo largo de su historia, Córdoba demostró su impronta combativa en defensa de la libertad y en contra de todo tipo de autoritarismo. Eso me alegra el alma y siempre trato de estar a la altura de ese coraje.
Hablo de la Córdoba de la Reforma Universitaria que fue un faro para toda América Latina. “Obreros y estudiantes/ unidos adelante”, gritaban los manifestantes en la calle hace 100 años. Se levantaron en ideas contra el atraso, la pacatería y el oscurantismo de la rancia oligarquía, entre otras cosas. El manifiesto liminar que todos deberíamos estudiar y tener presente dice: “Los dolores que nos quedan, son las libertades que nos faltan”.
Hablo de la resistencia al autoritarismo del peor Juan Domingo Perón. De la resistencia contra un personalismo que obligaba gente a afiliarse el justicialismo, a llevar luto por Evita, a delatar y encarcelar a los contreras y a llevarse todo por delante. No reivindico la violencia de los comandos civiles pero es cierto que hubo cordobeses que estuvieron dispuestos a dar la vida en contra de los prepotentes y de los que se sentían dueños de la patria y de la verdad.
Hablo del Cordobazo y el Viborazo que fueron puebladas contra los fascistas con y sin uniforme que nos quisieron llevar a la edad media con un integrismo que cortaba cabelleras y alargaba minifaldas, encarcelaba disidentes y reprimía a mansalva. Eran épocas de dirigentes sindicales representativos que vivían como pensaban, con honradez y austeridad como el Gringo Tosco, el Chancho Salamanca o el Negro Atilio López que desde su gremialismo de colectivero llegó a ser vice gobernador de la provincia.
El radicalismo cordobés siempre fue potente y en muchos casos con inserción popular y hasta con secretarios generales de gremios. Desde el legendario Amadeo Sabattini y Santiago del Castillo hasta don Arturo Illia, pasando por Zanichelli.
Hablo de los límites que la mayoría del pueblo de Córdoba le puso a la cleptocracia y a los intentos hegemónicos y patoteros de Néstor y Cristina Kirchner. Nunca en sus más de 12 años, el matrimonio presidencial consiguió hacer pié electoralmente en la provincia que late como el corazón de la Argentina productiva. Porque hablo de sus gringos del campo que dejan la espalda rota trabajando de sol a sol e incorporan la innovación tecnológica, de las grandes industrias y fábricas automotrices y de la potencia creativa e intelectual de las universidades que supieron recoger argentinos de todas las provincias y extranjeros que venían en busca de la excelencia.
Córdoba es muchas cosas, por supuesto. La heroica, la docta, la Córdoba de las Campanas de don Arturo Capdevilla que nos habla de las cúpulas de tantas iglesias hermosas y antiguas y de una peso específico del clero que en algunos aspectos convierte una parte de la cultura en conservadora.
Córdoba para mi es su humor repentino, de tribuna popular y el fútbol, de tonada, y de esa broma que explica muchas cosas. Dicen que el cordobés es una mezcla de cuartetazo, vino dulce y chipaca. Tal vez el territorio nacional nos identifique con ídolos populares como La Mona Jiménez o Rodrigo cantando soy cordobés. El instaló para siempre que anda sin documentos porque lleva al acento de Córdoba Capital y que toma el vino sin soda porque así pega más.
Y agrega “Soy de Alta Córdoba dónde está «la Gloria» o en Jardín Espinosa a Talleres tu lo ves y si querés yo te llevo para Alberdi dónde están los celestes mi pirata cordobés.” Tal vez ese gusto por el vino dulce nos haya empujado a ser los principales consumidores de Fernet con Coca.
Una de las fotos que más quiero es la de la entrega de la distinción como “ciudadano ilustre” que me hicieron. No puedo creer cuando me veo entreverado con monumentos de la talla de Marcelo Milanesio o Fabricio Oberto en el básquet, o David Nalbandian en el tenis, o Daniel Salzano que todavía toma café en el Sorocabana frente a la Plaza San Martín donde inexorablemente terminaban mis sábados con desayuno y La Voz del Interior. En esa foto está una señora actriz como Ana María Alfaro y mi adorado ídolo de chico, el Daniel de los Estadios, Daniel Willington que siempre será un poster pegado en mi habitación. Y encima estoy al lado de Jairo que supo cantar de Posdata que Córdoba va…
Con sus motos y apellidos,
Con sus calles y baldíos.
Con su río y su cañada,
Con fantasmas y peladas.
Córdoba es un sentimiento. Es el primario en el colegio Ortiz de Ocampo, en la calle Salta o la excelencia y el compromiso del Manuel Belgrano o la facultad de Ciencias de la Información, con tantos compañeros desaparecidos empezando por los hermanos de Norma Morandini. Y el Huguito Kogan que tanto extraño. Córdoba es mi cuna y tal vez sea mi tumba. Una pintada que hice entre tantas pidiendo por la libertad del Luis Aráoz con la firma de la Fede en aerosol rojo, el amor por Celina, la partisana de Luz y Fuerza o la Mirtinha, y la cárcel de los fachos del comisario Telleldín, en la comisaria feroz al lado del Cabildo donde me dieron para que tenga y guarde. O la peña del Chito donde conocí al Horacio y a Tejada. Y Tonos y Toneles y la guitarra del Negro Maldonado que una noche dijo que era un obrero del canto y un borracho que nunca falta le gritó: “te dicen el boludo, para elegir laburo”.
En esa Córdoba me formé y no me arrepiento de nada. Aunque ahora unos pocos sectarios me odien y sigan apostando a los estalinismos y a los ladrones de la Patagonia kirchnerista.
Hablo de la Córdoba de la Noar y el básquet de los amigos, del Cabezón y el Alfredo dispuestos a levantar lo que se pueda y a bailar en Carlos Paz o en donde sea. A la Córdoba de conventillos de Barrio La Cruz que llegó mi viejo huyendo del nazismo de Polonia.
A esa Córdoba le doy las gracias en su cumpleaños. Los del Suquía dicen que en la docta de madrugada/ siempre hay alguien despierto/ estarán las aulas cerradas/ pero siempre hay boliche abierto.
En la Zamba de Alberdi, el Chango Rodríguez habla de la primera cita en la Plaza Colón y dice que su amor “como una glicina/ibas por el Clínicas/ perfumando el aire/ con tu juventud.
Tal vez por eso me enorgullezco de ser cordobés. Porque a mí tampoco me gustan los mandones ni los dictadores. Yo también creo en el derecho de decir que no. No a la injusticia, no a los corruptos, no a los extorsionadores y mafiosos. Decir que no es el principal derecho de una República.
Desobedecer, patear el tablero si es necesario, no ser sumiso. No arrodillarse ante nadie. Y tampoco hacer arrodillar a nadie. Sin soberbia y sin cobardía. Ser rebelde, como Córdoba.

La victoria de Justina – 5 de julio 2018

Pocas veces se vio a la Cámara de Diputados inundada por la emoción y por la unanimidad. Igual que en Senado, todos los legisladores votaron la ley que produce un cambio histórico, porque instala que todos los mayores de 18 años somos donantes de órganos salvo que se exprese lo contrario en vida. Esta es una noticia luminosa. Hay más de 10.500 personas en la lista de espera de algún órgano para el trasplante. No se necesita más el consentimiento de la familia y eso es un avance inmenso.
Muchos diputados no pudieron contener sus lágrimas cuando Pablo Kosiner de Salta mostró la foto de su hijo Juan Pablo que murió a los 16 años porque el órgano que necesitaba no llegó.
Había que ver a la familia de Justina Lo Cane en pleno, sus padres, sus hermanos, sus abuelos, abrazarse como quien se abraza con Justina. Su madre, Paola confesó sus sentimientos más profundos: “Con esta ley transformamos el dolor en alegría. Por supuesto que nunca superaremos la angustia de su ausencia. Pero yo sé que ahora Justina me está abrazando y me dice: Mami, lo logré. Mamita querida, lo logramos”.
Es el final de una historia que conmovió a todos los argentinos.
Justina estaba internada en la Fundación Favaloro. Estaba primera en la lista del Incucai porque necesitaba un corazón en forma urgente. Justina tenía la sonrisa y la mirada pícara de todas las nenas de 12 años. Una cardiopatía congénita le complicó su vida y finalmente la llevó a la muerte. Se la descubrieron al año y medio y desde entonces la fueron piloteando con atención rigurosa y medicamentos adecuados. Pero su ventrículo lastimado dijo basta hace poco más de 7 meses.
Por eso era tan urgente el trasplante. Ella manifestaba una fuerza y un coraje que apuntalaba a su familia. Tenía el corazón con agujeritos pero tenía un corazón así de grande. Solidario y bondadoso. Siempre me gusta decir que los únicos discapacitados que existen son aquellos que no tienen corazón.
Cuando Ezequiel Lo Cane, su padre, le explicó lo que estaba pasando Justina, no pensó en ella. Pensó en los demás. Con esa carita angelical que tenía lo miró y le dijo: “Papi, ayudemos a todos los que podamos”. Fue difícil para todos no llorar ante semejante entrega generosa. “Papi, ayudemos a todos los que podamos”, se transformó en el combustible de una campaña extraordinaria para fomentar la donación de órganos. Se llama “Multiplicar la vida por siete”. Es que cuando uno muere y dona sus órganos les puede prolongar la vida a siete personas. Y a veces a 9 o 10, porque hay tejidos que también pueden implantarse en otro ser humano y ayudarlo a que se aleje del abismo.
Justina recibía la visita de sus hermanos menores, de Ceferino de 9 y de Cipriano de 7. Y hablaban de las cosas de la vida, de los chicos. De música, del colegio, de las compañeras que le mandaban dibujitos. Uno que tenía pegado en su habitación era de corazones concéntricos y multicolores que repetían la esperanza como un rezo laico: “Multiplicar la vida por siete”. Ese objetivo fue el motor que movía todo. Mientras tanto, Justina esperaba el suyo.
Pero no llegó. Hoy Justina es una bandera de la donación. La mejor ley que pudimos conseguir lleva su nombre. Como si fuera un Cid Campeador, la tierna Justina ganó la batalla aún después de muerta.
Donar órganos es como sembrar mil esperanzas todos los días. Es la máxima solidaridad posible. Es la generosidad solidaria que se disemina en tierra fértil. Es una forma de procreación al alcance del ser humano por ser humano. ¿A cuántos hermanos podemos salvar? ¿Cuántos compatriotas pueden recibir semejante bendición? ¿Se lo preguntó alguna vez? ¿Hay otra forma superior de la entrega y el servicio hacia los demás? Es ser solidario con nuestro propio cuerpo aún después de muerto. Dar hasta que duela como pedía la Madre Teresa. Es como arrebatarle un poco de vida a la muerte, como ganarle algunas batallas.
Muchas veces la gente tira para atrás por desconfianza. La comprendo pero no la justifico. Hemos sufrido tantos engaños y desilusiones desde las instituciones que todo nos despierta sospecha. Pero en el caso de la donación de órganos hay que confiar. Nunca, jamás, se comprobó un solo caso en el que haya ocurrido algo poco claro o reñido con la ética. Hay tanta leyenda urbana producto de la ignorancia que vale la pena repetirlo una y mil veces. No se registran hechos de corrupción ni de malversación y mucho menos de tráfico vinculado al trasplante de órganos. Esas historias inventadas nos hacen mucho mal como sociedad. A todos, porque todos podemos ser donantes y todos podemos necesitar que nos donen un órgano. Uno nunca sabe su destino. Nunca sabe de qué lado del trasplante puede estar. Es actuar en defensa propia. Le recuerdo que la evaluación de los doctores del INCUCAI es muy rigurosa para confirmar la muerte. La ley exige que dos médicos, un terapista y un neurólogo firmen el acta de defunción. Y se hacen dos exámenes separados por seis horas. Hacen falta más campañas de concientización hacia la sociedad y capacitación para los médicos. Le repito: en este momento hay más de 10.500 personas en lista de espera. No son números de una planilla. Son hijos, padres, hermanos, novios, amantes, soñadores, tan argentinos como cualquiera de nosotros y esperan en la lista y desesperan en la angustia. La medicina avanza a pasos agigantados y los trasplantes son cada vez más frecuentes y exitosos en la Argentina pero en este bendito país los donantes no alcanzan. Hemos mejorado pero todavía falta. Según el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (INCUCAI) hay 2.800.000 donantes. A partir de que se reglamente la ley, todos vamos a ser donantes. El salto es gigantesco.
Los periodistas, los docentes, los religiosos, los políticos, los artistas, los deportistas y todos los que tenemos un micrófono, una tribuna o un púlpito desde donde difundir informaciones y pensamientos tenemos la responsabilidad social, la obligación moral de incitar a la esperanza, de fomentar la donación, de multiplicar la solidaridad de hacer una propaganda constante de los valores que nos hermanen más y nos hagan mejores personas y mejores argentinos. No hay otra. Un nuevo país solo tendrá mejores cimientos con mejores ciudadanos. Hubo campañas de todos los colores. Una que decía: escribir un libro, plantar un árbol, tener un hijo y donar un órgano. Hay que iluminar la vida de los donantes con la posibilidad de dar a luz sin ser padre o madre. Dar a luz a otro ser humano sin parir pero dando vida. Suena maravilloso. Es una epopeya que salva la vida de nuestros semejantes. ¿Hay algo superior a eso?
Donar órganos. Dar vida aún después de muertos es honrar la vida. Es multiplicarla por siete. Y Justina llevó esa bandera la victoria. Hoy es título de todos los diarios. Justina pudo concretar sus sueños, conseguir la máxima solidaridad posible.
A esta hora exactamente hay un donante en la calle. Eso que late en la patria no es otra cosa que nuestro corazón multiplicado. Combatiendo a la muerte, honramos la vida. Quién dijo que todo está perdido/ yo vengo a ofrecer mi corazón. Combatiendo a la muerte, honramos la vida. La gran Eladia nuestra que está en los cielos lo decía con toda luminosidad:
Eso de durar y transcurrir,
no nos da derecho a presumir,
porque no es lo mismo vivir,
que honrar la vida…