La vuelta de Piazzola – 4 de julio 2018

Hoy se cumple un aniversario de la muerte de un genio llamado Astor Pantaleón Piazzolla. Un revolucionario del tango. Dan ganas de poner la melodía de su amigo Aníbal Troilo y con letra de Homero Manzi, dedicarle un rezo laico:
El duende de tu son, che bandoneón,
se apiada del dolor de los demás,
y al estrujar tu fueye dormilón
se arrima al corazón que sufre más.
A Piazzolla todo le costó mucho. Le querían sacar tarjeta roja pero no se fue nunca del tango. Fue muy resistido por la guardia vieja de la ortodoxia. Lo consideraban una suerte de hereje de la religión del 2×4, vade retro Satanás. Y no era para menos, en el Octeto de Buenos Aires, por ejemplo, puso por primera vez una guitarra eléctrica. ¿Se imaginan? Los adoradores de las telas de araña lo querían matar. Por eso le costó tanto llegar y que lo aceptaran. Pero se convirtió es un clásico de la música urbana. Era una especie de D’Artagnan aferrado a la oruga de los sonidos maravillosos. Sin espada pero con pinta de mosquetero. Casi, siempre vestido de negro, atento para clavar el estilete de la creatividad. Tal vez con Astor se produjo el segundo nacimiento del tango. El que le metió los nuevos ruidos callejeros y lo transformó en música culta reciclando lo popular. Pocos saben que se formó en armonía y música clásica con la directora de orquesta francesa Nadia Boulanger. Y que estudió contrapunto y fuga con Alberto Ginastera.
En alegre concubinato con Horacio Ferrer parieron muchas de las mejores radiografías de Buenos Aires. Mar del Plata y Montevideo engendraron esos hombres que como acróbatas dementes saltaron por el abismo de tu escote hasta sentir que enloquecieron tu corazón de libertad. Era la balada de dos locos. De dos talentos que patearon todos los tableros con la voz de acero y terciopelo de Amelita Baltar, que fue sin duda María de Buenos Aires más allá de la operita fundacional. Astor era discutidor, no se le callaba a nadie, se iba a las piñas en dos minutos. Se le subía la tanada y la autodefensa que necesitó de pibe por las calles hostiles de Nueva York. Solo se quedaba en silencio cuando el Polaco Goyeneche, por ejemplo, se subía a ese pulmón de melodías que Astor acunaba sobre sus rodillas. Grabó 58 discos, hizo música para ver en el cine. Murió cuando apenas tenía 71 años y dejó una obra monumental. Larga, ancha y bien porteña, como la calle Corrientes. La criminal fue una trombosis que le hizo la vida imposible. Tal vez en esa pelea contra la muerte recordó aquella pequeña Italia a donde su viejo, Vicente, Don Nonino había ido a buscar revancha laboral. Hoy decís, adiós Nonino, adiós, y es como cantar el himno ciudadano. Era un pibe y pudo compartir con Carlos Gardel los paseos por Manhattan, los ravioles amasados por Asunta Manetti, su madre y una escena emocionante con un piazzollita de 12 años y una gorra de atorrante tocando el bandoneón en “El Día que me quieras”. Hay fotos que lo prueban. Pero ese fotograma no quedó en la película que hoy se pudo recuperar. Ese primer bandoneón que funcionó como ADN se lo regaló su viejo que lo compró en una tienda de empeños de la calle 8 de la Gran Manzana por solamente 18 dólares. Caprichos de la historia de un mundo tanguero que siempre sedujo y rechazó a Piazzolla. Músicos de una gran estatura florecieron a su lado: Fernando Suárez Paz, Antonio Agri, Oscar López Ruiz, Horacio Malvicino, Gerardo Gandini, Leopoldo Federico y Daniel Binelli, entre otros.
Era tozudo como pocos. Durante un tiempo renegó de las letras y los cantores. Nos quiso retacear una parte de su ingenio. Por suerte aflojó y pudimos disfrutarlo con el Polaco, con Jairo, José Angel Trelles, Edmundo Rivero y el Negro Lavié, entre otros.
Dicen que hizo tango barroco mezclado con jazz. Hizo travesuras luminosas junto al saxo de Gerry Mulligan. Dicen que sus pentagramas hacían magia con las armonías. Dicen que como todo vanguardista no se dejó encasillar en ningún lado. Sorprendía en cada golpe de bandoneón, en cada arrullo, amagaba para el tango y salía con aires de Bela Bartok o Stravisnky. Dio vuelta el tango como una media. Lo puso patas para arriba y el tango ya nunca más fue el mismo aunque jamás perdió sus raíces. Ya pasaron 26 años de su muerte y sin embargo Piazzolla sigue conmoviendo con su vigencia. Dos hijos, Daniel y Diana lo suceden y su nieto “Pipi”, sigue llevando su bandera musical. Derrotó para siempre a los conservadores anquilosados del tango del taquito y la pereza. Siempre decía que sus tangos ya no tenían compadritos ni farolitos. Pero hizo la música de “Sobre Héroes y Tumbas” con Ernesto Sábato y “El hombre de la esquina rosada”, con Jorge Luis Borges que era tan cabrón como él. Hizo punta como su admirado Osvaldo Pugliese. Encontró un nuevo lenguaje para un tiempo sin tranvías ni buzones. Por eso hoy sigue vivo en los bares, en el subte, en la callecitas de Buenos Aires que tienen ese que se yo…viste, rodando por Callao. Se siente, se siente, Piazzolla está presente en este Invierno Porteño.
Y esas ganas tremendas de llorar
que a veces nos inundan sin razón,
y el trago de licor que obliga a recordar
si el alma está en «orsai», che bandoneón.
Señor bandoneón. Que Dios lo tenga en la gloria. Quería decirle que el aeropuerto de su amada Mar del Plata lleva su nombre y lo espera siempre para que pueda ir a cazar tiburones y adrenalina. Que ese nombre “Astor”, tan original y provocativo nació de su padre que quiso homenajear a Astore Bolognini, un corredor de motos y primer violonchelista de la Orquesta de Chicago
Que Amelita Baltar, la voz de Piazzolla echa mujer, nos sigue deleitando rea y académica, atrevida y contundente.
Señor bandoneón quería decirle que usted atravesó la música y entró en el mundo del sonido. Hay un sonido Piazzolla, hay un clima Piazzolla que envuelve a Buenos Aires.
Hay un bandoneón que todo lo puede. Incluso seguir sacando conejos talentosos de su galera a tantos años de su muerte.
Don Astor. Gracias por su tozudez, su creatividad y su talento. Gracias por llevarse el mundo viejo por delante. Chan chan. Piazzolla como Troilo nunca se fueron. Siempre están volviendo.

Los hermanos locutores – 3 de julio 2018

Hoy es el día del locutor. Y a nuestros hermanos de radio les quiero agradecer por todo. Siempre me gusta insistir, corregido y aumentado, con este humilde homenaje. Primero el reconocimiento para ella, la mejor: Marcelita. Ella dice que es la Mascherano de Leuco pero desde que ganó el Martín Fierro fue, es y será, para mí, la mejor locutora argentina. La que con su alegría borra todo lo malo. Ella, está bancando este proyecto llamado “Le doy mi palabra” desde el primer día. Y gran parte del éxito es gracias a su talento. Por eso me toca a mí decirle, gracias Marcelita. Por la buena onda, la buena voz y la buena mina que sos. Hoy me siento el Mascherano de Giorgi. Ella es la joya, nuestro arsenal, la nave insignia como me gusta decirle. Siento que jugamos de taquito. Yo digo: “fíjese Marcela la hora que se hizo y nosotros hablando tantas pavadas” y cien guiños radiales más y ella devuelve la pared redonda como si fuera Bochini. O su admirado Kun Agüero.
La negra, la tana, Rita Mansur, la doctora Cristina, la diputada Diana No escuchen a Lanata, la que es capaz de llevar a radio Mitre en su garganta, igual que el glorioso y certero Héctor Norberto Tricinello al que ya le hicimos un homenaje o ese genio de los tonos y los matices que hace lo que quiere con sus cuerdas vocales y se llama Marcelo Elorza. Confieso que me alegra la vida cada vez que lo escucho decir: “Fuuuutbolll” o “Casanellllo”.
Y me gustaría que este abrazo radial le llegara a todos los locutores porque, insisto, son nuestros hermanos del aire. Son los que alguna vez sintieron algo que les decía que su voz no iba a ser más su voz. O mejor dicho, que sus voces, iban a ser voces por donde otras multitudes de voces se iban a expresar. La voz iba a seguir siendo una voz propia, tal vez la más profunda, pero también la voz de otros. Hoy quiero ratificar esta declaración de amor a los locutores y las locutoras.
La voz de un locutor debe ser clara, precisa y segura. Con eso alcanza, según el manual, para ser lo que se dice, un buen locutor, un buen profesional. La garganta atenta y educada, la modulación correcta. Para leer noticias, mensajes, temperaturas, encuestas, correos electrónicos, tuits, pedidos de sangre, para presentar discos, chivos, reportajes, invitados, columnistas. Todo eso hace un locutor. Pero con eso no alcanza para ser locutor. Para ser duendes de la radio, la radio les pide más.
Por eso le dan a las palabras alas y colores.
Por eso le dan a las palabras aromas y sabores.
Por eso le dan a las palabras volumen y texturas.
Son voces amigas que se alegran y entristecen junto a todos nosotros. Nos hacen compañía, nos dan una mano. Nos soportan a los que integramos ese extraño e incomprensible mundo de los no locutores.
Por eso le dan a las palabras angustias y carcajadas.
Por eso le dan a las palabras dolores y esperanzas.
Por eso le dan a las palabras magia y sorpresas.
Le quiero contar que yo conozco a los locutores. Los espío desde hace años, me siento cerca de ellos. Los he visto nerviosos por algo que no sale. Sanateando porque se colgó la máquina y las noticias que no llegan. Los he visto tentados de risa por un furcio o por un blooper. Los he escuchados decir pavadas. Los he escuchado decir genialidades. Hablo de la asamblea de ratones que convocan con sus cuerdas vocales de terciopelo Nora Perlé o Marcela Labarca, del estilo filoso y chispeante de María Isabel Sanchez, la Negra Verón, Paola Agostino, Mariel Di Lenarda que como Mitre, siempre informa primero y Natalia López, un lujo que juega en todos los puestos y que prácticamente parió a su hija Esperanza acá en la radio. Y aprovecho para decir una vez más la felicidad que me produjo reencontrarme en el aire de Mitre con Andrea Estevez Mirson. Ella reemplazó a Marcela durante sus vacaciones y sembró el estudio de sonrisas y campanas.
Hay que ponerse de pie y sacarse el sombrero para nombrar a los que hacen escuela, como los Juan Carlos, me refiero a Pascual y Delmisier. O la personalidad y autoridad de Betty Elizalde, o la transparencia solidaria de Alicia Cuniverti que aparece en nuestro libro “Cuidáte changuito”. Son todas herederas de Rina Morán, las salieris de Beba Vignola.
Hay tantas voces que han quedado grabadas en la memoria colectiva de la oreja nacional. Y tantos maestros como nuestro bendito Cacho Fontana, el de la perfección del acero, o la sabiduría enciclopédica de don Antonio Carrizo que hoy da cátedra en el cielo de las voces o ese socavón que me estremecía del negro Edgardo Suarez cuando decía: “Hola pariente”. Como envidio esos caños esos verdaderos ductos transformados en parlantes como los de “tero” Ricardo Martínez Puente o el legendario Pancho Ibañez, lo que daría por decir: “Alfajor leuquito… Ya probaste el chiquito, ahora proba el grandote”. O “Señor instalador”.
Son los militantes de la tanda, los que hablan desde las tripas con el tono sobrio cuando una noticia es una tragedia, son los maestros de ceremonia que conducen los programas y dicen lo que sienten y sienten lo que hacen. Nos aceleran el pulso cuando viene un último momento. Nos abren las ventanas con el tono luminoso cuando anuncian el ganador de un viaje, dos entradas para ver a Serrat, un campeonato, cualquier nacimiento.
Le hablan a nadie a través del micrófono y la hablan a todos. Multiplican las voces amigas. Andrea Montaldo que es locutora y amiga entre otras miles de cosas, del queridísmo Juan Alberto Badía que tanto extrañamos desde que nos clavaba sus flechas a toda la juventud y al que le hicimos un homenaje la semana pasada.
Conviví y aprendí durante 15 años con el más grande. Un tal Fernando Bravo que siempre está llegando de San Pedro y que hace 40 años que juega en primera creando los climas más emotivos que conozco. Fernando es orgullosamente locutor. Defiende el carné del ISER con uñas y dientes. Años de viajar en tren y de estudiar para lograr ese bendito título habilitante que logró con Julio Lagos de compañero de banco.
Son nuestros hermanos de la radio. Hoy quiero darles un abrazo a todos ellos. Sin ellos no hay radio. Y si no que lo diga desde el cielo ese Negro inmenso que me arrancó de la gráfica. Él decía que la radio es el teatro de la mente. Se llamaba Hugo Guerrero Martinheitz. Es como decir la radio que respira o el micrófono que late. Feliz día, compañeros. Gracias por todo. Y hasta la próxima tanda.

Sampaoli o Tabárez – 2 de julio 2018

Este lunes triste por donde se lo mire tiene a la neblina y al mundial como metáfora del país. No se ve con claridad hacia dónde vamos y el fútbol recibió una paliza lógica por la pobre actuación de sus jugadores y la desastrosa organización de sus dirigentes y cuerpo técnico. Frente a derrotas de esta magnitud, lo único que queda es buscar el camino de salida. Aprender, reflexionar sobre lo que nos pasó, para que no nos pase nunca más. Trataré de hacer mi aporte con la comparación de dos modelos de director técnico que son antagónicos. Son casi dos concepciones culturales absolutamente distintas. El día y la noche. Hablo del maestro Oscar Washington Tabárez y de Jorge Sampaoli, los conductores de Uruguay y Argentina, aunque en el caso de la selección albiceleste, “conductor” en una forma de decir. Deberíamos hablar de títere irresponsable del descontrol y el fracaso.
Tabárez pinta canas a los 71 años, camina con bastón producto de una neuropatía crónica que le afecta el sistema nervioso y todo el mundo le dice con respeto: Maestro. Entre otras cosas, porque fue docente de las escuelas primarias del Cerro, Paso de la Arena y La Teja. Este es uno de sus secretos. La actitud pedagógica, didáctica, la postura paternal, el cuidado de sus muchachos que aunque sean estrellas del fútbol mundial, necesitan contención y que alguien les marque el rumbo en la cancha y en la vida. El primero los lidera como hombres y recién después como futbolistas. Les enseña los valores de la humildad, del coraje y del sacrificio.
Tabárez recibió el respaldo de una Asociación Uruguaya de Fútbol razonable, honrada y con vocación de planificar a largo plazo un esquema riguroso. Creen en el trabajo y en la continuidad y saben que más temprano que tarde eso va a arrojar sus frutos. No están desesperados por el éxito inmediato. Por eso el maestro dirige a la celeste hace 12 años. Conoce a Luis Suárez, a Edison Cavani o al gran arquero Muslera desde que eran botijas en las selecciones juveniles. Conoce sus familias, sus problemas, sus luces y sus sombras. Estamos hablando de un paisito admirable y muy futbolero pero que apenas tiene tres millones y medio de habitantes.
Tabárez da clases de integridad, respeto y decencia. Desde los básicos buenos modales para dirigirse a los periodistas y a los hinchas, hasta esta idea de ir vestidos de traje para la ocasión de la fiesta más grande del fútbol mundial. Eso no les hace perder la identidad oriental del mate bajo el brazo y la charla cotidiana. Pero a la hora del desayuno, almuerzo y cena están prohibidos los teléfonos celulares. El maestro quiere que los jugadores hablen entre ellos. Que se conozcan, que se hagan amigos. Que estén conectados con los que forman un equipo. Hay reglas que respetar y todos las cumplen. No es que cualquiera hace lo que quiere.
Tabárez, igual que don Adolfo Pedernera, privilegia tener ciudadanos sanos, solidarios y competitivos por encima de los futbolistas mezquinos y celosos que solo piensan en su lucimiento personal y en la fortuna de sus contratos. Todo el tiempo trata de favorecer que los jugadores estudien y puedan comentar películas, libros o conciertos. Se fomenta su crecimiento cultural y no solo la práctica de tiros libres o la carrera en velocidad. Hay un tiempo para todo.
En cambio Sampaoli se enorgullece de su ignorancia. Declaró en un reportaje que: “Nunca fui estudioso. Ni en el colegio, ni en la facultad, ni en el curso de entrenador. Yo no puedo leer un libro; veo dos hojas y ya me aburro. Escribo tres cosas en un papel y me cansé. Me sale así. Es raro de explicar. Vivo en un lío todo el día. Me olvido de lo programado”. Ahora está todo más claro. Así nos fue en el mundial. Vivió en un lío todo el día y se olvidó lo programado”.
El maestro Tabárez con una rigurosa programación maneja todos los planteles del futbol uruguayo, desde los chicos, incluso los que todavía no tienen 15 años. Tabárez ideó un lugar llamado “Complejo Celeste” para generar sentido de herencia y de pertenencia. Para que sepan quienes fueron las viejas glorias a las que veneran y recuerdan con fotografías en los pasillos. Saben, que son los herederos de esos valientes deportistas campeones del mundo y que pronto llegarán los jóvenes que van a reemplazarlos a ellos. No es que el fútbol uruguayo empieza cuando los actuales llegan. Hay una historia y un futuro que valorar y construir. Hace un par de meses, el goleador de la selección argentina Gabriel Omar Batistuta, un muy buen tipo afuera de la cancha y un artillero letal en el área, paseó por el vestuario de los amigos de Lionel Messi y casi ni lo saludaron. No le dieron bola, para decirlo en criollo.
Son formas del comportamiento y le ética que hablan de lo que somos y de lo que nos falta. Son varios los técnicos argentinos que huyeron de un grupo de millonarios caprichosos que vivían enfrascados en sus telefonitos y las redes sociales perdiendo el tiempo entre chats, tuiters y páginas web no siempre convenientes.
Jorge Sampaoli prefiere pasarles un discurso de Perón que planificar un partido. Con sus tatuajes y su ropa de pende viejo se quiere parecer a ellos y ellos arman el equipo como quieren y no respetan lo que el técnico les dice. No tiene liderazgo sobre los jugadores. Es un perrito faldero de Messi. En la ética no es precisamente un buen ejemplo. Todos lo vimos borracho humillando a un policía que estaba cumpliendo con su tarea solo porque ganaba 100 pesos según él. La juega de revolucionario y valora a las personas por el dinero acumulado. Un verdadero trucho por donde se lo mire.
En el “Complejo Celeste” la parrilla de Tabárez siempre está lista para el asado de camaradería. Es el lugar donde el maestro avisa que irán al teatro o a un museo convencido de que las mejores personas siempre serán mejores futbolistas. Cuando el maestro Tabárez habla de cualquier tema fuera del fútbol se produce un silencio donde los jugadores demuestran su veneración por la palabra de su conductor. Hasta de plantas, ecología y botánica les habla el docente. Y los alumnos atienden y aprenden. No están mirando ninguna pantalla. Miran a su conductor y guía. Los jugadores más jóvenes les piden consejos de su vida privada, de sus problemas amorosos y hasta un consejo de dónde invertir sus ahorros. Ahora puso cursos de inglés en la concentración para que tengan la opción de aprender algo útil y no pasar todo el día jugando a la play. Ningún jugador uruguayo deja los platos sobre la mesa ni pone los pies sobre una silla. Siempre ayudan a los empleados.
Tabárez les pide que ellos mismos limpien sus botines, su herramienta de trabajo. Todo el tiempo les pide que mantengan la buena conducta y el ejemplo para los más chicos adentro y afuera de la cancha. Que respeten al árbitro y al rival. El maestro se entristece cuando un jugador es expulsado de la cancha. Es como si le sacaran una tarjeta roja a su alma. Cuentan los cronistas uruguayos las horas de charla que Tabárez le dedicó a Luis Suárez después que mordió a un adversario. Les pide que no los expulsen jamás. ni siquiera en sus clubes. No fomenta la ventajita, la presunta viveza criolla. Siempre les dice que en Europa pueden ganar fama y dinero. Pero que hay cosas que solo las pueden ganar en Uruguay y por eso les pide que se queden el mayor tiempo posible en la selección charrúa.
Tabárez es y fue muy exitoso. Como jugador y como técnico dirigió tres de los equipos más ganadores del mundo; Peñarol, Boca Juniors y el Milan.
Jorge Sampaoli actúa de progresista amante de Néstor y Cristina y del Indio Solari. Y Firmó una cláusula de rescisión de 20 millones de dólares. Un especulador financiero favorecido por una AFA vergonzosa que no tiene que poner el dinero de su bolsillo.
Está claro que Oscar Washington.
Tabárez en su maestro.
Está claro que Jorge Sampaoli en un payaso.
Son dos formas de ver la vida y el deporte. Dos modelos.
Así les va a los uruguayos y así nos va a nosotros.