Luther King x 50 – 3 de abril 2018

Mañana se cumplen 50 años de la muerte de Martin Luther King y sin embargo yo creo que no murió. No solo porque vive en el corazón del pueblo negro de todo el planeta. También porque jamás podría haber sido elegido un Presidente como Barack Obama en los Estados Unidos si Luther King no hubiera entregado su vida a la lucha contra todo tipo de discriminación.
Martin tenía un grave problema: era negro. Se dio cuenta enseguida, apenas comenzó a caminar las hostiles calles de Atlanta en Georgia. Martin era hijo y nieto de predicadores bautistas y eso, tal vez, lo ayudó a encontrar su camino para anunciarle al mundo que la discriminación y el odio racial eran de los pecados más grandes y más mortales. Porque muchos de sus hermanos negros eran asesinados cruelmente. Habían llegado como esclavos, y seguían siendo esclavos en los algodonales del sur.
Un día Martin en su seminario leyó un texto que fue como una iluminación. Se reveló ante sus ojos el pensamiento revolucionario y no violento del Mahatma Ghandi y enseguida salió al mundo a predicar a favor de la igualdad racial y social con un arma que creía imbatible: la palabra. Siguió la tradición de predicador de su padre y su abuelo pero salió de las iglesias y se desparramó por los barrios y los guetos de la marginalidad. Se convirtió en una suerte de Ghandi negro.
En poco tiempo Martin pasó a ser Martin Luther King, el rey de la resistencia activa y pacífica. Su figura imponente marchaba por las calles con pancartas de protesta. Se sentaba en las avenidas.
Un día, una costurera lo marcó para siempre. Era negra pero se llamaba Rosa, Rosa Park. Volvía de su trabajo con la espalda quebrada de tanto coser horas y horas y se quedó sentada en el colectivo. No le dio el asiento a un blanco como era obligación en Alabama y muchos otros estados hasta ese momento. Aunque usted no lo crea los negros no podían ir a las mismas escuelas o los mismos baños que los blancos. La idea de que los blancos eran superiores no solamente pudrió la cabeza podrida de Hitler. La Rosa negra, la costurera que dio el buen paso, Rosa Park se negó y por lo general cuando uno se niega a lo establecido desata una pequeña revolución. Porque le dice que no a la injusticia. Su cuerpo se quedó sentado pero su dignidad se puso de pié, erguida y desafiante. Cuestionó una orden, una reglamentación del tiempo de las cavernas.
La Rosa negra fue encarcelada por semejante desafío a la autoridad blanca. Y Martin Luther King y sus muchachos iniciaron un boicot feroz contra el transporte público hasta que un año después los soberbios fascistas se dieron por vencidos. El histórico capo autoritario del FBI, Edgard Hoovert persiguió a Martin por cielo y tierra. Lo acosó con fotos y pinchaduras de teléfonos. Martin fue detenido pero gracias a la intervención de John Fitzerald Kennedy fue liberado. Los nazis del Ku Klux Klan que hoy apoyan a Donald Trump pusieron una bomba en la casa de Martin. ¿Y el cómo reaccionó? Salió a poner la otra mejilla. Como un Jesucristo negro. El Ku Klux Klan, es la organización más repugnante y nefasta que propone la supremacía de la raza blanca. Trump los sedujo con las promesas xenófobas: La construcción del muro contra los mexicanos, la prohibición de ingreso a los musulmanes, la deportación de 11 millones de inmigrantes y tanto racismo multiplicado. El líder del partido Nazi Americano, Rocky Suhayda lo saludó para que no queden dudas: “Heil Donald Trump, el último salvador”. Una web fascista de Andrew Anglin le rogó que “hiciera nuevamente blanco a los Estados Unidos”.
Pero Martin que se agregó Luther en homenaje a Lutero, se recibió de mito en aquel agosto de 1963, una marea humana de más de 250 mil personas marcharon sobre Washington y el mundo se conmovió.
Aquel discurso es una pieza literaria memorable cargada del mejor de los combustibles llamado esperanza. Esa bandera hecha de palabras anunciadoras de los nuevos vientos dijo: “Yo aún tengo un sueño de raíces profundas. Todos los hombres han nacido iguales. Y sueño que un día, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, puedan sentarse juntos en la mesa de la fraternidad”. Aquel día, hace mas de medio siglo, un tal Barack Obama comenzaba a ser el primer presidente negro de los Estados Unidos. Martin mostró su sabiduría cuando dijo: “ Nadie se nos puede subir encima si no encorvamos la espalda”. Otra: “ Tendremos que arrepentirnos en esta generación, no tanto de la gente perversa, sino de los pasmosos silencios de la gente buena”. De hecho el racismo no terminó. La ultraderecha nunca dejó de acusar a Obama de no ser norteamericano y utilizaba caretas de mono para burlarse del presidente. La desocupación entre los afroamericanos es el doble que la de los blancos y en Europa está infectado de «Lepenes» musolinianos.
El presidente Lindon Johnson en 1963 accedió a las exigencias de Martin y proclamó la ley de derechos civiles. Lo invitó a ese acto por la igualdad de todos. Una de las calles principales del Harlem lleva su nombre aunque se cruza en todo el sentido de la palabra con Malcom X, otro líder negro pero con metodología violenta y combativa.
Luther King recibió el premio nobel de la paz. Pero Martin se recibió de martir en Memphis, Tenesse, un 4 de marzo de 1968. Iba a sumarse a una protesta de los basureros. Salió del hotel a las seis de la tarde y una maldita bala de fusil se le clavó en la yugular. Su asesino, un fanático segregacionista fue atrapado con un pasaporte falso cuando intentaba huir a Canada. Le dieron 99 años de cárcel.
Martin Luther King pasó a ser una leyenda con solo 39 años.Su vida dejó de ser pero sus ideas se quedaron a vivir para siempre y se derramaron por el planeta. El predicador predicó con el ejemplo. Paz, resistencia y palabras contra el odio, la discriminación y las armas.Martin se había dado cuenta al poco tiempo de nacer que tenía un grave problema: era negro. Aquella tarde negra fue asesinado por ser negro. Y el cielo se puso negro y las lágrimas también.
Cuando ganó Trump, hubo manifestaciones democráticas con banderas que decían “No nos moverán: para proteger el sueño de Martin y el legado de Obama”. Porque sospechan que el huracán reaccionario de Trump va a querer llevarse por delante todo los derechos y todos los avances.
No nos moverán es una propuesta firme.
No nos moverán. A 50 años del asesinato del Ghandi negro, no podemos permitir que vuelva la edad media.

El gran héroe de Malvinas – 2 de abril 2018

El máximo héroe entre los soldados de la guerra de Malvinas se llama Oscar Ismael Poltronieri. Dolorosamente, pienso que los argentinos en general y los jóvenes en particular, conocen la formación de casi todos sus equipos de fútbol de memoria pero, a Poltro no lo conocen. Es una asignatura pendiente que tenemos todos. Es un insulto a lo mejor y lo más trágico de nuestra historia. El país que no conoce y por lo tanto no reconoce a sus héroes tiene un agujero negro en su memoria y en su corazón colectivo.
El soldado Oscar Ismael Poltronieri tiene en su pecho muchísimas medallas y la condecoración más importante que otorga la patria: “La Cruz al heróico valor en combate”. Nadie tiene tantas distinciones como Poltro, como lo conocían los compañeros, a los que les salvó la vida y les permitió escapar, mientras mantuvo durante nueve horas alejado a todo un batallón inglés él solito, con una ametralladora pesada. Solamente lo pienso, lo digo y lo escribo y se me estremece el cuerpo. Hice la colimba, soy artillero y paracaidista y se lo que pesa una MAG: diez kilos. Eso cuanto está seca, recién lustrada y el que la porta está fresco y descansado.
Poltro saltaba de un pozo de zorro y de una piedra a la otra con su MAG como si fuera una escoba. En medio de la helada que fisura los huesos, absolutamente embarrado y hambriento, sin apoyo, con hambre y con lágrimas en los ojos. Es que su compañero de trinchera, el soldado Horisberger se había quedado para apoyarlo y abastecerlo de proyectiles y en un momento una bala maldita del enemigo le atravesó el casco y la cabeza. La sangre se mezcló con la tierra mezquina e irredenta de Malvinas. Estaban defendiendo el Monte Dos Hermanas para que su Regimiento pudiera llegar sano y salvo a destino.
Poltro miró a su querido compañero, apretó los dientes, se aferró al gatillo y al grito de “hijos de puta, lo mataron”, siguió disparando hasta que se quedó sin municiones. El soldado Horisberger no era cualquier compañero de colimba. Era el que le escribía las cartas a María Ester, la madre de Poltro que trabajaba limpiando casas ajenas y que tiene nueve hijos más. Es que Poltronieri, el soldado heróico no sabía ni sabe leer ni escribir.
Los ingleses no lo podían creer. Tiraban bombas desde los barcos, granadas con la infantería, las balas trazantes iluminaban la madrugada de terror, todo el mundo se escapaba del campo de batalla porque habían dado la orden de retirada pero un solo soldado, con coraje sin igual, estaba resistiendo a una de las tropas más entrenadas del mundo. Los tenía a raya. Disparaba una ráfaga y corría hacia otro hueco lleno de agua helada, sangre y orina y volvía a tirar. Los propios enemigos confesaron que pensaban que era un grupo grande de soldados comandos. Estaba solo Poltro y por eso recibió toda la admiración de las tropas inglesas también.
Se había quedado solo por su propia decisión. “Salga de acá mi Sargento, vaya con los soldados. Yo me quedo que no tengo hijos. Usted acaba de ser padre y su hijo lo va a necesitar”. Así convenció al Sargento Tito Echeverría. Es que Poltro no sabía ni sabe leer ni escribir pero conoce la verdad de la vida: la solidaridad, el compañerismo, el coraje, la sensibilidad. La gran periodista Gabriela Cocciffi, directora editorial de Infobae, que tanto tuvo que ver con la recuperación de la identidad de los soldados que estan enterrados en el cementerio de Darwin, dice que Poltro los mandó al carajo cuando sus superiores y sus compañeros intentaron convencerlo para que el también huyera:
– Hay que replegarse, Poltro, es una orden…
– Salgan de acá, yo los cubro. No se demoren más.
Había decidido dar la vida por la patria y por sus compañeros del regimiento de Mercedes. Había visto a muchos morir cruelmente. Uno de ellos vió volar su rodilla producto de un pedazo de explosivo que detonó a su lado. Le hicieron un torniquete entre varios pero igual murió desangrado. ¿Hay algo más terrible? Poltro jamás olvidará los gritos y los llantos de ese compañero. Por supuesto que pedía por su madre.
Sus compañeros adoraban a Poltro. No solo porque tenía los huevos del tamaño de la isla. También era el encargado de atrapar a las ovejas y carnearlas para que todos pudieran combatir el hambre, otro de los feroces enemigos. Poltro es hijo de un puestero que los abandonó. Pero en el campo de la estancia Santa Catalina aprendió de muy chico a ordeñar vacas, montar caballos y carnear corderos. Poltronieri no se pudo ni despedir de su madre cuando lo embarcaron hacia Malvinas como parte de la Tercera Sección de la Compañía B del RI 6 de Mercedes.
Cuando Poltro se quedó sin proyectiles, enterró la ametralladora como dice el manual, para que no la utilice el enemigo, y corrió con el último aliento que le quedaba. Se cayó diez veces. Y se levantó cien. Tuvo que esquivar la dinamita que no paraba de caer del cielo.
Cuando por fin llegó, extenuado, entró en una crisis de llanto. Vio lo que jamás hubiera querido ver. La bandera blanca de la rendición flameando sobre sus compañeros que habían sido tomados prisioneros. Nadie les había avisado. Tal vez no había como. Tenía una bronca imparable. El siguió combatiendo como tantos otros, cinco horas después de la rendición. Todos abrazaban a Poltronieri. Y le agradecían su arrojo. Gracias a su valentía incomparable habían podido sobrevivir.
Cuando llegaron de noche y en forma casi clandestina a Campo de Mayo, comenzó otra guerra para Poltro y todos los ex Combatientes. Los trataron como delincuentes. Los militares los escondieron y les prohibieron contar lo que habían visto y lo que habían padecido. Y la mayoría de los civiles también les dio la espalda. Poltro tuvo que empezar de la nada a pelear por su vida en las ciudades y entre la miseria. Vendía estampitas y calcos en los trenes con su uniforme verde oliva. Algunos hijos de puta le gritaban: “Loco de la guerra, anda a venderle estampitas a Galtieri”. No es casual que 649 argentinos hayan perdido su vida durante la guerra y que una cantidad similar haya perdido la vida durante la paz, en el suicidio ante la locura que producen la mezcla del terror bélico y la indiferencia social.
Como Poltro estuvo 9 horas frenando a pura balacera a los ingleses, los burócratas de la guerra, lo dieron por muerto. Y le avisaron a su madre. Cuando el soldado más condecorado llegó al sanatorio donde su madre estaba internada con un ataque de nervios y de desgarro por el anuncio, no lo dejaron entrar. Fue como intentar parar a un elefante. “Es mi vieja, carajo. Está mal porque cree que me mataron y yo estoy vivo. Si no me dejan entrar, rompo todo”.
Aquel abrazo en terapia intensiva fue descomunal. Los cuerpos, las caras, las manos, las lágrimas, todo entrelazado entre la madre y el hijo. María Ester se recuperó. Vio a su hijo vivo y ella volvió a la vida.
Una vez fue el genio de Juan Carlos Mareco que le hizo una nota en la tele y le consiguió trabajo. A esa altura, Poltro ya tenía esposa y cuatro hios que mantener. En un momento estuvo a punto de vender esas medallas que tanto orgullo le producían pero que no le habían servido para conseguir vivir con la dignidad de un oficio y un sueldo. Nadie quería ex combatientes.
Una noche de necesidades básicas insatisfechas, las imágenes de los fuegos estallando y las balas picando en el cuerpo de sus compañeros se transformaron en pesadilla. Sintió que estaba otra vez en aquel pozo helado y miserable tirando con su ametralladora. Pero los problemas seguían. Se puso una soga al cuello y cuando estaba a punto de ahorcarse, su hijo mayor le gritó y lo abrazó. Estuvo un largo tiempo tirado en el suelo, llorando de impotencia. ¿Cuál fue enemigo más invencible? A los ingleses les entraban las balas. A la mayoría de los argentinos, no.
Otro nota, pero en Clarín, hizo que el jefe de estado, Eduardo Duhalde lo recibiera. El presidente de Boca de entonces, Mauricio Macri lo invitó junto a su familia para que cumpliera su sueño: conocer la Bombonera. Fue uno de los días más felices de su vida, entre panchos, cocas y camisetas firmadas por los jugadores.
Hoy trabaja en Campo de Mayo, se filmó una película sobre su vida, una callecita y un monolito en una plaza de Mercedes llevan su nombre, la revista Gente lo llevó a Europa donde se encontró con otro ex combatiente inglés, que de viejo enemigo pasó a ser casi si hermano de la vida.
Alejandro Lerner logró hablar por todos nosotros cuando escribió: “La isla de la buena memoria”. Nos hizo comprender mejor que no hay guerra que se gane, que las guerras se pierden todas: “Madre, me voy a la isla, no se contra quién pelear; tal vez luche o me resista, o tal vez me muera allá./Qué haré con el uniforme cuando empiece a pelear,/con el casco y con las botas, ni siquiera sé marchar”.
Lo último que Poltro hizo por sus viejos camaradas de Malvinas, lo hizo arrodillado ante la virgen y las cruces de las tumbas: le pidió que nadie olvide nunca más a los que quedaron en las Islas. Y a todas las madres de los soldaditos caídos en Malvinas, Poltronieri les dice Mami. Fue una promesa. Quiere que todas ellas lo consideren un hijo. El más condecorado. El más valiente. El héroe de Malvinas.

Un Nobel con tonada – 30 de marzo 2018

Ayer le conté la maravillosa historia de Juan Martín Maldacena que está a un paso del Premio Nóbel y que vivía a la vuelta de mi casa en Caballito. Y le prometí que hoy le tocaba el turno a Gabriela González, que nació en mi querida provincia de Córdoba. Tal vez si nos miramos en estos espejos podamos pegar el salto que Argentina necesita para ser un país sin pobreza, con igualdad de oportunidades y la más amplia libertad democrática.
Me escribió un mail, con una gran humildad Pedro Arnaldo González Bofil, el padre de Gabriela. Me cuenta que ella ingresará oficialmente en la Academia de Ciencias de los Estados Unidos en abril y que le pidieron que hable en nombre de los físicos que intervinieron en la detección de las Ondas Gravitacionales.
Gabriela estuvo invitada al cumpleaños número 75 de Stephen Hawking quien le regaló su último libro dedicado y con una felicitación por su tarea. Gabriela fue junto a su esposo, Jorge Pullín quien también es un destacado físico argentino.
Ayer Maldacena y hoy Gabriela, relacionados con el Nobel e interactuando hasta hace poco con Stephen Hawking y reconocidos por él.
Hace 5 meses yo le decía que
Los argentinos en general y los cordobeses en particular tenemos que celebrar el premio Nobel porque una parte nos pertenece. Ya sé que la Academia Sueca de la Ciencia premió a tres, un alemán llamado Reiner Weiss y dos norteamericanos. Pero tanto en las declaraciones de los galardonados como en los fundamentos de la distinción se destaca que el rol decisivo que jugó el equipo de más de mil investigadores de todo el mundo liderados por nuestra Gabriela González. Por eso digo que una parte, una porción del Nobel tiene la camiseta celeste y blanca y la tonada cordobesa.
El premio más prestigioso del mundo fue por haber comprobado la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein. Nada menos. Hace 102 años que Einstein describió las ondas gravitacionales y recién en el 2015, se pudo confirmar su existencia. Fue cuando el Observatorio de Interferometría Láser de Ondas gravitacionales, conocido como LIGO captó la huella de fusión de dos agujeros negros.
Como tantas Gabrielas y tantos González que siembran nuestra patria, la noticia en su momento fue que la revista Nature, una de las más prestigiosas del mundo, la incluyó liderando una lista de las diez personalidades científicas más destacadas e influyentes del planeta. ¿Qué me cuenta?
Gabriela vivó su niñez en un barrio de trabajadores. Supo entrenar su esfuerzo y sacrificio en el colegio Luterano Concordia y terminó el secundario en la escuela Sarmiento del glorioso barrio de San Vicente. Pedro, su padre contador público y Dora, su madre profesora de matemáticas, supieron transmitirle el amor por los números, las ciencias duras y la apuesta a la movilidad social ascendente producto de su propio sudor y capacidad.
Gabriela tiene apenas unos años más que Maldacena y hoy lidera un proyecto que confirmó la última predicción de Albert Einstein. Por esto se entregó el premio Nobel de Física. ¿Escuchó bien? No se desespere. Ahora voy a tratar de explicarle que es eso de las ondas gravitacionales. Pero quiero destacar que aquella nenita que sufría cuando perdía Belgrano porque veía sufrir a su viejo, hoy conduce un experimento que nuclea a 1.500 de los científicos más destacados del mundo que pertenecen a 15 países. Ella fue, en su inglés con tonada, la que comunicó al planeta uno de los descubrimientos más importantes de nuestro tiempo, solo comparable con la determinación de la estructura del ADN. El director del Instituto Max Planck de Alemania y uno de los más prestigiosos de la tierra, le dijo a la BBC que el descubrimiento del grupo que encabeza Gabriela, merecía el premio Nóbel. Y un año después, eso se confirmó. Se hizo realidad.
Pero esto no termina acá.
Stephen Hawking, el genio experto en agujeros negros, dijo que se encontró “una nueva ventana para mirar el universo que va a revolucionar la astronomía”. Me da ganas de decirle a Gabriela: “Pinta tu aldea y serás universal”. ¿Sabrán estos talentos donde queda el barrio Los Plátanos y la cancha de Belgrano? Registrarán la identidad de los que contamos chistes, tomamos ferné y bailamos cuartetazos cómo nadie?
Gabriela hoy está en la cumbre de la ciencia porque le puso coraje y creatividad a sus sueños de revelar los misterios del cosmos. Cuando Pedro escuchó de boca de su hija que iba a estudiar en la Facultad de Matemática, Astronomía y Física de la Universidad Nacional de Córdoba, la felicitó porque siempre fue un lugar de excelencia pero para sus adentros pensó:” pobre Gabriela va a terminar siendo profesora toda la vida”. Pero por suerte, Pedro se equivocó. En un curso sobre gravedad, Gabriela conoció el universo del amor y las buenas ondas. Se casó con otro talento mediterráneo llamado Jorge Pullín y mirando el cielo, como hacen los enamorados, resolvieron irse a los Estados Unidos a seguir potenciando sus cerebros privilegiados. No fue fácil. Porque nunca es fácil trepar la montaña más alta. Consiguieron trabajo en dos universidades que estaban a 10 horas de distancia. De lunes a viernes vivieron separados durante 6 años. Se juntaban en algún seminario y los fines de semana dormían juntos en una casa rodante que quedaba a mitad de camino. Ella estaba en Instituto Tecnológico de Massachussets y el, en Pensilvania. Después recorrieron varias de las mejores universidades. Hoy lograron el sueño de trabajar en los mismos laboratorios y claustros de la universidad de Louisiana. Pasaron momentos terribles. Jorge tuvo que enfrentar a un maldito cáncer que no les permitió tener hijos. Por suerte lo derrotó con una energía tan grande que pudo cumplir su promesa de correr 50 maratones en los 50 estados del país en el que viven.
Tal vez por eso Gabriela ama tanto a sus sobrinos, a los hijos de su hermano Javier. Viven en Mendiolaza donde sin telescopio puede observarse el otoño más bello del mundo. Todo muy austero y familiar. Como siempre en la familia González. Jorge y Gabriela hicieron la fiesta de casamiento en la sencilla casita de Los Plátanos. Y se fueron de luna de miel en moto a Vaquerías porque tenían descuento para los universitarios. En la casa de los González nunca faltó ni sobró nada. Pero hay abundancia de dignidad, solidaridad y admiración por aquellos que dedican la vida a construir su destino, como Gabriela. Arrancó de muy abajo y llegó muy arriba. Nadie le regaló nada. Todo se lo ganó a pulmón. Cuando en la conferencia de prensa repleta de científicos y periodistas de todo el mundo, en Washington, Gabriela informó la gran noticia, a los cordobeses se nos alegró el alma. Era una de nosotros la que estaba ahí. Anunciaron que después de un siglo, se había certificado la última predicción de la Teoría de la Relatividad General de Albert Einstein: que existen las ondas gravitacionales. Cuando los objetos se mueven en el universo producen ondulaciones en el espacio-tiempo que se propagan por el espacio. Esas ondas se llaman gravitacionales. Y el equipo de científicos pudo registrarla gracias a uno de los aparatos más sensibles creados por el hombre. Se llama Interferómetro y consta de un rayo láser que viaja 4 kilómetros en dos direcciones y luego rebota en un espejo para volver al punto de origen. Puede detectar una diferencia del tamaño de un protón que compone el núcleo de un átomo y se pueden registrar ondas que están a 200 millones de años luz. Parece un cuento de Jorge Luis Borges. Cargado de futurismo y espejos. De poesía de la ciencia. De hecho, dicen que el descubrimiento de Gabriela González y sus 1.500 científicos muestra las costuras del universo que se estiran y se comprimen. Si Einstein se levantara de la tumba sería muy feliz porque 100 años antes pudo ver lo que solo la ciencia más avanzada recién puede ver ahora. Eso ocupa la parte más racional y a su vez emocional del ser humano. Ciencia que conmueve y emociona. Dicen que han podido escuchar el Eco del Universo. Y que Gabriela todas las noches en Estados Unidos escucha un eco de las sierras de Córdoba que le dice gracias. Gracias en nombre de los que soñamos con el progreso de los países y de los ciudadanos con la ayuda del estado pero básicamente con el esfuerzo individual. Nadie puede ayudar al que no se deja ayudar. Gracias Gabriela González, en nombre de todos los habitantes del planeta y también en nombre de los que todavía viven en Los Plátanos. Gracias por este cachito de Premio Nobel con olor a peperina para orgullo de Argentina.