Le confieso que sigo intoxicado de ver a tantos corruptos que todavía no están presos y a otros que recuperaron su libertad. A veces nos invade una sensación de impotencia que nos lleva a pensar que todo está perdido y que este país no tiene solución. O que todos los argentinos somos iguales. Y yo estoy convencido que no es así. Que la inmensa mayoría somos gente buena, trabajadora, inteligente, honesta y solidaria. Y que hay algunos que son unos genios que no terminamos de admirar como debemos. Está muy bien que nos llene de orgullo Lionel Messi y sus gambetas mágicas. Pero también tenemos que emocionarnos y convertir en ídolos o ejemplos a seguir, a los Messi de la ciencia. En su momento ya le hablé de Gabriel Rabinovich. Pero quiero convertir este jueves y viernes santos en una apuesta a la esperanza. Alguna vez ya les hablé de ellos, pero quiero darle grandes novedades de estos genios que nos prestigian en el mundo. Hoy le toca a Juan Maldacena que vivía a la vuelta de mi casa, en Caballito y mañana de Gabriela González, que nació en mi querida provincia de Córdoba. Lo hago como una suerte de apuesta a la autoayuda. Para levantarnos el ánimo y no permitir que nos ganen los Lázaros, ni los Cristóbal ni las Cristinas.
Juan Martín Maldacena acaba de ser distinguido con la “Medalla Lorentz” que otorga la Academia Real de Artes y Ciencias de los Países Bajos. Todo el mundo dice que es la antesala del premio Nóbel. Y aportan un argumento numérico: de los 21 científicos que recibieron esa medalla, luego 11 llegaron al Nobel.
Maldacena es un gigante de las neuronas y la materia gris. Lo vengo siguiendo desde junio de 1999. Hace 19 años escribí la primera columna sobre Maldacena jugando con el título de “El Einstein de Caballito”. Medio en broma y medio en serio yo decía que el nuevo Albert Einstein vivía a la vuelta de mi casa.
Usted va a pensar que estoy loco, que se me disparó un chip. Pero le estoy diciendo la verdad y nada más que la verdad. Es más, se lo repito por si no lo escuchó: el nuevo Einstein vivía a la vuelta de mi casa.
¿No me cree? ¿Quiere que le dé más datos? Maldacena tiene casi 50 años. Nació en Caballito y supo estar en la tapa de varios diarios del mundo porque ganó el Yuri Milner que es un premio a la física fundamental que consta de tres millones de dólares. ¿Escuchó bien? Tres millones de dólares. Le doy un dato para comparar. El premio Nóbel otorga apenas un millón doscientos mil dólares. Otro dato emocionante: gran parte de ese premio se convirtió en una generosa donación para el Instituto Balseiro, a donde vuelve siempre para formar estudiantes. Pero esto no es todo. A los 30 años, Juan, recibió en Budapest uno de los mayores reconocimientos que existen en el campo de la ciencia y fue tapa del New York Times. ¿Qué me cuenta? Podríamos hacer una película titulada: “Juan, de Caballito a Budapest”. O mejor dicho, a Harvard, porque allí en Harvard, en la cumbre de la excelencia educativa está trabajando este ex vecino del barrio de Caballito. Es el profesor vitalicio más joven de la historia de Harvard.
Permítame que le cuente esta historia luminosa que nos debería hacer inflar el pecho de orgullo a los argentinos. Es una forma de superar tanta irracionalidad y odio que a veces siembra la realidad cotidiana. Una manera de equilibrar tanta mala nueva. Le hablo de Juan Martín Maldacena a quien deberíamos subir al podio más alto y otorgarle una medalla de oro gigante. Maldacena es el creador de una teoría revolucionaria que lo convirtió en el niño mimado de la física moderna y en uno de los científicos más populares del planeta. Muchas publicaciones científicas se preguntan si no estamos ante la presencia de un nuevo Albert Einstein. Es que precisamente, su gran descubrimiento tiene que ver con ese emblema universal del conocimiento. Juan formuló una nueva teoría que explica mejor como está formado y cómo funciona el universo. Una pavadita, ¿no?. Repito: como está formado y cómo funciona el universo. Y yo muchas veces no puedo programar el control remoto de la tele. Esa teoría fue bautizada “La conjetura de Maldacena” y logró unificar teorías que parecían irreconciliables: la teoría de la relatividad de Einstein y la de la mecánica cuántica. Por eso le digo que el nuevo Einstein nació a la vuelta de mi casa en Caballito. Y porque es profesor en la Escuela de Ciencias Naturales del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, el mismo en el que trabajó y murió Einstein.
Hasta los 15 años vivió en Avenida La Plata y Guayaquil. Juan es producto de la movilidad social ascendente de una típica familia de clase media que pudo enviar a su hijo a la universidad. Luis y Carmen, los padres de Juan le pudieron dar educación superior también a sus otras dos hijas. De aquel sueño de “Mi hijo el doctor” de Florencio Sánchez a esa utopía del progreso que es que nuestros hijos sean mejores y más felices que nosotros. Juan estudió dos años en Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. Y después en nuestra meca científica del Instituto Balseiro de Bariloche. Insisto con esta propuesta: creo que historias como esta merecen ser contadas porque nos ayudan a levantar el ánimo entre tanta basura de inseguridad y mega corrupción con impunidad. Es como una forma de decir que podemos. Si alguna vez pudimos, podemos. Como dice el lema de la maravillosa expedición argentina de Atlantis: “Que el hombre sepa que el hombre puede”.
Es emocionante recordar cuando recibió el premio “Javed Husain”, en Hungría ante 2.000 científicos, uno más bocho que el otro. Tenía 30 años. Y los más grandes centros científicos del mundo lo querían fichar en su plantel. Solo basta con decir ese apellido y entre los más grandes intelectuales saben que se está hablando de Argentina. La CNN y la revista Time apostaron a él como futuro líder. ¿Y cuando dio vuelta olímpica? Se lo trato de explicar con palabras sencillas tal como lo entendí yo que soy un humilde e ignorante mortal. Mi ex vecino de Caballito relacionó y unificó la “Teoría de la Relatividad” que describe el funcionamiento de objetos tan grandes como estrellas, galaxias o el propio universo con la teoría de la mecánica cuántica que analiza el comportamiento de los mundos infinitesimales como los electrones o los Quarks. Hasta ahí llego y no sigo porque me estalla el cerebro.
Juan es católico practicante y fue condecorado por Juan Pablo II igual que el recientemente fallecido Steven Hawking, con el que también trabajó y hace años ingresó como miembro a la Academia Pontificia de Ciencias.
Vive entre complejas ecuaciones, moléculas, el cosmos y los agujeros negros. Trabaja en un espacio con 5 dimensiones que se llama hiperbólico. Anota todo en papel y lápiz y la computadora la deja solo para contestar mails y navegar por internet. Pero Juan extraña las montañas de Bariloche que solía escalar, y nuestra música folcklórica, con guitarra y bombo. Con sus neuronas Juan supo generar cosas insólitas. En una convención muy importante de estas mentes superiores, uno de la universidad de Chicago, cambió la letra de “Macarena” por “Maldacena”. ¿Se acuerda? “Dale alegría a tu cuerpo Maldacena” y todos se sumaron al coro de la canción más popular de la historia contemporánea en los Estados Unidos y que fue la base de la campaña electoral de Bill Clinton. Dale alegría a tu teoría Maldacena, cantaban los muchachos. Dale alegría a la Argentina, Maldacena, podríamos cantar nosotros en estos tiempos de cólera.
Aunque algún descreído diga: que va a cantar bien Maldacena si vive a la vuelta de casa. Es un Einstein celeste y blanco.
Gracias a la vida – 28 de marzo 2018
Desde anoche no paran de llegarme mensajes pidiendo que repita la editorial de Los Leuco. Mucha gente la vió y la comentó en las redes y mucha gente se la perdió. Para ellos, entonces.
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Gracias a la vida.
Por aquel 16 de octubre, el más feliz de todos los días. Silvana pujaba y yo empujaba aferrado a su espalda hasta que parió al changuito. Lloramos como nunca porque había nacido un hijo y en mí había aflorado un desconocido yacimiento de amor inagotable, absolutamente incomparable con otros amores.
Gracias a la vida.
Porque lo llamamos Diego y pasé a ser padre además de hijo. No existe mejor etapa que esa. Cuando uno empieza a cuidar a su viejo porque ya está grande y cuando cuida a su hijo porque es demasiado chico. Es el eslabón de una cadena poderosa que no se rompe hasta que la muerte los separe. Tengo muchísimas fotos de los tres juntos. Las tres generaciones de Leucos. Nada me hace tan feliz.
Gracias a la vida.
Porque me dejé ganar al ping pong para entusiasmar a Diego hasta que un día sentí que él se dejaba ganar para no humillarme. El tiempo pasa. Nos vamos poniendo viejos. Por tantas bomboneras compartidas de abrazos de gol y de llanto. De vueltas olímpicas y fracasos. De centros del mellizo y goles de Palermo hasta que un día el titán le dijo: “Hola Dieguito, feliz cumpleaños y saludos a tu viejo”.
Gracias a la vida
que Diego se hizo mago, cocinero, actor y tantas cosas para terminar siendo periodista. Por haber empezado en la gráfica donde se pueden investigar y razonar las noticias. Porque nunca dijo “soy el hijo de” aunque algunos pobres tipos le pasen esa factura. Jamás en mi vida hablé con nadie para que Diego consiguiera un trabajo. Siempre se los ganó solito. Apenas le dí un par de consejos. Que fuera curioso, valiente, honesto para buscar la verdad y que respetara el anonimato de las fuentes. Y una frase que me dio la experiencia: no conozco un solo editor que descarte a un buen periodista. Si te formas, si estudias, si te rompes el lomo trabajando y sos un buen compañero, todas las redacciones te van a dar la bienvenida.
Gracias a la vida.
Porque un día lo llamaron para reemplazar a Jorge Lanata que era su ídolo. Está la foto del Martín Fierro cuando Diego me pidió que nos sentáramos al lado de Jorge. Era su ídolo de chico. Y como suele ocurrir en el fútbol había pasado a jugar en la primera de radio Mitre al lado de quien admiraba. En el 2015, hicimos el pase juntos y el se convirtió en el conductor más joven de la historia de la emisora. Dormía la siesta en mi casa y comía las milanesas que yo había dejado para la noche. Un día se lo reproché en broma, jugando como tantas veces y durante meses, la gente en la calle le decía: “Changuito, no le comas las milanesas a tu viejo”.
Gracias a la vida que empezó como productor de Fernando Bravo y fue aprendiendo el arte de la conducción. No es lo mismo ser periodista que conductor. No es lo mismo buscar y comentar noticias que hacer circular la voz con ritmo, gracia y astucia. Y Diego juega en los dos puestos.
Gracias a la vida porque un día Carlitos D’Elía me dijo: ¿Vos tendrías problemas en hacer un programa con tu hijo? Se podría llamar Los Leuco y yo saltaba de alegría. Lo tomé como una bendición de la vida. Pensé, autocomplaciente, algo habré hecho bien para que la vida me haga este regalo. Muy pocas cosas me hicieron tan felices como trabajar con mi hijo en la tele. Intercambiar ideas, elegir los invitados, ver bien de cerca su crecimiento y empezar a consultarlo en todos los aspectos.
Gracias a la vida por ese quiebre. Hay un instante, una chispa de tiempo, en donde nuestro hijo deja de consultarnos todo y nosotros pasamos a consultarlo a ellos. A escuchar sus ideas novedosas. A descubrir cómo se maneja el IPad o se baja una aplicación en el celular y finalmente, valorar su criterio periodístico y su información propia. ¿Cuándo fue que pasó esto? ¿Cuándo los jueces y los fiscales empezaron a mandarme saludos por su intermedio?
Gracias a la vida porque un día en la calle me dejaron de decir “Dale Leuco, no aflojés, seguí pegandolé a estos chorros” y pasaron a decirme “Saludos al changuito”. O lo felicito por su hijo. Reventé varios chalecos inflados de orgullo. Varios baberos tuve que utilizar.
Gracias a la vida porque Los Leuco fue un éxito por donde se lo mire. Porque fue durante toda su existencia uno de los programas más vistos de la televisión por cable. Por los Martin Fierro, por los premios Tato, por el libro que escribimos juntos y porque todo eso nos unió más todavía como si estuviéramos tatuados por el mismo artista.
Gracias a la vida por lo que dos inmensos talentos dijeron de nosotros. Jorge Fernández Díaz, mi hermano de la vida, dijo que mi casa fue una facultad de periodismo para Diego que lo admira y lo siente su padrino periodístico. Jorge nos quiere tanto que dijo que demostramos que la paternidad puede ser una de las bellas artes.
Santiago Kovadloff nos honró diciendo que Diego entendió que significa heredar. Heredar es transformar lo recibido mediante los propios recursos creadores.
Gracias a la vida porque cuando yo estaba en terapia intensiva y casi me muero un par de veces, él estaba al lado de mi cama y me dijo que sintió que me iba y que él se iba conmigo. Mientras tanto empujaba a los médicos y enfermeras de la guardia para que me atendieran.
Gracias a la vida porque el vivió de cerca como el kirchnerismo me atacó y me persiguió por todos lados y sin embargo no se acobardó. Al contrario, una vez dijo que se hizo periodista para que estos muchachos supieran que ahora había dos Leucos y no solo uno. Y que se defendían espalda contra espalda y con el cuchillo entre los dientes.
Gracias a la vida porque una vez Federico Andahasi me dijo que los hijos vienen a esta vida a enseñarnos. Y Tato Young me dijo que ser padre es tener miedo para siempre. Pude comprobar ambas verdades. Lucho todos los días para que mis miedos no le ganen a la libertad que siempre le dí, aunque ahora será más libre que nunca. Me casé con la madre de Diego con un tema de Sting que dice: “Si la amas, dejala ir”, En este caso el consejo sirve para los hijos. “Si lo amas, déjalo ir”. Y yo lo amo profundamente. Ya la vida pegará la vuelta y si tengo suerte y me capacito, a lo mejor el me podrá tomar como su productor.
Gracias a la vida porque Diego me acompañó a Bolivia a cubrir las elecciones cuando ganó Evo y a Estados Unidos cuando Obama se convirtió en el primer presidente negro. Juntos aprendimos que las manos limpias y la frente alta es la mejor herencia que me deja mi viejo y la mejor que yo le puedo dejar a él. Jamás hay que ser obsecuente ni soberbio. No arrodillarse ante nadie pero tampoco hacer arrodillar a nadie. Ni esclavo ni esclavista. Dignidad y respeto.
Gracias a la vida por estos tres años de Los Leuco, por los 173 programas que hicimos con la misma pasión. Porque comprobamos que muchos padres nos agradecían poder ver el programa con sus hijos o que ahora trabajaban juntos cuando antes no podían. Jamás nos imaginamos que esa relación de padre e hijo iba a producir tanta empatía entre los auditores y los televidentes. Está claro que hay una demanda de vínculos fuertes, desinteresados, cargados de afecto.
Gracias a la vida porque nada más le puedo pedir. Le digo cuídate changuito que es lo que todos los padres le dicen a sus hijos. Y todos los hijos después terminan cuidado a sus padres. Es la ley de la vida. Me siento un privilegiado. Alguien me bendijo y me mandó a Diego. El me ilumina la vida. Y con eso me alcanza y me sobra.
Los derechos torcidos – 27 de marzo 2018
Es impresionante la capacidad que tienen los cristinistas de vender humo y de engañarse a sí mismos. El fanatismo los lleva a premiar por su trayectoria en la defensa de los derechos humanos a dirigentes que en muchos casos jugaron un rol nefasto en este tema. Ayer, los gremios estatales K le dieron galardones a figurones K que fueron entregados por diputados K. Todo queda en casa. Y ojo que no estoy generalizando. Si le dieran un premio por su aporte a los derechos humanos a Jorge Taiana, por ejemplo, me parecería coherente y merecido. Porque fue un preso de la dictadura y siempre tuvo una postura digna y de exigencia de verdad y justicia permanente.
Pero no. Parece que el hecho de ser adorador de la reina Cristina, es como atravesar un río Jordán que limpia sus prontuarios y agachadas y los transforma en héroes pese a que se hayan comportado como cobardes o directamente colaboracionistas del terrorismo de estado.
Esto es lo que asombra. Darle un premio a su aporte a los derechos humanos a Eugenio Zaffaroni, Carlos Zannini, Amado Boudou o Víctor Hugo Morales es como celebrar la honradez del gordo Valor o de Lázaro Báez. El verticalismo y la inflamación de la ideología los lleva a perder las dimensiones. Voy a tratar de recordar algunos acontecimientos vinculados a estos premiados para demostrar que si algo no merecen, es ser reconocidos por ese tema.
Vamos por partes.
Eugenio Raúl Zaffaroni.
Le digo con toda franqueza: no me sorprende el golpismo de Zaffaroni. Con su cara dura como la piedra, confesó que quiere que el gobierno de Macri se vaya lo antes posible y vaticinó que “vienen tiempos de violencia extrema”.
Yo le digo que no me sorprende su golpismo porque el que ya lo hizo una vez, lo puede hacer de nuevo.
El presuntamente prestigioso doctor Zaffaroni, ex integrante de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, ya tuvo relaciones carnales con dos dictaduras y jamás se le escuchó una sola crítica a su compañero de militancia cristinista, el general Cesar Milani que hoy está preso por violaciones a los derechos humanos durante el terrorismo de estado de Videla y su banda y por enriquecimiento ilícito.
Zaffaroni fue juez y juró por los estatutos de dos dictaduras a falta de una y una de ellas fue el más feroz genocidio perpetrado por Videla y sus cómplices. Durante el terrorismo de estado no le dio lugar a ninguno de los 120 habeas corpus sobre detenidos desaparecidos que pasaron por su despacho y, por el contrario, redactó un manual militar en el que justificaba los golpe de estado y en el que discriminaba a los homosexuales para que no fueran parte del Ejército. ¿Los que premian a Zaffaroni no se acuerdan que las Madres de Plaza de Mayo encabezadas por Hebe de Bonafini hace un tiempo lo definieron como «juez de la patria» porque milita para el kirchnerismo pero antes lo habían incluido en una lista de 437 jueces que colaboraron con la dictadura militar. Se puede ir a Google y certificar que esto que le cuento es absolutamente cierto.
¿Merece Zaffaroni con estas verdades un reconocimiento a su trayectoria en defensa de los derechos humanos?
Carlos Alberto Zannini.
Estuvo detenido en Córdoba durante la dictadura y su comportamiento fue correcto. Pero después, exiliado en Santa Cruz, se sumó a la actitud de Néstor y Cristina que jamás levantaron un dedo ni hicieron un acto por los desaparecidos bien entrada la democracia y cuando ya estaban en altos cargos en el poder provincial. Los tres son abogados y ninguno presentó un mísero habeas corpus por sus compañeros presos o desaparecidos. Es más, los verdaderos defensores de los derechos humanos de Santa Cruz, la comisión de familiares, entre otros, cuentan que Néstor no quería ni prestar un local o un club para que Hebe de Bonafini hiciera un acto. No querían irritar a los militares que vivían en esa provincia y boicotearon la posibilidad de leer un texto democrático en las escuelas todos los 24 de marzo. Es decir que Zannini desde que se sumó al kirchnersmo, cero en derechos humanos. O menos diez porque le ponían trabas a los que sí fueron luchadores.
¿Merece Zannini con estas verdades un reconocimiento a su trayectoria en defensa de los derechos humanos?
Amado Boudou.
Desde muy joven y durante la dictadura fue militante del neoliberalismo de Alvaro Alsogaray y compañía que fue sostén económico de la dictadura. En realidad fue cómplice de los civiles que violaron los derechos humanos. Hasta en el plano personal quiso engañar a su ex esposa y no darle la parte que le correspondía de un auto cuando se divorciaron. Un gesto delictivo de machismo auténtico que el ala K de Ni una menos no condena ni registra. Boudou se bajó de la Harley Davidson y de los viajes a esquiar a Aspen y de su confeso amor por los Estados Unidos y se calzó la camiseta del Che Guevara, la barba desprolija, una boina y ayer dijo en su discurso de agradecimiento que el gobierno de Macri nos hace “cada día menos patria y más colonia”. Más chanta imposible. Encima corrupto de alta gama.
¿Merece Boudou, con estas verdades, un reconocimiento a su trayectoria en defensa de los derechos humanos?
Víctor Hugo Morales.
En mi libro “Juicio y Castigo”, hay una columna que sintetiza muchas columnas que se titula: “Los relatos inmorales de Víctor Hugo Morales”. Durante mucho tiempo cerré este programa con una sección que tuvo mucho éxito entre los oyentes donde todos los días alguien se tragaba el sapo porque había dicho o hecho algo en contra de la democracia. Era un juego irónico entre la presidenta Cristina que preguntaba “¿quién se traga el sapo hoy? y Víctor Hugo que, resignado, decía que algún sapo hay que tragarse”.
Muchas veces me pregunté si no era una injusticia de mi parte, una exageración en mi crítica al uruguayo. Y siempre apareció en mi conciencia la misma respuesta: es la forma que encontré de ridiculizar editorialmente a quien prostituyó el periodismo, el oficio que tanto amo. Uno de los balances que hago de la etapa kirchnerista es que intentaron borrar de la faz de la tierra a los periodistas independientes. Es cierto que finalmente no lo lograron. De lo contrario, hoy seríamos una prolongación del chavismo. No lo lograron, pero estuvieron cerca y entre otros instrumentos los Kirchner utilizaron a muchos colegas que por convicción o por dinero se prestaron a atacar a los periodistas que no nos arrodillamos ante el altar de Cristina y de su pauta publicitaria ni nos dejamos domesticar por su látigo implacable.
Siempre dijo una cosa e hizo otra. La hipocresía está en el ADN de Víctor Hugo. Con el tema de la dictadura batió todos los records. En Uruguay jugaba al fútbol y cantaba tangos en los cuarteles donde tenían alojados a los presos políticos y en Argentina tuvo que pedirle perdón por carta a Estela Carlotto por haber expresado sus simpatías por Videla y compañía. Sin embargo ahora levanta el dedito acusador.
En eso tiene muchas similitudes con Cristina. Ambos se hicieron millonarios y no levantaron un dedo durante el terrorismo de estado.
Víctor Hugo, fue el relator del relato, el defensor mediático de todos los corruptos más corruptos, empezando por Amado Boudou y Ricardo Jaime y terminando por Lázaro Báez y su amada Cristina. Es el símbolo del periodismo de estado. Es la bandera de los que quisieron instalar un régimen autoritario con discurso único.
¿Merece Víctor Hugo, con estas verdades, un reconocimiento a su trayectoria en defensa de los derechos humanos?
No se puede engañar durante tanto tiempo a tanta gente. No se puede darle el premio Nóbel de la Paz a Stalin ni a Hitler. No se puede darle un premio a la ética de los negocios a Lázaro y Cristóbal. No se puede. Salvo que cada uno vea lo que quiera ver. Que los muchachos se den manija y se agiten entre ellos. Una especie a masturbación ideológica que lleva a que los derechos sean torcidos y no humanos.