Periodismo vs mentiras – 12 de febrero 2018

No soy quien para dar consejos. Pero creo que sería muy útil que en los colegios, en las clases de educación cívica, dieran la película “The Post” de ese genio de la narración llamado Steven Spielberg. Es la historia apasionante del periodismo en su búsqueda de la verdad y en su guerra a las mentiras. En definitiva, es la confirmación de que no existe sociedad democrática posible sin la más amplia de las libertades. Este cine que siembra valores republicanos sin perder el entretenimiento como todo lo que pinta su aldea, es universal. En todos los países del mundo, en algún momento de su historia, hay periodistas valientes que tratan de publicar lo que los gobiernos quieren ocultar. De hecho una definición, pero solo una, de periodista es aquel que revela lo que el estado no quiere revelar.
Le recuerdo el caso que terminó con la consagración del The Washington Post y la herida de muerte política que recibió el presidente de Estados Unidos de entonces Richard Nixon. Trato de resumir el caso al máximo. Había un informe ultra secreto del Pentagono de 7.000 páginas sobre el desastre que Estados Unidos había hecho y seguía haciendo en Vietnam. Desde Eisenhower hasta Nixon pasando por Lindon Jhonson y el querible John Fitzgerald Kennedy habían engañado al pueblo norteamericano al ocultarle que más de 60 mil jóvenes habían muerto tan lejos de su patria y que el país se había llenado de chicos mutilados por la resistencia vietnamita. Esos cadáveres marcaron a fuego la historia de una generación que como reacción, parió el pacifismo, los hippies y se opuso a la guerra.
Se la hago corta. El legendario Washington Post accedió a aquellos papeles que quemaban a la clase política y los empezó a publicar. Fue un terremoto institucional. Las presiones sobre su propietaria y heredera Katharine Grahan fueron descomunales. La amenazaron con quitarle las licencias de la radio y la televisión. Los bancos no querían comprar las acciones que habían salido a la venta para enfrentar la crisis económica del diario. El presidente Nixon les prohibió el acceso a la Casa Blanca a los cronistas del periódico aún en los acontecimientos sociales como un casamiento. Las presentaciones en la justicia llevaban a los responsables a la cárcel. Los trabajadores se podían quedar en la calle.
Los únicos que estaban convencidos de que había que publicar todo eran los periodistas encabezados por el legendario Benjamín “Ben” Bradlee, tal vez el más grande editor de todos los tiempos. Llevaba el periodismo en la sangre. Defendía a muerte el contrato con los lectores. Y sabía que la libertad para acceder a toda la información es un deber de la prensa pero es un derecho de los lectores y los ciudadanos. Spielberg muestra esas discusiones éticas hasta la médula. Tom Hanks, como Bradlee y Meryl Streep como Kay Grahan se lucen en sus actuaciones creíbles hasta en los pequeños tics que tenemos todos los animales nacidos y criados en las redacciones de los diarios.
Nos erotiza una primicia. Nos quema en las manos. Y si la noticia sirve para incomodar a los cómodos y acomodar a los incómodos, mucho mejor. El buen periodista es fiscal del poder y abogado del hombre común.
El momento más dramático es cuando la señora Grahan, una mujer de la alta sociedad en un mundo de hombres, tiene el coraje cívico de escuchar más los latidos del corazón de su familia de periodistas que las amenazas de los autoritarios y censuradores. Y eso que el feminismo todavía estaba en pañales. Dice Let’s Go (Adelante) y la emoción nos hace saltar las lágrimas a todos los espectadores. Tiembla el viejo edificio del Post porque accionan el botón que pone en marcha la robusta y bella rotativa. Los ejemplares de la libertad impresa salen por miles hasta que son empaquetados y diseminados por las calles de la ciudad para su venta.
La verdad, la libertad obtuvo una victoria demoledora sobre los intereses oscuros y corruptos de los gobernantes. El periodismo fue refundado sobre la base de que si no es crítico es propaganda y eso no es periodismo. Es la famosa piedra en el zapato de los que mandan. Ben y Kay se salvan de la cárcel porque la Corte Suprema resuelve por 6 votos a 3 respetar la virginidad de la primera enmienda. Se hizo honor a la frase de Thomas Jefferson, dos veces presidente de Estados Unidos, autor de la declaración de la independencia y uno de los principales redactores de la Constitución que dijo: “Prefiero una prensa sin gobierno que un gobierno sin prensa”.
Esa batalla fue clave para todos los que amamos el periodismo. Al final de la película, se escucha a Nixon insultar a los periodistas y jurar que los va a destruir. Cuatro años más tarde, dos humildes cronistas producen lo que se llamó el Watergate en esas mismas páginas y Nixon se convierte en el primer presidente de la historia de los Estados Unidos que tuvo que renunciar.
Yo le decía que esa historia es universal.
Y mucho más ahora que los genios del mal han inventado la pos verdad o los relatos o las verdades alternativas que son nuevos disfraces de la mentiras. En ese camino se puede encontrar tanto a Donald Trump como a Cristina pasando por el chavista Nicolás Maduro. Los populismos de todo signo no se llevan bien con la verdad fáctica ni con la publicación de los hechos reales.
Hoy mismo aparece una encuesta que demuestra que las redes sociales están llenas de usuarios falsos llamados fakes y de noticias inventadas. Hay 60 millones de cuentas automatizadas en Facebook que es la plataforma de redes sociales más grande del mundo. En Twitter, Cristina Kirchner tiene casi tres millones de seguidores falsos, el 53% del total y Mauricio Macri casi dos millones, el 41% de la totalidad.
Por eso hoy el periodismo de calidad que pone la cara, el cuerpo y la firma tiene tanto valor. En cada información, en cada opinión, nosotros nos jugamos por lo menos una parte de nuestro prestigio y de nuestra credibilidad. Los cobardes anónimos que dicen injurias e insultos no sirven para nada, solo para confundir y ensuciar el mecanismo de comunicación.
Podrán cambiar los soportes por donde va la data pero siempre se le dará valor a quien lo dice, porque lo dice y como lo dice.
En la calle mucha gente me dice que gracias a un sector del periodismo nos salvamos de que el cristinismo convirtiera a la Argentina en Venezuela. Hoy bajo el chavismo de Maduro hay hambre y miseria, crisis humanitaria, inseguridad y asesinatos por miles por las calles, censura y una feroz dictadura que expulsó del país a 4 millones de venezolanos. Los dirigentes del kirchnerismo y la propia ex presidenta Cristina no dicen una sola palabra a favor de los presos políticos, exiliados y no condenan los crímenes cometidos por el régimen. Como si las dictaduras fueran solo las que no son del palo propio. Como si la democracia solo existiera cuando ganan sus amigos. Para desmontar esa apuesta al regreso a la cleptocracia autoritaria que ya padecimos, se necesita un periodismo cada vez más valiente e independiente.
Muchas veces le dije que desde la recuperación democrática de 1983 nadie había atacado con tanta ferocidad y ensañamiento a los cronistas y a la libertad de prensa en la Argentina como el matrimonio Kirchner. Los Kirchner, siempre quisieron controlar todo para que nadie los controle a ellos.
Sus principales objetivos a destruir fueron y siguen siendo los fiscales, los jueces y los periodistas que no se arrodillaron ante sus latigazos ni se dejaron domesticar por millonarias pautas publicitarias o prebendas. La docena de años K fueron los de menor libertad de prensa desde 1983. Castigos de todo tipo: insultos desde los medios adictos y los grupos de tareas mercenarios de internet, agresiones callejeras , juicios en plazas públicas, afiches con caras de periodistas a las que se incitaba a escupir, escraches, aprietes a los dueños de los medios para que censuren o excluyan a tal o cual periodista, presión a los empresarios para que no pongan publicidad en los medios independientes, hostilidad desde la AFIP y los servicios de inteligencia, cero apertura informativa, no hubo ni conferencia de prensa. Como dice Spielberg, nadie nos puede hacer callar. Ni Trump ni Nixon. Ni Chávez ni Cristina. Que quede claro: el principal insumo del periodista es la libertad.

Ni un femicidio más – 9 de febrero 2018

La escena era de terror. Una mujer degollada, tirada en el suelo en medio de un charco de sangre. Se trata de Graciela Molina Hernández de 54 años. Todo ocurrió aquí muy cerca de la radio, en el corazón del barrio de Almagro. Todos los vecinos supieron rápidamente quien había sido el femicida. Su ex pareja, también uruguayo llamado Walter María Gómez. El criminal tiene 73 años de los cuales 15 convivió con Graciela. El la venía amenazando y hostigando desde hace tiempo. Ella hizo lo correcto. Lo denunció ante la justicia que le dio un botó anti pánico y le prohibió al energúmeno acercarse a su ex pareja. Pero nada fue suficiente. Enloquecido, con los ojos llenos de venganza y odio le clavó un cuchillo en el cuello y escapó cuando vió como se iba muriendo, desangrada. La policía salió a buscar al asesino de inmediato. Pero un par de horas después avisaron los de la Federal que el taxista se había entregado diciendo solo cuatro palabras: “Me mandé una macana”. De todos modos, las cámaras de seguridad del edificio habían registrado todo el horror.
¿Qué podemos hacer frente a semejante brutalidad?
Se pueden buscar cien consignas y objetivos, pero hay uno que nos debe convocar a todos. La prioridad absoluta es parar los femicidios. No desviar nuestra energía en temas menores. Primero la vida.
Le confieso que uno de los casos más repugnantes que recuerdo es el tristemente célebre “Caso Tiraboschi”. Es una gigantesca humillación de la condición humana y de género.
El doctor Eugenio Raúl Zaffaroni, ex integrante de la Corte Suprema de Justicia y actual asesor de Cristina Fernández de Kirchner, afirmó que el sexo oral no constituía violación porque no era una forma de acceder carnalmente a la víctima. Al imponer una débil pena por abuso deshonesto, sostuvo que no correspondía aplicar la pena máxima porque, entre otras razones, la víctima, una niña de ocho años, había sido abusada con la luz apagada y, en palabras de la sentencia, «el único hecho imputable se consumó a oscuras, lo que reduce aún más el contenido traumático de la desfavorable vivencia de la menor».
¿Se da cuenta de semejante barbaridad? Yo no escuché al ala kirchnerista de las mujeres que lideran “Ni una menos” que dijeran una palabra.
La prédica zaffaroniana de que casi todos los delincuentes son producto de » las injusticias del sistema capitalista», se hizo doctrina y dogma. Hoy muchos de los criminales de mujeres reincidentes y violadores caminan por las calles porque “Justicia Legítima” se convirtió en una prolongación de su pensamiento y en un intento de domesticar a los jueces independientes.
Por eso emociona y conmociona ver y sumarse a miles de mujeres que en la calle se juran a sí mismas luchar hasta exterminar la violencia de género y los trogloditas criminales del machismo. Los carteles caseros lo vienen diciendo todo. Lo gritan, en realidad, lo exigen: “No nos maten más”, “Juntas somos infinitas” y “Vivas nos queremos”.
Claro que las queremos vivas, claro que nos queremos vivos y que juntos somos ciudadanos en movimiento que levantamos la guardia para defendernos y refundar la parte más oscura y repugnante de una sociedad que denigra a la mujer, que la somete y la reduce a la servidumbre. Por momentos siento que algunos varones han retrocedido a la era de las cavernas, que han escupido a la civilización y que creen que pueden tener a una mujer en un puño con un puñetazo.
Hay que ser muy hijo de puta. Una mujer es una mina que amamos, nuestra vieja querida del alma, la hija que tanto miedo nos provoca cuando tarda en llegar de la facultad, la madre que nos sembró de hijos nuestra existencia, nuestra abuela de la sabiduría.
En los momentos más terribles, a la hora de descender a los infiernos, las pobres mujeres llegan a preguntarse si las culpables no son ellas. Hasta tanto llega la humillación que ella, la víctima, llega a dudar de su condición. Llegan a pensar que por su culpa él golpeador, pasaba de ser un ángel a ser un demonio.
Por eso tienen que asesorarse con un abogado y hacer la denuncia. Saber que están dando el paso más importante de su vida. Y que es para salvarse de la muerte. Nada menos. Ni una menos. Ni una más. Nunca Más.
Las crónicas de los últimos tiempos están repletas de muertes como la de Graciela. Una violencia de género cargada de un odio sin límites que extermina incluso a familiares o amigos en lo que se llama técnicamente «femicidios vinculados”.
Es tan grande el horror que la información parece inventada o salida de las novelas de la crueldad.
Hay que combatir a esos criminales que matan a sus seres queridos. A sus esposas o novias, a sus hijos a los familiares y a los amigos. Pretenden exterminar todo vestigio de esas mujeres que no quieren ser propiedad de nadie. Saben que hace mucho se acabó la esclavitud. Todos los que rodean a una mujer amenazada tienen que hacer la denuncia y no dejarla sola. Estar cerca, acompañarla, protegerla y estar alertas, siempre con la guardia alta.
El dato más terrible es que hoy, pese a toda la lucha en las calles y en los medios hay un femicidio cada 30 horas. ¿Escuchó bien? No me entra en la cabeza que algún animal que no merece ser llamado hombre pueda cometer semejantes aberraciones.
¿Que nos está pasando? ¿Cuál es el nivel de cobardía y de salvajismo de andar matando mujeres? ¿Cuántos casos por día hay de maltratos, de golpes brutales que terminan con la muerte femenina? ¿Alcanza con prohibir que el criminal se acerque?¿ Los botones de pánico y las tobilleras electrónicas pueden ayudar? ¿La policía actúa con la rapidez que corresponde?
Hay 55 denuncias por día. Esta opinión intenta ser un alerta y un aporte al combate contra semejante horror y a aumentar la condena social. Todo el que sea víctima de violencia de género o conozca a alguien puede hacer la denuncia al teléfono 144 durante las 24 horas.
Son mujeres asesinadas por machos que, insisto, no merecen llamarse hombres. Son infames varones que avergüenzan al género y a la condición humana.
Estos energúmenos por lo general están cortados todos por la misma tijera. Responden al mismo patrón criminal. Primero les gritan a sus esposas, novias o amantes. Se sienten sus propietarios y no sus compañeros de afecto. Después les pegan, las humillan, las castigan con ferocidad, y les provocan un pánico que las paraliza. Muchas veces, los golpeadores se descontrolan con el alcohol o la droga. No los frenan ni los hijos en común ni los embarazos.
Todo el tiempo están mintiendo para justificar al tipo que tienen al lado. Les da mucho pudor confesar la verdad.
Ya están cansadas de mentir diciendo que se cayeron por la escalera, que un día resbaló, o de esconderse fingiendo que tiene depresiones los lunes y los martes hasta que se le vayan las marcas más visibles de los golpes.
Parecen películas de terror pero son realidades repugnantes y horrorosas. Debemos unirnos en la exigencia de juicio, castigo y condena a los culpables. En cada esquina de este país deberíamos colgar un cartel que diga: «Nunca más un femicidio».

La policía contra el delito – 8 de febrero 2018

El caso Chocobar disparó una polémica en la que me interesa participar. Voy a intentar opinar lo más claro posible. Argentina necesita una policía democrática, de excelencia profesional, pertrechada con la última tecnología y de una honradez a prueba de bala, con perdón de la metáfora. Creo que nadie en su sano juicio se puede oponer a esto. Pero vamos un poco más a fondo en las definiciones. Creo que el estado debe bancar a muerte a los buenos policías que se juegan la vida para defender a los ciudadanos honestos y pacíficos y debe castigar con todo el peso de la ley a aquellos malos policías que apelan al gatillo fácil y la tortura o son delincuentes que ensucian el uniforme que les da el estado.
Hasta aquí, tampoco creo que haya demasiada oposición a esta postura. Salvo aquellos que por cuestiones ideológicas están en los extremos y caen en la condena absoluta a todos los policías por un lado o los que como hizo en su momento Carlos Ruckauf, piden “meterle bala” a los que violan la ley y después preguntar.
Son dos propuestas enfrentadas, igualmente infantiles y peligrosas. Trataré de explicar los motivos.
Los adoradores de Zaffaroni o de la Correpi no quieren que haya policía. Creen que el delito es consecuencia de las injusticias del sistema capitalista y que por lo tanto los verdaderos delincuentes son los millonarios y no los que salen a robar, violar, traficar droga o asesinar. Es delirante lo que plantean pero en amplios sectores de la justicia, durante años fue permeando esta presunta actitud humanitaria. Aquí hay varios problemas que no tienen solución.
Durante la dictadura militar la policía fue un brazo más del terrorismo de estado. Comisarios fascistas y criminales como Miguel Etchecolatz o Ramon Camps asi lo certifican. Hubo campos de concentración manejados por la policía. Eso manchó de sangre a los presuntos servidores del orden y fue castigado convenientemente por los juicios de la democracia. Es cierto que eso dejó un fuerte sedimento de corrupción policial. Muchos están involucrados entre los narcos, los piratas del asfalto y ni que hablar del juego y la prostitución. Pero lo cierto que en cada policía no está más la cara de Jorge Videla. Son en su mayoría muchachos jóvenes de origen humilde que tratan de ganarse la vida del lado de la ley. A esas nuevas camadas hay que capacitar, controlar a fondo y premiar su arrojo y su opción por combatir a los delincuentes y no sumarse a los delincuentes. Insisto: está claro que aquel policía, gendarme o cualquier uniformado que caiga en la corrupción, o al gatillo fácil o la tortura debe ser extirpado de la fuerza correspondiente.
Pero basta de estigmatizar a todos los policías con la corrupción o la mano dura porque si no estamos perdidos y los pistoleros más feroces se van a multiplicar, se envalentonar y van a matar policías como moscas. Este es uno de los países del mundo en donde hay más asesinatos de policías. Cada vez que hay un enfrentamiento en general todo termina con el policía preso y el delincuente libre. Esa señal es letal para la sociedad civilizada y la inseguridad va a seguir creciendo porque los policías honestos, en el mejor de los casos, miran para otro lado cuando ven un delito. ¿Se entiende? La ecuación que hacen es muy fácil. Si los policías que flotan y hacen la plancha siguen ascendiendo por antigüedad y conservan su trabajo y su sueldo, ese debe ser el camino a imitar. Si el que se juega la vida es embargado y encarcelado, lo mejor es borrarse y que el delito lo combata magoya.
¿Está claro? El estado no debe permitir que ningún argentino cometa delitos. Y si tiene uniforme mucho menos. Pero debe apoyar y fomentar que se combata el delito.
Es sencillo, lo dijo Perón: dentro de la ley todo, fuera de la ley, nada.
El otro extremo ideológico, el de la ultraderecha cruel es igualmente repudiable por la inmensa mayoría de los ciudadanos. No se puede fomentar que se tire a matar y después se pregunte. Es discriminatorio y fomenta el odio racial que le da a los delitos un color de piel o un lugar en la pobreza o exclusión.
Otra frase básica que necesitamos incorporar: el que generaliza discrimina. No es cierto que los excluidos o marginados sean todos ladrones, como dicen los nazis criollos. Es al revés, muchas veces las principales víctimas de los delitos son los más humildes. Les roban sus mochilas o sus zapatillas y sus hijos no pueden salir de noche ni a la esquina.
Aquí si hay una ancha y gigantesca avenida del medio. El estado tiene que perseguir y castigar todos los delitos. No importa si el que lo comete tiene uniforme o no.
Pero hay que exterminar esos prejuicios de quienes ven un uniforme y ven un represor corrupto y quienes ven un morocho humilde y ven un secuestrador.
Ese camino nos lleva a la justicia por mano propia. Al ojo por ojo que termina con la sociedad ciega. Y a la venganza que es el más primitivo y reaccionario de los sentimientos. No estoy para nada de acuerdo con la pena de muerte. Además es ilegal. No existe en la Argentina. Aunque como dice Rolando Barbano, muchos jueces presuntamente garantistas decretan la pena de muerte de hecho para las víctimas de delitos.
Pero tampoco estoy de acuerdo en que los que roban, violan o matan, entren por una puerta y salgan por la otra muchas veces antes que la familia entierre a su muerto.
No estoy de acuerdo con “el viva la pepa” nefasto de las excarcelaciones. Delincuentes peligrosos y reincidentes seriales son liberados con una facilidad criminal.
Los jueces deben comprender que gran parte de su responsabilidad es que se cumplan las penas, que los juicios sean rápidos. Es la única manera de garantizar paz y tranquilidad a las familias argentinas.
Necesitamos una policía de manos limpias y de mano justa, no de mano dura y tampoco de brazos caídos como en estos últimos tiempos.

Y el gobierno debe seguir con la depuración de las fuerzas de seguridad. Los Kirchner y casi todos los gobernadores se hicieron los tontos y pactaron con las mafias de uniforme. En la provincia de Buenos Aires, tanto María Eugenia Vidal como Cristian Ritondo metieron el bisturí para hacer cirugía mayor. Por eso los amenazan. En la provincia, desde que llegó Cambiemos, fueron separados de la bonaerense 8.300 policías. ¿Escuchó bien? 8.300 malos policías separados. En dos años. Hay 1.500 exonerados y 600 detenidos. Todavía falta. Pero se avanzó mucho en la lucha contra la corrupción policial. Scioli y Cristina no hicieron nada. Convivieron con las mafias policiales.
¿Se acuerda de Cristina que ignoró el reclamo y dijo que era un problema de los ricos y una bandera de la derecha? ¿O de Aníbal Fernández, cuando no, que rompió el boludómetro y dijo que era una mera sensación térmica.
El combate con el delito deber ser urgente. Y con las mejores armas. No es tan difícil de entender. Premios a los buenos y castigos a los malos. Esa es la policía que necesitamos. Esa es la tranquilidad que necesitan nuestros hijos.
¿No le parece?
Más de la mitad de los argentinos justifica total o parcialmente la justicia por mano propia. Es decir matar para que no nos maten. Esto es gravísimo. Estamos demasiado cerca del infierno de la ley de la selva donde siempre gana el más poderoso. Es un retroceso a la no civilización democrática. Es la barbarie del ojo por ojo y el diente por diente. Ya le dije muchas veces, con el ojo por ojo, al final, todos nos quedamos ciegos. Es la venganza como forma de relacionarnos con nuestros semejantes. Es el estallido de la condición humana.
No hay que apostar al autoritarismo pero tampoco a la anarquía que genera la pasividad. Autoridad es lo que hay que reconstruir. Autoridades policiales y judiciales que apliquen la ley con todo rigor y sin amiguismos.
Decía Ricardo Roa con sabiduría que la aspiración de todos, gobernantes y gobernados, debe ser “vivir sin miedo y no convivir con el miedo”. Así de simple y contundente. El miedo es el peor veneno de una sociedad y de un individuo. Siempre el pánico nos saca lo peor de nosotros.
La vida cotidiana nos cambió por completo. La mirada generosa hacia nuestro vecino se transformó en sospecha. Ya todos estamos alertas. Rejas en las puertas y ventanas, cámaras de televisión, seguridad privada, mas patrulleros, no salir de noche, dar vueltas a la manzana antes de entrar al garaje, temblar cuando nuestros hijos no llevan de la escuela o del boliche de la madrugada bailable. Vivimos con el corazón en la boca. Hemos naturalizado el miedo. Estamos con la guardia levantada todo el tiempo y eso nos hacemos menos seres humanos, menos solidarios, más solitarios, menos francos y más mezquinos.
No hay sociedad democrática sin premios ni castigos.
Basta de este cambalache de siglo XXI donde es lo mismo el que labura o el que está fuera de la ley. Los inmorales nos han igualado.
Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor
Ignorante sabio o chorro
generoso o estafador.
Que falta de respeto
que atropellaba la razón
cualquiera es un señor
cualquiera es un ladrón…