Cristina no se rinde. Está en el llano, aislada y acosada por causas terribles de corrupción en la justicia pero multiplica su desprecio visceral por los medios de comunicación y los periodistas. Ni ella ni su marido entendieron nunca la lógica del periodismo. Pero ahora suenan más patéticas sus posiciones irracionales. Esas especies de reality shows que hace filmándose a sí misma y explicando como si fuera una movilera como intentaron ingresar a la casa de gobierno. Es que no se atreve a dar una conferencia de prensa. Teme que le pregunten por Lázaro y por la fortuna descomunal que supieron amasar cometiendo delitos desde el estado. ¿Hace cuánto que Cristina no se somete a una entrevista como lo hacen todos los dirigentes políticos argentinos? Tiene pánico que le pregunten como hizo la plata y se vea obligada a mentir descaradamente como lo hizo en Harvard cuando muy suelta de cuerpo dijo que era una exitosa abogada y en realidad nunca ganó un juicio aunque varias veces perdió el juicio. Cristina falsificó los zócalos de cuatro programas de televisión entre el que se encuentra Los Leuco que hago con mi hijo. Mintió descaradamente porque truchó la imagen y el videograph verdadero y sacó una conclusión: “Esta es la cadena nacional de la mentira”. Pobre Cristina. Piensa que todos son de su misma condición. El periodista que miente no llega ni a la esquina porque la gente no es tonta. Y Mariana Fabbiani, Fantino, Del Moro y quien les habla, orgullosamente llegamos un poco más allá en este oficio maravilloso. Lo traigo a la mesa porque hoy es el día mundial de la libertad de prensa. Hoy es el día mundial de ese grito sagrado que nuestro himno lanza a los cuatro vientos: libertad. Es el principal insumo de la democracia y de nuestro oficio de periodista. Con libertad se puede hacer un periodismo bueno, malo o regular. Pero sin libertad solo es posible la propaganda. Y eso es lo que quisieron hacer los Kirchner durante 12 años. Combatir el periodismo independiente y fomentar la propaganda y el verticalismo chupamedias de los paraperiodistas subsidiados con la plata de todos los argentinos.
Hoy es el día mundial de la libertad de expresión y vale la pena recordar a los autoritarios que se la quisieron llevar puesta. Algunos, incluso, en nombre de la cultura nacional y popular. Hay muchos pero uno de los que levantó la bandera del chavismo tardío, de un mecanismo estalinista jurásico fue Ricardo Forster. ¿Se acuerda del profesor de Carta abierta y sobre cerrado que escribía para unos pocos? Fue el funcionario que tuvo el cargo más largo y la vergüenza más corta. Fue algo así como un comisario político. El inspector ideológico de Cristina. En un ataque de sincericidio, Forster dijo hace apenas un año que quería que le fuera mal al gobierno de Macri. Es como decir que ruega y tal vez milite para que haya más exclusión, más hambre, más pobreza y más desocupación en la Argentina. Eso solo ya lo coloca afuera del sentido común. Pero además Forster, muy suelto de cuerpo dijo que durante su gobierno, es decir durante el cristinato, no hubo censura ni persecución a los periodistas y eso que descalificaban e insultaban. Y que ahora hay una gigantesca censura.
Le juro que lo tuve que leer dos veces porque no lo podía creer. Forster está convencido de que con Cristina no hubo censura ni persecución a los periodistas. Le juro que me cuesta entender que haya dos pensamientos tan divergentes sobre el mismo tema. Porque yo creo todo lo contrario. Lo sostengo porque lo sufrí en carne propia al igual que varios colegas míos que intentaron practicar el periodismo sin arrodillarse frente al altar de Cristina y sin ser obsecuentes para conseguir una miserable pauta publicitaria.
Es más, yo creo que el kirchnerismo fue el régimen político que más duramente atacó la libertad de prensa desde el retorno de la democracia en 1983. Néstor, antes y Cristina siempre, odiaron a los periodistas que buscan la verdad y ejercen su rol de fiscal del poder y fomentan a los adoradores del dinero que llueve desde el estado.
Fueron algo más de 12 años de un gobierno democrático pero profundamente autoritario que intentó pero no pudo borrar de la faz de la tierra la mirada crítica de la prensa. Los Kirchner y sus amanuenses invirtieron mucha energía y fortunas incalculables en intentar cerrarle la boca a las voces críticas y alimentar solamente a los que hicieron propaganda partidaria subsidiada y ocultaron la corrupción de los malandras más notorios de aquella cleptocracia cristinista.
Ya se sabe que, como decía Furio Colombo, para el poder ninguna noticia es buena noticia si no fue fabricada por su propio departamento de prensa. Es la negación del concepto de noticia que básicamente es algo que no se sabe y que alguien quiere ocultar. Decía el premio nobel José Saramago que “lo primero que se le dice al poder es no. Pero que no es un no porque sí. Sino porque el poder debe ser vigilado permanentemente ya que siempre tiende al abuso y al exceso”.
La docena de años de kirchnerismo explícito fue el mejor ejemplo de una facción política que intentó instalar su discurso único como verdad absoluta e indiscutible y exterminar el pensamiento diverso, plural y disidente que es el que enriquece la democracia.
Es imposible hacer un inventario completo de la metodología obsesiva y meticulosa que Néstor y Cristina utilizaron para atacar al periodismo. Ellos tomaron lo peor de los anteriores gobiernos y le sumaron su creatividad para el mal.
Alimentaron con cataratas de dólares a periodistas alcahuetes y parieron dueños de medios de comunicación que crecieron a pura pauta publicitaria oficial pero que no pudieron logran ni un solo éxito editorial. Todos los medios K fueron un fracaso estrepitoso. Y los empresarios se convirtieron en vaciadores seriales que se llevaron la plata a sus casas y dejaron a los periodistas colgados del pincel. Las radios y los programas no lograron audiencia. El ejemplo más contundente fue el de Víctor Hugo Morales. Ninguno de los programas de televisión y canales consiguieron números razonables de rating. 678 y otra vez Víctor Hugo, bajando línea, son el botón de muestra. Y en el periodismo gráfico también hicieron sapo con medios que se tenían que regalar en las reparticiones públicas por falta de ventas. El caso más brutal fue Tiempo Argentino que se cayó a pedazos y que aburría con sus columnistas gacetilleros de Lázaro Báez. ¿Qué significa eso? Que el pueblo no es tonto. Que es oyente y televidente pero sobre todo auditor. Ni los que simpatizan con Cristina soportaron los discursos almibarados y elogiosos de los mayordomos del periodismo oficial.
Ese gigantesco aparato de propaganda les sirvió para mentir, injuriar, insultar e incitar a la violencia contra los periodistas que no se sometieron a Cristina y que no se dejaron domesticar por la corrupción de los dineros del pueblo que les regalan a los periodistas con camiseta partidaria. Hubo todo tipo de agravios. Insultos desde los medios mal llamados públicos, afiches escrachadores que fueron cubiertos con escupitajos convocados por la militancia, un juicio popular en la plaza de Mayo a colegas como a Magdalena, aprietes a los anunciantes privados para que no apoyaran a los programas que no les respondían, utilización de la AFIP y los servicios de inteligencia para intimidar, y agresiones verbales y físicas a muchos colegas. Según Adepa los pingüinos emancipadores dilapidaron 12 millones por día de publicidad oficial que en su momento eran equivalentes a 14.336 planes de la Asignación Universal por Hijo en un mes. Se podría definir al periodismo K como un millón de pauta, cero de audiencia. Uno de los intelectuales progresistas más respetados, Jean Paul Sartre, dijo que “a todo puede renunciar el hombre sin dejar de ser hombre. A todo menos a la libertad”. El gran Joan Manuel Serrat lo canta como los dioses cuando dice “Para la libertad, sangro, lucho y pervivo”. De eso se trata. Aunque los Kirchner prefieran a los sumisos que se alquilan. El periodismo es de los que no se venden ni se agachan. Y trabajan para la libertad. Y valoran ese grito sagrado que nuestro himno nacional le pide que oigan a los mortales: libertad, libertad, libertad…
Rabinovich, maestro de la alegría – 2 de mayo 2017
Anoche, en la Feria, le dimos la bienvenida a un libro llamado “Neneco- Daniel Rabinovich más allá de Les Luthiers”. Una sala llena, desbordante de emoción, celebró la maravillosa vida de Daniel, más allá de su muerte. Planeta publicó esta idea de Susana, su esposa, su amor, su cómplice y su todo. Pablo Mendelevich tuvo la grata tarea de escribir una historia conmovedora con testimonios de sus amigos y familiares.
Ahora sí, Daniel vivirá eterno en esos textos y en las risas de todos los que recuerden sus geniales travesuras en Les Luthiers que están festejando 50 años de vida.
En la presentación del libro hablaron sus eternos compañeros y nos hicieron lagrimear por la ausencia y reírnos con los recuerdos de su presencia. Los corazones de Inés y Fernando, los hijos de Daniel y Susana, vibraron de otra manera. Es que el talento de Rabinovich sembró carcajadas y recogió lealtades. Extrañamos tanto a Daniel porque él amó la vida tan intensamente y le puso tanta pasión que fue muchas cosas además de un ser humano sensible y solidario. Carlos Nuñez Cortes contó que en Vigo, mientras se trasladaban al hotel, su representante les comentó: “¿Ven esa cola?” Era de noche y el frío español calaba los huesos. La fila era larga y ordenada. “Es gente que está esperando que mañana abran la boletería para sacar entradas para ir a verlos al teatro”. Se quedaron mudos.
Al rato de instalarse, Daniel golpeó la puerta de la habitación y le dijo a Carlos: “¿Y si le llevamos café a la gente que está en la cola?”. El café se terminó en dos segundos. Pero el afecto de la gente duró un buen rato. No podían creer que sus ídolos estuvieran allí en plena calle y madrugada tratando de que se les hiciera menos sacrificada la espera. Así era Daniel. Pero esa era una sola parte de su personalidad. Era músico, actor de publicidades y películas, escribano, escritor, asador, coleccionista de cuchillos, vinos y sacacorchos, campeón de bridge y de billar, pescador de tiburones, actividad que compartió con su admirado Astor Piazzola, cantante de tango y folcklore y dueño de una voz de ángel, según su maestra de canto. Además era creativo, divertido y profundamente carismático. Incluso le gustaba volar en helicóptero.
En el libro, su autor y su familia tuvieron la gentileza de hacer referencia a una columna que yo dije en este mismo horario y en este mismo micrófono cuando se cumplió un año de su fallecimiento. Agradezco estar aunque sea con un humilde testimonio en semejante biblia de la buena vida. En aquel texto yo trataba de descubrir el secreto de Daniel Rabinovich. Porque lo extrañamos tanto. Decía más o menos así:
Este domingo es el día del niño y además se cumple un año de la muerte de Daniel Rabinovich. Creo que el gran secreto del talento de Daniel es que nunca dejó de ser un chico. Que se divertía y disfrutaba de la vida con esa mirada limpia e inocente que tienen los pibes. Y simultáneamente pensé en que para los chicos que están enfermos, no hay mejor regalo que las sonrisas.El humor suele ser el mejor de los remedios. Está comprobado científicamente.
Hace un año que los argentinos tenemos una sonrisa menos y un agujero negro más en el alma. La muerte de Daniel Rabinovich nos dolió en todo el cuerpo porque era un argentino genial en sus capacidades musicales, humorísticas y personales. Amigo de Serrat, del Negro Fontanarrosa, y de Magdalena que estaba anoche en primera fila, fue un admirador de Raúl Alfonsín y un defensor permanente de la democracia, la libertad y los derechos humanos. Tuvo la generosidad de presentar mi libro anterior y leer un texto que yo había escrito sobre el desgarro de la AMIA. Daniel, tenía la estatura intelectual suficiente para componer melodías, parir letras y carcajadas y sentarse a escribir literatura que tal vez, era lo que más disfrutaba junto con los asaditos y jugar al dominó. Con Jorge Guinzburg y Tato Bores tal vez se diputen en el cielo de la alegría el título de haber sido el Woody Allen argentino.
Una vez en un café me confesó que habían invitado a Les Luthiers al festival de Cosquin y que eso le despertaba más temor que actuar en el Colón como lo hicieron varias veces. Yo me atreví a decirle que la Plaza Próspero Molina se iba a poner de pié para aplaudirlos y rendirles homenaje a su talento tan argentino y que tan bien pintaba su aldea. Casi le rogué que aceptaran treparse al escenario Atahualpa Yupanqui. Sabía además del amor de Daniel y sus compañeros por el folcklore. Muchas veces se dieron el gusto de cantar nuestra música criolla en serio y en broma. Un día me llamó por teléfono y me dijo que me querían invitar a compartir desde el escenario su actuación en Cosquín. Jamás olvidaré aquel espectáculo maravilloso que yo observaba tras bambalinas. Yo miraba de frente a esas 12 mil personas que desbordaron las localidades y las espaldas de los maestros del humor de calidad que jamás cayó en la grosería ni el golpe bajo. Ellos estaban con sus ponchos blancos, felices entre las chacareras y las vidalas. La primera vez que hablé con él fue por teléfono. Llamó a la radio y me dijo cuatro palabras: “Que huevos que tenés”. Yo acababa de decir una columna fuerte y descarnada contra algún gobernante ladrón. Daniel Rabinovich fue una de las personas más inteligentes que conocí en mi vida. Disfrutaba como un chico de cada momento. Fue una pieza clave de Les Luthiers. Ellos podrían haberse quedado en el humor inteligente para pocos, en el elitismo culturoso. En esa actitud de algunos presuntos intelectuales que se creen que mientras menos gente va a verlos más geniales son. Nunca fueron sectarios ni excluyentes. Supe como llenaron la cancha de fútbol del Sevilla en España y de esa vocación por buscar la felicidad del pueblo a través de la risa. Uno sabe que Daniel volverá y será millones de carcajadas.
La ética fue el soporte para ejercer su tarea creativa. Ganaron todo el dinero que se merecen por su trabajo, pero nunca cedieron a la tentación de la máquina de chorizos, de caer en el mercantilismo trucho que todo lo traduce a dólares y destruye el arte. Se respetaron a sí mismos y nos respetaron a nosotros.
Tenían y tienen una ley interna que era sagrada: la ley del no jodás que se basa en el principio de la incomodidad respetable. Un teorema científico que dice así: cuando a alguno le jode demasiado que lo jodamos un poco no lo jodamos ni siquiera un poco porque sería joderlo demasiado. Brillantes brillaron en el Lincoln Center de Nueva York. Me pongo de pié para nombrarlos, y acompañarlos a un año de aquella pérdida a mis queridos Luthiers: Carlos Nuñez Cortes, Carlos López Puccio, Jorge Maronna, Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich que en paz descanse. Querido Daniel, hace un año que te extrañamos. Nos falta más gente como vos que quiera jugar y nos sobran mediocres que solo quieren odiar. Un niño nunca pierde la capacidad de imaginar ni de jugar. Y eso nos define como seres humanos. Es mentira que Daniel no está. Se lo puede encontrar en la alegría de cada pibe, en la sonrisa de cada argentino. Rabinovich significa hijo de Rabino. Y Rabino significa maestro. Eso fue, es y será Daniel, un maestro de la vida y de la alegría.
No a las mafias, si al trabajo – 1 de mayo 2017
El trabajo dignifica y significa. El trabajo y el amor son los dos motores que mueven el mundo. Nuestra vida y la de nuestra familia gira alrededor del trabajo. Es lo que nos permite crecer y multiplicarnos. Multiplicar los panes y los peces. Desarrollar nuestras capacidades. Sacar lo mejor que tenemos adentro. Es el orgullo que llevamos en el pecho. El sacrificio personal, la superación constante, la cultura del esfuerzo que heredamos de nuestros viejos y nuestros abuelos. Es un mandato de la vida desde el fondo de los tiempos. Es un mandato ético y bíblico que nos recuerda eso tan sabio de que ganarás el pan con el sudor de tu frente. Hay pocas cosas más horrorosas que no tener trabajo. Con excepción de la muerte, es lo más doloroso.
Es como morir en vida. Un desocupado es alguien que no tiene ocupación. Que fue condenado a ser pero a no ser. Los desocupados son los desaparecidos de estos tiempos. Se los intenta borrar de todos lados. Los Kirchner los quisieron hacer desaparecer hasta de las estadísticas oficiales.
Fueron demasiadas llagas abiertas los desocupados que dejó Cristina y encima, Macri los aumentó porque se destruyeron 100 mil puestos de trabajo en su primer año de gobierno. Esa fue una noticia feroz. Una bomba de fragmentación en las ilusiones de mucha gente que, incluso había votado por Macri. Pero muchos pequeños comercios y empresas medianas tuvieron que cerrar sus puertas por el derrumbe del consumo. Los taxistas facturaron mucho menos. Los almacenes de barrio también. Muchos profesionales jóvenes bajaron sus ingresos. Y muchas changas que se hacían en el Conurbano, desaparecieron producto del freno de la construcción. Por suerte, hace ya varios meses que la tendencia se revirtió y en lugar de destruir, se están construyendo puestos de trabajo. La obra pública adquirió una velocidad notable y eso se nota en el aumento de la venta de asfalto y de los albañiles que volvieron la actividad. Ese motor potente ya se encendió. Solo en 8 meses se licitaron obras públicas por 11.140 millones de dólares. Es un gran avance. Pero todavía falta mucho. Este país no se puede permitir que haya hermanos sin trabajo. Que haya casi cuatro de cada diez trabajadores en negro y que a los que están un poco mejor, el gobierno les meta la mano en el bolsillo mientras disfrazan de impuesto a las ganancias un despojo al salario. Siempre digo que la historia juzgará a los gobernantes por la cantidad de trabajo genuino y en blanco que puedan generar. La historia condenará o absolverá a los presidentes por este motivo. Porque es la medida de la justicia social plena. Esa es la manera de hacer una sociedad más igualitaria y más equitativa. Es una afrenta a nuestra conciencia que haya tantos trabajadores en negro. No existen, no están registrados, se los borra de los libros, los expulsan a la marginalidad. Trabajo en blanco para todos. Esa debería ser la consigna del mejor de los gobiernos. Lo grita Jairo con Atahualpa cuando dice: “Trabajo/quiero trabajo/Porque esto no puede ser/ No quiero que nadie pase/ las penas que yo pasé/ Porque todos estamos a tiro de telegrama.
Todos podemos quedar desocupados y sufrir el desprecio de no tener precio. De estar depreciados y despreciados. De sentirnos abandonados y por eso abandonar. Mientras más desocupados hay en una patria más fragmentada está. Más quebrada en sus cimientos. Un estudioso como Jeremy Rifkin dice que por cada punto que aumenta la desocupación, crece un 4% la criminalidad. Es como desquiciarse, perder el rumbo, quedarse sin futuro. Sentir vergüenza ante la familia. El desgarro de no poder ser proveedor de tus hijos. Uno está habilitado a creer que por cada punto que aumenta la ocupación, hay un 4% más de seguridad y paz en la sociedad. Nos hacemos mejores personas, más humanas, menos rapaces. Insisto con una idea:
falta mucho por hacer. Hay millones de beneficiarios de planes sociales. Y esa es una moneda de dos caras. Atiende la emergencia y eso es solidaridad básica pero, en algunos casos, los condena a no volver a integrar la fuerza de trabajo.
Por eso es muy positivo el anuncio del presidente Mauricio Macri respecto de lo que llaman “sistema de empalme”. Primero lo impulsará el ministerio de trabajo con los 280 mil planes que tiene. Supongamos que el plan es de 4.000 pesos. Ese dinero será un vale para que un empresario privado complete el resto del dinero para llegar a un sueldo digno y lo sume como trabajador efectivo y en blanco. Es un salto gigantesco desde lo social. La persona pasa de estar subsidiado por el estado a formar parte del mundo del trabajo. Es reinsertarlo en el lugar donde puede progresar por sus propios méritos y no depender de una ayuda externa.
Se debe poner la maquinaria del estado a construir fuentes de trabajo. Se puede fundar una nueva sociedad o fundir un país. Con Cristina, las mentiras del INDEC no nos permitieron hacer un diagnóstico riguroso. Pero alcanzaba con salir a caminar el conurbano y las espaldas de las grandes ciudades para certificar el desastre que dejaron.
Hay muchas asignaturas pendientes pero que esta es la más importante. Trabajo digno y en blanco para todos y todas. Ese es el camino para combatir la pobreza y la indigencia de verdad y no la malversación de las estadísticas o la condena a la eternidad del clientelismo de los planes. El que esconde desocupados o pobres hace salvajismo de estado. Comete un ocultamiento de lesa humanidad. No solo porque no atiende a los desocupados. Además, porque ni siquiera los tiene en cuenta. Porque los borra del mapa, los ningunea. Hay que operar sobre la realidad y la verdad.
Decir por ejemplo que la inflación todavía es alta. Pero la es la mitad que teníamos el año pasado. Y eso le hace recuperar poder adquisitivo el salario. Por eso y por muchas cosas más hay que eliminar el veneno inflacionario que siempre perjudica a los más pobres.
Y combatir a las mafias sindicales que se aprovechan de sus afiliados para llenarse los bolsillos. Estamos hartos de ver trabajadores pobres y gremialistas millonarios y atornillados a sus cargos como si fueran una monarquía. No digo que todos sean patoteros y ladrones. Pero los Caballo Suarez, los Pedraza, los Zanola que está presos son una muestra clara de esa mafia sindical.
El trabajo es la base pero no es todo. Ese argentino que tiene trabajo necesita además una vivienda y la posibilidad de darle salud y educación a sus hijos. Esa es la famosa igualdad de oportunidades que debemos conquistar. Como canta el talento de Alejandro Lerner que lo dice todo: “Que no nos falte el trabajo ni las ganas de soñar que el sueño traiga trabajo y el trabajo dignidad”.