Crónicas de guerra. El grito de las cacerolas – 31 de marzo 2020

Parte diario: 966 contagiados. 27 muertos. 240 recuperados.
Anoche, a las 21.30, con una precisión quirúrgica sonaron fuerte las cacerolas en gran parte de la ciudad de Córdoba y en Capital. Y todo indica que hoy van a redoblar la apuesta desde los balcones. De inmediato, los videos en las redes de gente aplaudiendo a los médicos y a todos los servidores públicos, fueron superados por filmaciones de celular de gente haciendo ruido, protestando con bronca. ¿Qué pasó? ¿Para quién fueron esos reclamos? Para el presidente Alberto Fernández y gran parte de la clase política. ¿Qué exigían? Que los funcionarios y la burocracia del estado redujera sus sueldos y prebendas. Que hicieran un gesto. Que acompañaran el sacrificio y el esfuerzo que está haciendo la inmensa mayoría de los argentinos.
El ruido de las cacerolas funciona como las campanas. Son llamadores. Son alertas tempranas de que algo pasa. De que algo se está gestando en la sociedad.
El ruido de las cacerolas funciona como una tarjeta amarilla. Como una advertencia. Es una forma pacífica de protesta que no perjudica a nadie como un paro o un corte de calles, pero que tiene una potencia impredecible porque se puede convertir en un tsunami atronador.
Por ahora, por supuesto que no se trata de un terremoto político. Pero algo se movió y fue muy rápido. A la velocidad de la luz de los mensajes de texto y los correos electrónicos. En pocas horas, la queja colectiva se puso en marcha solita. Sin figurones ni partidos políticos que la convocaran.
Muchos kirchneristas dirán que los gritos de las cacerolas más masivos fueron en los barrios de clase media y clase alta. Puede ser, aunque en el Conurbano también se escucharon, aunque en menor medida. Pero hay que decir que en el barrio más paquete de todos, en Recoleta, el ruido de cacerolas, estalló en la esquina de Uruguay y Juncal, en el edificio en donde vive la doctora Cristina.
En el dormitorio de ese departamento, la noche que murió Néstor Kircher, Claudio Uberti vio más de 60 millones de dólares robados. En ese departamento, Daniel Muñoz recibía sistemáticamente los bolsos y las valijas repletas de dólares sucios de la cleptocracia que gobernó durante más de 12 años. Eso no hay que olvidarlo nunca.
La cacerola es un grito. Es el emblema de la rebelión individual de los barrios. La cacerola es una forma de expresión autónoma que solo la maneja cada ciudadano cuando, donde y como quiere. Nadie es llevado. Nadie es obligado. El que se asoma al balcón y está dispuesto a juntarse con sus vecinos y a protestar está ejerciendo sus derechos en plenitud. Sin miedos, en forma pacífica y en libertad.
El ruido que produce un elemento tan cotidiano y familiar como una cacerola es una forma de levantar la voz para que todos escuchen. No son los partidos los que convocan. Ni los sindicatos ni los centros de estudiantes. Es la bronca acumulada y auto-convocada. Son los indignados argentinos que saben que una persona que grita se escucha más que un millón que callan. Las redes sociales, como su nombre lo indica, son la forma más moderna y eficiente de comunicación comunitaria. Es la sociedad civil que actúa en red. Solo las unifica un reclamo.
Alberto Fernández metió la pata varias veces. Y muchos ciudadanos fueron acumulando indignación. Hubo dos gotas que colmaron el vaso. Calificó de “miserables” y de trolls a los que usan las redes sociales porque armaron un hashtag que decía “Alberto, el miserable sos vos”. Eso obligó a mucha gente a expresarse públicamente para demostrar que no eran trolls, que eran gente de carne y hueso que estaba opinando. La otra gota equivocada fue cuando utilizó la frase de “Muchachos, ahora les toca ganar menos”. Las redes hervían preguntando: ¿Y cuándo será la hora de que los políticos ganen menos?
Encima, el presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou anunció una rebaja del 20% del sueldo de todos los funcionarios del estado para aportar a la lucha contra el coronavirus.
Y eso no fue en el Barcelona donde hasta Messi y sus muchachos se bajaron el 70% de sus sueldos. Esto pasó acá al frente, en Montevideo. Muchos pensaron que era un buen ejemplo que Alberto debería seguir. Otros recordaron la chupada de medias de Daniel Filmus que produjo la primera protesta cuando dijo que los aplausos de las 21 horas, también eran para Alberto.
Esto desató el torrente de videos de archivo y de memes que cabalgaron sobre las puteadas de mucha gente.
El más potente por la contundencia de los datos, fue el del economista Roberto Cachanosky. Fue en TN, en A Dos Voces. Demostró una locura con la que convivimos hace mucho. La Cámara de diputados tiene un presupuesto de 150 millones de euros y cada diputado nos cuesta 49 mil euros mensuales. El senado tiene un presupuesto similar y como son 72 legisladores, cada uno nos cuesta 161 mil euros mensuales. En España, con una población similar y una situación económica mucho mejor que la nuestra, cada senador cuesta 17.500 euros. Es decir, que los españoles gastan casi diez veces menos que nosotros.
Este descontrol es culpa de la sobre abundancia de asesores, ñoquis, viáticos, choferes, contratados y secretarios que cada uno tiene. Y ni que hablar de las provincias, porque este fenómeno se repite en las legislaturas del interior e incluso en los consejos deliberantes.
Nadie puede calcular bien, cuánto dinero se podría ahorrar, pero algunos hablan de 6 mil millones de dólares al año más para enfrentar el hambre y la pandemia. ¿Qué me cuenta?
Y ojo que yo no adhiero a la anti política. Yo creo que la política sana, honrada y austera y los partidos, son los únicos que pueden producir una mejor democracia. Pero estamos viviendo momentos muy delicados y la primera misión de un político de raza y vocación, es tener sensibilidad hacia los que más necesitan y sobre el clima social imperante.
Enseguida aparecieron otros videos que son letales políticamente para Alberto Fernández cuando quiere justificar lo injustificable en una entrevista con Viviana Canosa. ¿Se bajarían los sueldos?, le pregunta. Y el presidente sanatea que no es justo, argumenta débilmente sobre que viven de sus ingresos (como todos, diría yo, salvo los corruptos) y que un miembro de la Corte gana 4 veces más que el jefe del estado.
El mayor impacto fue logrado por el empresario cordobés Oscar Arduch, dueño de Hidrocor, a la que fundó hace 45 años. Subió a las redes una queja feroz, mirando a la cámara de su teléfono y diciendo: “El miserable sos vos, Alberto”. Fue un furor. Las redes se prendieron fuego. No hay casi antecedentes de empresarios que hayan tenido semejante coraje. De entrada, tutea al presidente porque dice que no lo respeta y que decretó la cuarentena en su empresa antes que el gobierno nacional y que pidió un crédito para pagar los sueldos.
De inmediato le dice a Alberto Fernández que se asoció con delincuentes para protegerlos de la justicia.
Pero va más a fondo todavía. Le pide a Alberto que cada vez que lo llame miserable se mire al espejo y le recuerda su sociedad con Cristina, después de haberla criticado duramente. Y supone que “Habrá sido un buen negocio”.
Y como si esto fuera poco, remata su dolor acusando a los peronistas de ser una banda de delincuentes que solo buscan enriquecerse sin que le importen las consecuencias.
Varios dirigentes de Juntos por el Cambio aprovecharon para decirle a Alberto Fernández a propósito de su repudio a los despidos de trabajadores, que en el PAMI y el ANSES, habían dejado mucha gente en la calle y solamente por una persecución ideológica. Teléfono para Luana Volnovich y Alejandro Vanoli, ambos ultra cristinistas.
Muchos ciudadanos también acumularon su ira cuando Alberto fue muy duro con algunos que violaron la cuarentena pero no fue equitativo porque no amonestó ni a Marcelo Tinelli, cuando se fue a Esquel ni a su propia vice, Cristina Kirchner cuando viajó a Cuba.
Uno de los memes más demoledores que luego impulsaron los cacerolazos fue el siguiente: “Una enfermera para 20 pacientes. 35 asesores para un diputado. ¿Te das cuenta cual es la pandemia?”
Para ser ecuánimes, hay que decir que las autoridades de Juntos por el Cambio, antes de los cacerolazos, propusieron reducir un 30% los sueldos de los cargos jerárquicos, del gobierno nacional, del Congreso y de la Justicia y llamó a que las provincias tomaran el mismo camino. Hoy, Sergio Massa, se subió tardíamente al tren y propuso bajar un 40 % los ingresos de los diputados. Veremos.
Juan Grabois como siempre arrimó nafta al fuego. Escribió que “es muy buena la movida para que los funcionarios se bajen el sueldo… o será solo una excusa demagógica del revanchismo elitista y el macrismo derrotado que nunca va a permitir cerrar la grieta porque la verdadera unidad nacional solo se gesta eliminando sus privilegios de clase”. Curioso un demagogo acusando de demagogia a los demás. Pero se ve que muchos escucharon el mensaje de las redes y las cacerolas. Es gente participando con su opinión. De esa manera respira la democracia. Unificar la conducción de la batalla contra la pandemia es correcto. Pero hay que tener cuidado con confundir autoridad con autoritarismo. Cuidar la democracia, la república y las leyes es tan importante como cuidar la salud y la economía de los argentinos. Ojalá el presidente lo haya entendido. A ellos también les llegó la hora de ganar menos.
Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.

Crónicas de guerra. De Hipócrates a Favaloro – 30 de marzo 2020

Parte diario: 820 contagiados. 23 muertos. 228 recuperados.
Le confieso que cada día que pasa siento más admiración por lo médicos y por todos los trabajadores de la salud. Hay un video que me conmovió hasta las lágrimas. No sé si lo vieron. Un médico regresa a su casa. Se lo ve agotado, después de una jornada interminable y estresante. Llega con su guardapolvo celeste y su hijito de 4 o 5 años va a buscarlo corriendo con los brazos abiertos para abrazarlo. “No, no”, le grita el médico para evitar que su hijo lo abrace. El nene se queda paralizado del susto. No entiende nada. Se congela su alegría por la llegada del padre al que seguramente ve muy poco. El padre se pone en cuclillas y se larga a llorar. Es desgarrador. Después de dar una batalla desigual y descomunal, ese doctor no puede tener ni siquiera el bálsamo de un abrazo y un beso de su hijito.
Guillermina Peralta es enfermera de cuidados intensivos del hospital San Martín de La Plata. Llega a su casa, se saca los zapatos, los rocía con alcohol y los deja en el patio. Coloca su uniforme en una bolsa y se mete en la ducha sin tocar a sus dos hijos. Deja que el agua caiga sobre su cabeza y muchas veces, se quiebra y llora. Tiene miedo de quedarse sin insumos o elementos para protegerse. Siente temor de contagiar a los chicos y por eso ya decidió que si se contagia, la cuarentena la va a hacer lejos de Milagros y Matías. La desgarra cuando ellos llorando le piden que no vaya a trabajar. Pero ella dice yo estudié para esto, esta es mi vocación, no puedo aflojar en el momento que más me necesitan.
O, el caso de la doctora Nancy Trejo, la directora del hospital Perrando en Chaco. Peleaba con todas sus fuerzas contra el maldito Covid-19 y ahora se contagió ella. Pasó de atender enfermos a ser una enferma a la que hay que atender. En esa provincia hay 63 contagiados y 12 trabajan en ese sanatorio.
Pero no todo es doloroso. Anoche vivimos algo absolutamente esperanzador. La doctora Yael Zaín que tiene 28 años, contó en Ezeiza que 121 médicos y otros profesionales de la salud habían llegado desde Suiza. Estaban repartidos en varios países de Europa pero básicamente en España. Todos quisieron volver a ayudar a su gente. Sintieron el llamado de su tierra y de su sangre. Y decidieron volver. Algunos estaban haciendo post grados en universidades, otros estaban aprendiendo especialidades en los mejores sanatorios del mundo, todos jóvenes que estaban en Europa para ser mejores y no de turismo. Se comunicaban mediante un grupo de Wasap. Se dieron manija. No era fácil pero encontraron un embajador en Zurich como Luis María Kreckler que negoció que un vuelo que venía a repatriar suizos, en lugar de viajar vacío, llevara a estos muchachos y muchachas, mayoritariamente médicos que querían sumarse a la lucha contra el virus. La Corporación América de Eduardo Eurnekian fletó un vuelo chárter para que fueran desde Madrid a Zurich. Hay médicas, enfermeros, bioquímicas, obstetras, anestesistas, kinesiólogos que hacen reanimación o maniobras en el respirador artificial. Todos querían hacer patria. Y lo lograron. Llegaron anoche. Van a tener que ir a la cuarentena obligatoria de 14 días y después, cada uno a su salita de primeros auxilios, sanatorio, hospital o cualquiera de las trincheras que encuentren para sumarse al ejército de la Salud. Contaron que nadie los obligó ni se los pidió. Volver a su país a colaborar es lo que les salió del alma. Por eso nos provocan mucho orgullo. Llegaron alegres, con sus camperas y sus valijas de colores.
Luciano Castro, María Echeverría y Ernestina Angarola participaron con Yael de la conferencia de prensa anunciando esta maravillosa y luminosa noticia. Los periodistas, que siempre son tan escépticos y duros, terminaron aplaudiendo y desatando las lágrimas de todos.
No es la primera vez que en esta pandemia le hablo de los médicos y seguramente no va a ser la última. Hace unos días le comenté que después que termine la batalla, hay que encarar la jerarquización económica y profesional de esta gente a la que tanto le debemos. No quiero caer en patrioterismo barato ni en un clima malvinero. Pero la épica y la mística les va ayudar a darle más energía a los que luchan por nosotros. Después podremos cantar el himno nacional juntos y gritar cuando llegue la parte que dice “Al gran pueblo argentino salud”. Ojalá esta siembra directa de compatriotas con vocación y amor al prójimo permita una cosecha de muchos Favaloros. Ojalá.
La leyenda del doctor René Gerónimo Favaloro es la que inspira a muchos.
Por ejemplo al doctor Alberto Crescenti.
Tiene 67 años de los cuales, 40 son de médico y lleva 21 al frente del SAME que seguramente debe ser el organismo estatal más eficiente de la Argentina. Todo el mundo conoce y vio en acción a las ambulancias del SAME, las siglas del “Sistema de Atención Médica de Emergencia”. Están en operaciones las 24 horas, como siempre, pero ahora son una especie de avanzada, de infantería. Son los primeros que llegan. Estuvieron entregando todo en las peores calamidades que tuvimos que sufrir. Sacando heridos de los escombros en los atentados a la embajada de Israel y la AMIA; jóvenes quemados en Cromagnon, asfixiados y fracturados en el siniestro de Estación Once y bomberos heridos de gravedad en Iron Mountain. No tienen horarios. Crescenti no es un general de escritorio. Siempre está en el terreno y va al frente de su equipo. Por eso tienen tanta mística. Por eso soportan tanto dolor de ver tanta gente muerta. Y ahora están a full. Muchos, ni siquiera vuelven a sus hogares para no contagiar a su familia. Crescenti es el capitán de un equipo de médicos, enfermeros, radio operadores, choferes. Hace mucho que vienen sumando los últimos avances en emergencias. Y eso se nota ahora con la pandemia. Tienen 25 ambulancias y ya compraron 6 más con pintura nano tecnológica y luz ultravioleta que les permite desinfectar el habitáculo en 15 minutos y estar separados del chofer. Cuentan con el escuadrón aéreo, dos helicópteros que aterrizan en cualquier lado para salvar vidas. Crescenti en situaciones como estas, no puede ni dormir. A toda hora le suena el celular y el alerta rojo. Pero cuando alguien llama al 107, todo se pone en marcha como un mecanismo de relojería. Nada puede fallar. Crescenti, mirando lo que pasa en Italia y España, tiene una pesadilla que no quiere que se haga realidad: que un día tenga que tomar la cruel decisión de elegir a quien lleva al respirador y a quien lleva a la morgue. Están siempre de guardia en la vigilancia epidemiológica. Trabajaron horas y horas a destajo cuando llegó el Buquebus con el joven infectado, según contó el colega Sebastián Clemente. Trasladar, asistir, revisar, comprobar la gravedad, son todas tareas ineludibles. La emergencia es cuando alguien llama con extremas dificultades respiratorias. Ese es un síntoma clave del Coronavirus. “Me ahogo, no puedo respirar”, dice la gente desesperada. Y allí parte la brigada de Crescenti. Para tomar la fiebre y hacer un hisopado. Para evitar que el coronavirus se confunda con una neumonía o una bronquitis severa. Reciben 6 mil llamados por día. ¿Escuchó? Seis mil llamados por día. Viven a tres metros del suelo. Pero es una vocación profunda y valiente, Como la del bombero o el policía. Crescenti perdió a su padre cuando tenía apenas 10 años y desde entonces se mira en el espejo de Favaloro, como si fuera un padre adoptivo, un ejemplo.
Ama las novelas policiales de Sherlock Holmes y Agatha Cristhie, que le ayudaron en el arte de la observación, las deducciones y las pesquisas.
Creo que Favaloro e Hipócrates estarían muy orgullosos de Crescenti, de los médicos que vinieron de Europa, del que llega a su casa y no puede abrazar a su hijo, de la enfermera de la Plata y la directora del hospital de Chaco y de todos los exponen su vida para salvar la nuestra. Se considera a Hipócrates como el médico más grande de toda la historia. Su juramento fue cambiando de palabras con el tiempo. Pero alguno de sus viejos párrafos sigue teniendo una vigencia ética conmovedora. Uno dice así:
Respetaré a mi maestro de medicina tanto como a los autores de mis días, compartiré con él mis bienes y, si es preciso, atenderé a sus necesidades; consideraré a sus hijos como hermanos y, si desean aprender la medicina, se las enseñaré gratis y sin compromiso”.
O este: “Dirigiré el régimen de los enfermos en provecho de ellos, según mis fuerzas y mi juicio, y me abstendré de todo mal y de toda injusticia. Pasaré mi vida y ejercitaré mi arte en la inocencia y la pureza”. Si cumplo este juramento sin infringirlo, seré honrado siempre por los hombres; si lo violo y soy perjuro, que mi suerte sea la contraria”.
Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.

Crónicas de guerra. Aprender en cuarentena – 27 de marzo 2020

Parte diario: 589 contagiados, 76 recuperados y 13 muertos.
Siento que debemos aprovechar esta cuarentena para aprender. Para sacar las mejores conclusiones y reinventarnos como mejores personas. Ahora no tenemos excusas, nos sobra tiempo para pensar. No necesitamos correr a ningún lado, ni meternos entre los semáforos y las bocinas de la selva de cemento. Hoy estamos protegidos por nuestras paredes y por nuestros afectos. Afuera hay una tormenta criminal que mata a nuestros semejantes. Adentro, estamos atrincherados, resistiendo.
Siento de fondo a Sui Géneris que me susurra que aprendimos a ser formal y cortes. Nito Mestre y Charly García en “Aprendizaje” hicieron una radiografía de la educación por afuera de las instituciones. De la vida y la calle como maestras. Siento que me cantan al oído mientras escribo esta columna:
Viento del sur o lluvia de abril/
Quiero saber dónde debo ir,
No quiero estar sin poder crecer/
Aprendiendo las lecciones, para ser.
Yo también me siento aprendiendo las lecciones para ser. Porque no quiero estar sin poder crecer. Y creo que la propuesta vale para todos. Aprender las lecciones para ser. Es la mejor manera de transitar la cuarentena.
Siento que alguien, que algunos llaman Dios padre y otros madre naturaleza, mandó a desenchufar el mundo que andaba descontrolado a mil por hora y sin frenos. Y todo se paró de golpe. Y hubo que barajar y dar de nuevo. Y asimilar que todavía nos faltan muchos días para superar este ataque del virus.
Siento que el aprendizaje refundacional es valorar a las cosas realmente importantes que muchas veces no le dábamos ni la hora. La profundidad de la poesía de Antonio Machado dice: “Solo el necio confunde valor y precio”. ¿Cuánto cuesta el abrazo profundo de un hijo? Es lo que más extraño. Con Diego nos damos abrazos de gol. No son saludos formales o livianos. Son abrazos fuertes, con palmadas en la espalda, golpeando nuestros pechos, como si estallara la Bombonera en la alegría de un grito. Ese abrazo que se había convertido en algo hermoso pero casi rutinario. De pronto, se vino la noche y hoy solo nos podemos saludar por teléfono o por Skype y si nos cruzamos en el canal, apenas nos podemos rozar los codos. ¿Se entiendo lo que estoy diciendo? Antes había miles de abrazos. Ahora solo codazos. Es toda una metáfora de lo que nos pasa. Estoy seguro que a partir de ahora vamos a valorar mucho, pero mucho más cada abrazo que nos demos con nuestros seres queridos. ¿Se acuerda de Facundo Cabral? El admirado Indio Gasparino. Con su sabiduría nos legó que: “solamente lo barato se compra con el dinero” y con mucho respeto, me permito agregarle que lo más maravilloso y emocionante de la vida es absolutamente gratis.
No tengo que pagar nada para acariciar las canas de mi madre o la pelada de mi padre. Yo soy toquetón. Entro en contacto con la gente. A mi padre que tiene 95 años, le paso mi mano sobre sus mejillas y él se ríe, un poco avergonzado. Le beso la cabeza. Le tomo la mano a mi madre para hablar y no se la suelto. Ahora no puedo ni siquiera ir a verlos personalmente a Córdoba. Es peligroso para ellos y es desgarrador para mí. Y además no puedo viajar. Está prohibido. Y cumplo las reglas. Hablo por teléfono varias veces por día, pero no veo la hora de subirme a un avión, aterrizar en mi tierra y correr a verlos. Ese encuentro extraordinario no cuesta un centavo. Pero ahora vale una fortuna. Porque no se puede hacer.
Siento que soy un privilegiado. Porque tengo a mis padres y a mi hijo aunque no los pueda abrazar. Muchos han perdido a sus padres, o a sus hijos y otros los tienen muy lejos, en otros países y quien sabe cuánto tiempo pasará para que los vean.
Me siento un privilegiado porque estoy reformateando mi cabeza. Escribo esto y tengo frente a mis ojos, detrás de la computadora a un árbol frondosamente verde. Siempre lo valore. Me gustó este departamento del tercer piso porque los árboles llegan hasta el balcón y las calles son tranquilas. Pero ahora vale oro ese árbol y ese balcón. Son los pulmones por donde respiro sol y vida cotidiana. Es el lugar de los aplausos a los médicos y a todos los trabajadores de la salud. Es el lugar para homenajear a las fuerzas de seguridad que nos cuidan arriesgando su vida y la de su familia. Es el escenario de un tenor que canta para los vecinos. O el teatro de un chico que nos despierta con su saxo.
Parece mentira. Siento que hay un clima de tristeza pero que también flotan magias navideñas en el trato a la gente. Todos se desean lo mejor. Porque saben que lo mejor para el otro, siempre, pero hoy más que nunca, es lo mejor para uno. Vecinos que hablan y se conocen y hasta hace 15 días ni se saludaban. Todos expresan sus buenos deseos. Que esto termine pronto. Que nuestro vecino se cuide. Adrián, el encargado del edifico me llama todos los días para saber si necesito algo. Es un fenómeno.
Siento que soy un privilegiado porque puedo transitar por los pasillos, yendo de la cama al living. No es una mansión. Pero ahora lo valoro mucho más que antes porque todos hemos comprendido lo que significa quedarse por semanas las 24 horas adentro de un ambiente o lo que es peor, en una casilla llena de hijos.
Siento que los chicos ya no se quejan si la madre los manda a comprar dos kilos de manzanas y uno de tomate. Antes refunfuñaban, molestos por tener que dejar la play o levantar la vista de teléfono y las redes. Hoy se pelean por ir a hacer las compras. Es como respirar un poco. Como irse de vacaciones a
dos cuadras y por media hora.
Estábamos viviendo profundamente equivocados. Tal vez no nos interesábamos por las actividades de nuestros hijos o padres y perdíamos el tiempo discutiendo las boludeces que tuiteó una modelo o el contrato de un futbolista.
Siento que esta cuarentena y la presencia de un enemigo común a todo el planeta, nos obligó a respetarnos un poco más entre todos, a pensar soluciones en forma conjunta y plural y a diluir los odios y las peleas.
Siento que esta situación inédita y traicionera nos puede empujar para que coloquemos casa cosa en su lugar. Que cambiemos nuestras prioridades. Que no perdamos tiempo en codicias que se miden en lujos y en dólares y que ganemos la belleza de los ojos y los besos de nuestra amada, el aroma fresco de la mañana y una canción bien cantada. Todo eso lo teníamos a disposición y no le dábamos la suficiente importancia. Era como que venía de arriba. Que nos correspondía por el solo hecho de existir. Hoy sabemos que nada es fácil. Y que la felicidad es algo muy sencillo repleto de satisfacciones, pero que tenemos que construirla todos los días. Nada cae del cielo si no somos capaces de apreciarlo. Solamente cae agua, si no advertimos el misterio de la lluvia. ¿Dónde van los besos que no damos?, se pregunta Víctor Manuel.
Siento que ahora vamos a saborear cada detalle y cada instante que la vida nos regala. Estudiar o trabajar con nuestros compañeros al lado. Protestar y celebrar juntos. Tomarnos un cafecito o una birra. Decirle buen día a los tacheros o al colectivero. Tratar de ser menos egoísta. Saber que mucha gente que muere hoy no tiene ni siquiera la sepultura ni el adiós de sus seres queridos. Está prohibido que la gente se junte, incluso para elaborar el duelo junto a un féretro para dar el pésame como dios manda. En España algunas personas no saben dónde fueron enterrados sus padres. Es un agujero negro en el alma. La gente se casa o celebra su cumpleaños en estricta soledad.
Destilamos demasiado odio, contaminamos mucho todo lo que tocamos. Llenamos de basura el mundo. Vivimos estresados y sobre exigidos. La ansiedad no nos permitió saborear los mejores platos. Nos tragamos todo de un saque. Y así, nos va.
Siento que todo tiene solución, menos la muerte. Y que nada vale más que la vida. Tal vez lo estemos comprendiendo de golpe y a los golpes.
Siento que Oscar Wilde tenía razón: hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada.
Siento todo esto. Siento, luego existo.
Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.