Alberto contra el periodismo – 11 de julio 2019

¿Qué te pasa Alberto Fernández? ¿Estás nervioso? Eso era lo que le preguntaba con ironía Néstor Kirchner a Clarín. ¿Qué te pasa, Clarín, estás nervioso? Mientras se hacía el gracioso, cosa que nunca fue, Néstor Kirchner mandaba misiles de todo tipo contra Clarín, La Nación, Perfil, varios canales y radios y contra muchos periodistas independientes. Lo sufrí en carne propia así que los conozco de memoria. Néstor y Cristina siempre odiaron al periodismo porque le gusta controlar todo pero que nadie lo controlen a ellos.
Alberto Fernández se apoya en una mentira muy fácil de desmentir. El dice que nunca atacó al periodismo y que siempre lo defendió. A Marcelo Bonelli en esta radio el sábado le dijo que era tan así que los más gurkas del ladri progresismo lo acusaban de ser un hombre de Magnetto.
Ya le dije varias veces que Néstor Kirchner fue una máquina de atacar y perseguir al periodismo. Y que su jefe de gabinete fue el brazo ejecutor, frío e implacable. Lo hacía con mayor sigilo y en voz baja, pero era tan cruel como Néstor. A lo sumo hacían el jueguito el policía malo y el bueno. Néstor te destrozaba y después aparecía Alberto con algunos algodones y curitas. Un operativo de pinzas que siguió con Cristina.
En estas últimas horas montó en cólera y demostró su verdadera cara. No soporta preguntas, como no lo soportaba Néstor ni ahora Cristina. Siempre quiere que le tiren centros para que cabecee. Encima de fingir que es amigo de los periodistas y que los defendía durante el ataque de los K nos quiere dar cátedra de cómo se ejerce este trabajo. A Mercedes Ninci la mandaba a leer una nota, le decía que no eran serias sus preguntas. A Jonatan Viale le dijo que era ridículo lo que le preguntaba o que su inquietud era poco honesta. Le dijo que era un loco por preguntar si Cristina iba a manejar la economía cuando, todos sabemos que Cristina manejó, maneja y manejará absolutamente todo. Incluso la marioneta de Alberto.
En Córdoba se enfrentó con un colega de Telefé llamado Héctor Emanuele que, como todos, quería lograr una declaración para su medio. También lo maltrató, le dijo que así no se ejercía la profesión y después se subió al auto que le puso la gente del Movimiento Evita de Córdoba. Al final, mintió una vez más. Dijo que ya le había pedido disculpas a Emanuele quien luego negó que eso hubiera ocurrido. Señor candidato. Eso no se hace. No se miente tan brutalmente si se quiere ser presidente, se le podría decir.
En esta jornada nefasta para su relación con la prensa, Alberto volvió a decir que él no persiguió al periodismo. Le va a crecer la nariz como a Pinocho. Se cree sus propias mentiras.
Hace unos días, Carlos Pagni recordó con precisión de cirujano que fue Alberto el que llamó a Página 12 para que levantaran una nota del querido colega ya fallecido, Julio Nudler. En complicidad con Horacio Verbitsky, otro colaboracionista del kirchnerismo, censuraron a Nudler que era un prócer del periodismo. Esa nota y esta historia se puede leer en internet pero no en el sitio de Página 12. Al más puro estilo stalinista, la borraron de sus archivos. Nunca existió para ellos.
Fue Alberto el que le ordenó a Mona Moncalvillo que dejara sin trabajo a Pepe Eliaschev en Radio Nacional, sólo porque era independiente, corajudo y tenía una mirada crítica de los K.
Fue Alberto el que ofendió a Claudio Savoia porque había investigado a Romina Picolotti, secretaria de medio ambiente, pese a que el periodista de investigación tenía toda la razón.
Fue Alberto el comisario político que supervisaba, autorizaba o tachaba los informes de CQC según acaba de revelar uno de sus documentalistas, Ignacio Montes de Oca.
Fue Alberto el que llamaba a los dueños de los medios para que echaran o amordazaran a periodistas.
Fue Alberto el que estaba al lado de Néstor cuando humillaba a los cronistas que querían hacerle preguntas. El caso más famoso es el de Leonardo Míndez, en ese momento en Clarin, pero hay otros. A Míndez, adelante de los fanáticos que aplaudían le retrucó: “A vos te manda Magnetto, ya lo sé” y por supuesto no le contestó la consulta sobre su enriquecimiento ilícito colosal y a la velocidad de la luz. Fue Alberto el que estaba al lado de Néstor cuando hizo lo mismo a un movilero de radio Continental llamado Pablo Navarro.
Fue Alberto el jefe de gabinete cuando falleció Néstor y 300 energúmenos con caras tapadas y palos vinieron a la puerta de la radio a decir: “suene el bombo, suene el tamboril/ que Alfredo Leuco y Fernando Bravo / se tiene que morir”. Habían vandalizado la puerta de Continental con pintadas que decían “Magdalena gorila” y otros insultos a otros periodistas.
Alberto no dijo nunca una palabra de solidaridad por eso. Ni intentó investigar los acontecimientos para sancionar a los patoteros. Miró para otro lado. Tuvimos que salir custodiados por patrulleros como si fuéramos delincuentes y finalmente resultó que los delincuentes eran ellos.
Una vez me llamó a radio del Plata para insultarme por un comentario y terminamos a los gritos donde menos bonito nos dijimos de todo. Yo no permito que nadie me insulte. No soy Parrilli.
Todo el sistema de ataque a la libertad de prensa lo lideró Néstor Kirchner y Alberto fue su jefe de gabinete. En octubre del 2006 denuncié con una nota en la tapa de La Nación que ese era el momento de menor libertad de prensa en la Argentina desde 1983. Eso fue, insisto, en el 2006 y Alberto recién renunció en el 2008. En aquella nota de la que siento orgullo profesional mencioné diez situaciones para argumentar lo que estaba ocurriendo. Pasó hace 13 años. Mi hijo se acuerda y Diego tenía 16 años. Jamás olvidará el contestador de mi casa de Caballito reproduciendo insultos y agresiones verbales de Néstor. Eran insoportables. Autoritarios al mango.
Quiero ser extremadamente riguroso. Es cierto que Alberto en algún momento intentó acercar posiciones con los dueños de algunos medios. Es verdad que Cristina luego profundizó esta metodología musoliniana del escrache y fogoneó juicios en la plaza de Mayo y escupitajos a las fotos de los periodistas que ellos llamaban “Enemigos del pueblo”. Es cierto que hasta Alberto Fernández luego sufrió y tuvo que tomar de la misma medicina. Le levantaron un programa con Longobardi. Lo espiaban y lo acusaban en “67 chorro”, como dice Lanata de ser empleado de YPF, de Clarin y de mil cosas más.
Eso es verdad. Alberto fue víctima de ese aparato nefasto y de las falanges K desde el estado nacional. Pero eso no quita el haya sido victimario hasta que renunció el 23 de julio del 2008.
En la nota del 2006 yo hablaba de libertad de prensa de baja intensidad. La más baja desde que habíamos enterrado a la dictadura militar. Después Cristina superó largamente a Néstor y perfeccionó los instrumentos de ataque y aumentó la cantidad de víctimas. Ella veía enemigos por todos lados. Incluso los que le hacían una pregunta. Por eso no quiso hacer conferencias de prensa. Pero hubo agresiones de hecho, palizas a periodistas en Quilmes, por ejemplo.
No es un dato menor que Morales Solá recibió amenazas al día siguiente de que el Presidente leyera en Casa de Gobierno una nota elogiosa hacia Videla que atribuyó falsamente al periodista. Alberto también fue el ejecutor de la política de látigo para los independientes y billetera para los amigos obsecuentes en el tema de la distribución millonaria de pauta publicitaria. Enseguida escalaron en esta arbitrariedad ilegal y apretaron a los anunciantes privados para que no apoyaran a los medios críticos y que pusieran publicidad en los periodistas dóciles y amanuenses. Eso se hizo por primera vez en Argentina. Invento de Néstor. Gestión de Alberto. Manejaron como premios y castigos para doblegar a los medios el tema de la prórroga de las licencias para radio y televisión y el otorgamiento de algunos permisos nuevos. Parece una mueca del destino pero en esa nota del 2006 yo denunciaba que habían dejado afuera de canal 7 a Víctor Hugo Morales por sus críticas a Néstor. Después, ya es historia conocida, el panqueque se dio vuelta en uno de las transfugueadas más notables de la historia del periodismo. Con Alberto como jefe de gabinete de Néstor comenzaron las operaciones de los servicios de inteligencia contra distintas personas: la de Enrique Olivera la ideó y comandó directamente Alberto el que se dice amigo de los periodistas. También con el desprecio y maltrato que existía desde el Gobierno hacia las entidades que representan a las empresas o a los periodistas. Hablo de ADEPA, SIP, Fopea y tantas otras, que sólo han recibido ofensas o negativas ante los pedidos de entrevistarse con el Presidente para dialogar civilizada y democráticamente sobre los temas en común. El Talmud dice que la fe (y el periodismo, agrego yo) debe servir para acomodar a los incómodos y para incomodar a los cómodos. Debe ser fiscal del poder y abogado del hombre común. Debe respetar más la verdad que la ideología.
Desde que Néstor llegó a la presidencia se desató una cacería de noticias y opiniones. El jefe de gabinete fue Alberto Fernández que ahora dice que fue amigo y defensor de los periodistas. Con amigos así, los periodistas no necesitamos enemigos. Gracias Alberto, no nos defiendas más.

Cristina, juicio y castigo – 10 de julio 2019

Como suele ocurrir, Jorge Fernández Díaz, dio en el clavo. Su talento periodístico y literario resumió el espíritu de estos textos inflamados: “Este libro es un combate contra la amnesia social que puede destruir a la Argentina”. Hace mucho que me pregunto por los motivos que llevaron a mucha gente a “perdonar” a Cristina y a creer (algunos por ingenuidad y otros por conveniencia) que Alberto Fernández era un hombre republicano y que Néstor Kirchner había sido un santo patrono de la justicia social.
Me sigue generando misterio la fragilidad de la memoria colectiva. Creo que el kirchnerismo es un veneno político que le partió el espinazo a la convivencia pacífica en el país, pero que además es una enciclopedia de engaños.
La entronización de Alberto Fernández se explica con la idea de encubrir todas las verdades que el mismo llegó a decir. No lo quieren recordar pero fue Alberto el que trató a Cristina de “psicópata” y de encabezar un gobierno “psicótico que busca subordinar a la justicia”. Fue Alberto el que escribió: “No estoy a la altura de Cristina. No suelo vivir en la fantasía de los soberbios. Es penoso como ella somete a las instituciones” y
“es deplorable toda su acción”.
Dudé mucho en elegir el título de este libro. Primero se me ocurrió “Ni olvido ni perdón”. Era una arenga que en los 70 cantaban los grupos insurreccionales.
Hace un tiempo, ese concepto fue el final de una revulsiva columna de Carlos Ares en el diario Perfil. Terminaba diciéndole a Cristina Fernández de Kirchner con toda ferocidad: “No voy a olvidar. Ni los muertos ni los delitos, ni los muertos en Cromagnon, por la inundación, los trenes, la inseguridad, de hambre, de miseria. No voy a olvidar. Ni a perdonar. La memoria es todo lo que tengo. Todo lo que me hace persona”.
Yo no creo ni apuesto por el rencor. Es un veneno que envenena a todos. Es el odio añejado. Pero sí creo en la memoria, la verdad, la justicia y la condena, como decían nuestras pancartas en las marchas multitudinarias mientras se replegaba el terrorismo de estado de Videla y sus cómplices. Eso no significa igualar aquel proceso dictatorial con estos doce años de autoritarismo, mega corrupción y degradación de los valores fundacionales del progresismo.
En varias columnas opiné que la historia va a colocar el apellido Kirchner como el que profanó las sagradas banderas de los derechos humanos y las convirtió en una camiseta partidaria manchada por el dinero negro de los Schocklender y compañía.
Estas páginas más que un libro pretenden ser una rendición de cuentas. En estos artículos están todos mis aciertos y errores sin tocar una sola coma del texto original. Confío que en esa honestidad brutal está el aprendizaje y también una interpelación al proceso kirchnerista. Para que expliquen lo inexplicable de su fortuna ante los tribunales y para que se pueda desmontar el relato mentiroso que pudieron instalar en forma exitosa durante una docena de años.
Por eso me parecía que se podía utilizar, a su vez, como resumen y título: “Juicio y Castigo a los Culpables”. Ese era también un alarido de aquellas épocas de combate a los genocidas y de refundación de la democracia. Completo, el coro repetía levantando rítmicamente sus manos: “Ahora/ Ahora/ resulta indispensable/ Aparición con vida/ juicio y castigo a los culpables”. Es un reclamo profundamente democrático y republicano. No es un escupitajo de venganza. Es la exigencia de que se aplique la ley a los que la violaron. Que paguen por lo que hicieron. Que todo el peso de la ley caiga sobre ellos. Creo que hoy también es refundacional. Es el ADN del nuevo contrato democrático que tenemos que firmar los argentinos. Nunca Más a los golpes de Estado fue lo que suscribimos hace 30 años con Raúl Alfonsín. Y ese logro es propiedad del colectivo social. Es un activo de todos. Hoy deberíamos decir Nunca Más a los ladrones y a los patoteros de Estado. Nunca más a los que pisotearon la democracia en aquellos tiempos. Nunca más a los que provocaron la fractura social expuesta y los que atacaron la libertad.
Otro título que analicé fue “La impostora”, como si fuera la versión femenina del libro de Javier Cercas. O “araña mala”, como le dijo el Pepe Mujica al verla enojada. Pero era muy irrespetuoso aunque en la verba del ex presidente uruguayo sonara campechano. Eran intentos de definir a la presidenta, sobre todo en su segundo gobierno, en el Cristinato. Jorge Fernández Díaz la había bautizado “La patrona de Balcarce 50″ y yo alguna vez le robé la idea para potenciarla: La patrona del mal, dice por ahí alguna columna enojada con ánimo de ofender, como deben ser todas las columnas según el maestro Arturo Pérez Reverte. Hay miles de ejemplos para argumentar la caracterización de impostora hacia Cristina. La promesa de llevarnos a ser como Alemania para terminar atados a Venezuela e Irán. Esa sensación de sentirse una exitosa abogada y no una sospechada hotelera, y tantas mentiras dichas con toda impunidad y elocuencia.
Cercas, en su libro, hace una radiografía del impostor que podría ser una descripción profunda de Cristina. Allí se pregunta: “¿Es una picardía o una bajeza y una agresión, una sucia falta de respeto y una ruptura de la primera regla de la convivencia entre los seres humanos: decir la verdad?”.
Define al impostor/a como el que adorna, maquilla su pasado o directamente lo inventa. Como la malversación patotera del Indec y la no medición de los pobres bajo el pretexto de no estigmatizarlos. En la privatización de YPF, como diputada provincial en Santa Cruz, fue la autora de un proyecto para apoyar semejante herejía, según la Cristina de ahora. Lo mismo pasó con la amistad con Domingo Cavallo, que con el tiempo ella negó tres veces. O el apoyo a Carlos Menen en siete boletas compartidas hasta la satanización de neoliberalismo de los ’90 como la madre de todos los problemas.
Cercas da en el blanco de nuestra Cristina cuando dice que “el mentiroso es un narcisista que se oculta de su realidad (…) y tiene una necesidad compulsiva de admiración”. Una vez en una charla con Hugo Moyano me confesó que lo que más lo irritaba era tener que decirle a Cristina todo el tiempo que era la más linda y la más inteligente. Su discurso en cadena nacional nunca se priva de “la más grande inversión de la historia”, “el mayor desarrollo en 200 años” y otras grandilocuencias que se transforman en luces y espejitos de colores.
De allí a la imposición de que se la trate con unción reverencial, propias de la monarquía hay un paso. Por eso la búsqueda del poder y la impunidad ilimitada. Además, Cristina es reacia a ponerse en la piel de los demás. Todo el tiempo, en todos los momentos tristes, ella tomó distancia y miró para otro lado. No solo en Cromagnon u Once. De cada tragedia escapó para no contaminarse. Cristina está convencida de que las leyes que rigen para todos no rigen para ella. Habla con desprecio e ironía de los millonarios y evita mirarse al espejo. Muchas veces se trata de pánico disfrazado de seguridad en sí misma y de presunto coraje. Yo no le tengo miedo a nadie. A mí no me van a correr. Esto no es para tibios y otro tipo de alardeos sobre lo que carece.
La frase del escritor inglés Henry Fielding le viene como anillo al dedo: “Es ridículo aparentar más de lo que uno es. Pero mucho más ridículo es aparentar lo contrario de lo que uno es. ”
Estas columnas sobre las que edifiqué toda mi vida profesional pueden tener desmesuras, exageraciones, arbitrariedades y algunas inexactitudes informativas, pero es mi corazón apasionado puesto sobre un teclado que busca la mayor verdad y la mayor libertad posible. Para ejercer el oficio que tanto amo y para que los argentinos podamos vivir sin comisarios políticos ni deditos acusadores.
Los que me quieren y los que me odian van a encontrar opiniones descarnadas, definiciones a corazón abierto y con sangre caliente sobre la marca que Néstor y Cristina dejaron en la historia de nuestro país. Es también un recorrido sin maquillajes por mi pensamiento y mi sentimiento.
No tengo camiseta partidaria. Hace más de 30 años que frecuento y dialogo con la mayoría de los dirigentes políticos argentinos. Algunos me parecen más valiosos y honrados que otros. Pero nadie me enamora. No tengo camiseta partidaria puesta.
En 2006 me aplicaron todos los castigos del manual kirchnerista y yo no era “un monopolio destituyente”, era apenas un humilde periodista sin relación de dependencia que trabajaba en una radio y que como todo patrimonio tenía la casa familiar y un auto de medio pelo. De verdad siento que el periodismo es la búsqueda de la verdad, la piedra en el zapato, la posibilidad de tocarle el culo a los poderosos. Todo lo demás es propaganda, gacetilla oficial o presunta militancia. Eso jamás me interesó. Es demasiado aburrido y rutinario. No tiene adrenalina. No es periodismo.
Con este libro, mis admiradores y detractores que son muchísimos gracias a Dios, tienen la posibilidad de abrazarme e insultarme por lo que realmente pienso y digo y no por lo que el paraperiodismo de Cristina y los pautatraficantes dicen que digo. Aquí está todo expuesto en forma brutal y sin medias tintas contra parte del elenco estable del ladrikirchnerismo.
Finalmente me quedo con “Juicio y Castigo” como título. Es la manera más institucional de hacer borrón y cuenta nueva. De democratizar la democracia. Propongo trazar una raya que separe la delincuencia de estado de las estafas ideológicas. Unas tienen que desfilar por tribunales con posible destino de cárcel y otras por los debates y asambleas ciudadanas que traten de explicar que hicimos para merecer esto. Y como hacemos para no repetirlo. Una vez más y hasta que me muera. Les doy mi palabra.

Viva la independencia – 9 de julio 2019

A las dos de la tarde de un día como hoy, pero de hace 203 años, empezaba a funcionar el Congreso de Tucumán que sancionaría nuestra gloriosa y ansiada independencia. Presidía la sesión el representante de San Juan, Francisco Narciso Laprida. El acta original, firmada por todos los miembros del Congreso fue redactada en el libro de actas que se ha perdido. Algunos historiadores consideran que fue depositado en 1820 en la Legislatura de Bueno Aires de donde fue robado. Tal vez haya sido toda una señal de nuestro karma cleptocrático. Tal vez. Pero hoy, mejor, honremos a la patria de los ciudadanos honestos y democráticos.
Jorge Luis Borges lo sintetizó con su genialidad: Nadie es la patria. Todos lo somos. La patria es el primer misterio inapelable. Se ama una tierra como propia y se quiere volver a sus entrañas…Una de los textos más bellos y profundos que leí sobre la patria le pertenece a Julia Prilutzky Farny, una poetisa ucraniana, naturalizada argentina. Dice así: “Allí donde partir es imposible/ donde permanecer es necesario/Donde nunca se está del todo solo / donde cualquier umbral es la morada/ Allí donde se quiere arar y dar un hijo/ Allí donde se quiere morir… allí está la patria”.
Hoy, a 203 años de la declaración de la Independencia hay una pregunta clave: ¿Qué significa ser independiente hoy? ¿Cuál es el contenido patriótico y ciudadano del día de la independencia nacional? Si nos miramos en el espejo de aquellos hombres hay que decir que el apellido de la independencia es la libertad. Y que hoy más que nunca deben ser los pilares de una sociedad mejor para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.
Un país mejor, más justo, más igualitario, con menos pobres y desocupados y con más honradez y diálogo. Un país en el que solo queden afuera los corruptos y los golpistas. ¿Es tan difícil comprender lo simple? Millones de argentinos de buena voluntad quieren construir ese país. Con el respeto sagrado a la división de poderes para no pisotear la Constitución que es nuestra Biblia laica. Eso es independencia. No depender de nadie, no ser cliente de nadie y no dejarse extorsionar por nadie. No arrodillarse ante nadie y no hacer arrodillar a nadie. Salir a la calle a trabajar, a estudiar o a pasear con nuestras familias y que no tengamos miedo de ser asaltados en pleno día o a que desvalijen nuestra casa mientras no estamos. Eso también es independencia. Opinar con respeto absolutamente de todo, con independencia de criterios, sin tutelajes ni censuras y sin que te manden la AFIP o los servicios de inteligencia para castigarte.
Así de simple y de complejo.
Hoy le rendimos homenaje a ese Congreso de Tucumán que sancionó nuestra gloriosa y ansiada independencia. Es el día más importante de la patria. El día del parto. El alumbramiento de esto que somos. Es el día más feliz de la historia de los argentinos. Nacimos como Nación. Dimos a luz.
Ojalá la patria tenga todos los días felices que le deseamos, cada vez que decimos con orgullo: Feliz día de la patria.
De una vez por todas tenemos que tomar conciencia de la patria que tenemos y ponernos a edificar la patria que queremos. Uno piensa en tantas fracturas sociales que estamos padeciendo y se preocupa. ¿Podremos sintetizar todas esas diferencias para pensar como una Nación? ¿Seremos capaces de respetar la diversidad de las miradas y las verdades sin perder la unidad como patria? ¿Podremos abrazarnos en cada logro colectivo y social como lo hacemos con los triunfos deportivos? Si queremos esa patria, se me ocurren tres compromisos básicos que debemos asumir.
1) Extirpar el cáncer de la intolerancia. Sacarlo de nuestro cuerpo social antes que haga metástasis y se convierta en odio eterno. Comprender que la diversidad de miradas es un activo, que el pensamiento del otro nos hace mejores y que no es un enemigo el que piensa distinto. Debemos disfrutar de ese aprendizaje permanente que es la convivencia pacífica entre nosotros y con otros pueblos del mundo.
2) Ser solidarios hasta que duela, como decía la madre Teresa. Comprender que nuestro vecino es nuestro hermano, nuestro compañero de ruta, la persona con la que debemos edificar, codo a codo, un mejor barrio, una mejor ciudad y un mejor país que lata con orgullo en nuestro pecho. Ojo que no hablo de caridad, hablo de justicia social. De igualar las oportunidades educativas para lograr esa famosa movilidad social ascendente que nos hizo reconocidos en el mundo.
3) Pensar la patria no solo como padre. Como pertenencia. Una patria que no sirva como escudo de los fanáticos y mentirosos. A esos que dicen que hacer patria es matar a alguien. A esos que Dios y la Patria se lo demanden. Que sean expatriados y nunca repatriados. Yo no quiero la patria dividida en adjetivos ni en corporaciones. Que sea la patria de nuestros padres y la de nuestros hijos. Que los patriarcas nos ayuden. Que nos sostengan como lo vienen haciendo desde el origen de la patria en aquella Plaza de Mayo o en la casa tucumana de doña Francisca Bazán.
No se si estaremos a la altura de aquellos hombres. Uno piensa en San Martín, Belgrano, Mariano Moreno y en don Martín Miguel de Guemes empujando para el mismo lado de la historia y se estremece. Yo imagino a la patria como un cuenco que se hace con las manos. Todas las manos todas formando un cuenco que contenga los valores esenciales del ser humano. Un continente para la tolerancia, la solidaridad, la justicia, la libertad, la paz. Un cuenco del que podamos ir a beber todos. Que nos calme la sed y que nos alimente la democracia. Que destierre esa mirada cargada de odio que solamente encuentra enemigos entre nuestros hermanos. Que nuestros semejantes beban del mismo cuenco. Que ese cuenco llamado patria sea cada vez más grande y más fuerte. Que contenga a más argentinos. Que nos permita disfrutar del aprendizaje permanente de la convivencia. La patria como cuenco. La patria es algo que nos dio la vida para que la refundemos como utopía. Y utopía significa no rendirse a las cosas tal cual son y luchar por las cosas tal como debieran ser. ¿Se entiende? No hablo de humanizar lo inevitable. Hablo de evitar lo inhumano. Como decía Leopoldo Marechal, la patria es un dolor que nuestros ojos no aprender a llorar / la patria es un dolor que aún no tiene bautismo. Por eso declaramos solemnemente “a la faz de la tierra” nuestra voluntad de ser “una nación independiente” del rey, de sus sucesores, de la Metrópoli y “de toda dominación extranjera”. Hacía tiempo que lo venían reclamando nuestros padres fundadores. Hoy también deberíamos sembrar más ciudadanos patriotas para cosechar gobernantes más ciudadanos. Para lograr la patria que soñamos. Sin déspotas ni cadenas. Es decir, sin corruptos ni golpistas.