Hace exactamente 45 años, un día como hoy el diario “The Washington Post” ganó el premio Pulitzer por la investigación que hizo del escándalo del Watergate.
No soy quien para dar consejos. Pero creo que sería muy útil que en los colegios, en las clases de educación cívica, dieran la película “The Post” de ese genio de la narración llamado Steven Spielberg. Es la historia apasionante del periodismo en su búsqueda de la verdad y en su guerra a las mentiras. En definitiva, es la confirmación de que no existe sociedad democrática posible sin la más amplia de las libertades. Este cine que siembra valores republicanos sin perder el entretenimiento como todo lo que pinta su aldea, es universal. En todos los países del mundo, en algún momento de su historia, hay periodistas valientes que tratan de publicar lo que los gobiernos quieren ocultar. De hecho una definición, pero solo una, de periodista es aquel que revela lo que el estado no quiere revelar.
Le recuerdo el caso que terminó con la consagración del The Washington Post y la herida de muerte política que recibió el presidente de Estados Unidos de entonces Richard Nixon. Trato de resumir el caso al máximo. Había un informe ultra secreto del Pentagono de 7.000 páginas sobre el desastre que Estados Unidos había hecho y seguía haciendo en Vietnam. Desde Eisenhower hasta Nixon pasando por Lindon Jhonson y el querible John Fitzgerald Kennedy habían engañado al pueblo norteamericano al ocultarle que más de 60 mil jóvenes habían muerto tan lejos de su patria y que el país se había llenado de chicos mutilados por la resistencia vietnamita. Esos cadáveres marcaron a fuego la historia de una generación que como reacción, parió el pacifismo, los hippies y se opuso a la guerra.
Se la hago corta. El legendario Washington Post accedió a aquellos papeles que quemaban a la clase política y los empezó a publicar. Fue un terremoto institucional. Las presiones sobre su propietaria y heredera Katharine Grahan fueron descomunales. La amenazaron con quitarle las licencias de la radio y la televisión. Los bancos no querían comprar las acciones que habían salido a la venta para enfrentar la crisis económica del diario. El presidente Nixon les prohibió el acceso a la Casa Blanca a los cronistas del periódico aún en los acontecimientos sociales como un casamiento. Las presentaciones en la justicia llevaban a los responsables a la cárcel. Los trabajadores se podían quedar en la calle.
Los únicos que estaban convencidos de que había que publicar todo eran los periodistas encabezados por el legendario Benjamín “Ben” Bradlee, tal vez el más grande editor de todos los tiempos. Llevaba el periodismo en la sangre. Defendía a muerte el contrato con los lectores. Y sabía que la libertad para acceder a toda la información es un deber de la prensa pero es un derecho de los lectores y los ciudadanos. Spielberg muestra esas discusiones éticas hasta la médula. Tom Hanks, como Bradlee y Meryl Streep como Kay Grahan se lucen en sus actuaciones creíbles hasta en los pequeños tics que tenemos todos los animales nacidos y criados en las redacciones de los diarios.
Nos erotiza una primicia. Nos quema en las manos. Y si la noticia sirve para incomodar a los cómodos y acomodar a los incómodos, mucho mejor. El buen periodista es fiscal del poder y abogado del hombre común.
El momento más dramático es cuando la señora Grahan, una mujer de la alta sociedad en un mundo de hombres, tiene el coraje cívico de escuchar más los latidos del corazón de su familia de periodistas que las amenazas de los autoritarios y censuradores. Y eso que el feminismo todavía estaba en pañales. Dice Let’s Go (Adelante) y la emoción nos hace saltar las lágrimas a todos los espectadores. Tiembla el viejo edificio del Post porque accionan el botón que pone en marcha la robusta y bella rotativa. Los ejemplares de la libertad impresa salen por miles hasta que son empaquetados y diseminados por las calles de la ciudad para su venta.
La verdad, la libertad obtuvo una victoria demoledora sobre los intereses oscuros y corruptos de los gobernantes. El periodismo fue refundado sobre la base de que si no es crítico es propaganda y eso no es periodismo. Es la famosa piedra en el zapato de los que mandan. Ben y Kay se salvan de la cárcel porque la Corte Suprema resuelve por 6 votos a 3 respetar la virginidad de la primera enmienda. Se hizo honor a la frase de Thomas Jefferson, dos veces presidente de Estados Unidos, autor de la declaración de la independencia y uno de los principales redactores de la Constitución que dijo: “Prefiero una prensa sin gobierno que un gobierno sin prensa”.
Esa batalla fue clave para todos los que amamos el periodismo. Al final de la película, se escucha a Nixon insultar a los periodistas y jurar que los va a destruir. Cuatro años más tarde, dos humildes cronistas produjeron lo que se llamó el Watergate en esas mismas páginas y Nixon se conviertió en el primer presidente de la historia de los Estados Unidos que tuvo que renunciar.
Yo le decía que esa historia es universal.
Y mucho más ahora que los genios del mal han inventado la pos verdad o los relatos o las verdades alternativas que son nuevos disfraces de la mentiras. En ese camino se puede encontrar tanto a Donald Trump como a Cristina pasando por el chavista Nicolás Maduro. Los populismos de todo signo no se llevan bien con la verdad fáctica ni con la publicación de los hechos reales.
Las redes sociales están llenas de usuarios falsos llamados fakes y de noticias inventadas. Hay 60 millones de cuentas automatizadas en Facebook que es la plataforma de redes sociales más grande del mundo. En Twitter, Cristina Kirchner tiene casi tres millones de seguidores falsos, el 53% del total y Mauricio Macri casi dos millones, el 41% de la totalidad.
Por eso hoy el periodismo de calidad que pone la cara, el cuerpo y la firma tiene tanto valor. En cada información, en cada opinión, nosotros nos jugamos por lo menos una parte de nuestro prestigio y de nuestra credibilidad. Los cobardes anónimos que dicen injurias e insultos no sirven para nada, solo para confundir y ensuciar el mecanismo de comunicación.
Podrán cambiar los soportes por donde va la data pero siempre se le dará valor a quien lo dice, porque lo dice y como lo dice.
En la calle mucha gente me dice que gracias a un sector del periodismo nos salvamos de que el cristinismo convirtiera a la Argentina en Venezuela. Hoy bajo el chavismo de Maduro hay hambre y miseria, crisis humanitaria, inseguridad y asesinatos por miles por las calles, censura y una feroz dictadura que expulsó del país a 4 millones de venezolanos. Los dirigentes del kirchnerismo y la propia ex presidenta Cristina no dicen una sola palabra a favor de los presos políticos, exiliados y no condenan los crímenes cometidos por el régimen. Como si las dictaduras fueran solo las que no son del palo propio. Como si la democracia solo existiera cuando ganan sus amigos. Para desmontar esa apuesta al regreso a la cleptocracia autoritaria que ya padecimos, se necesita un periodismo cada vez más valiente e independiente.
Muchas veces le dije que desde la recuperación democrática de 1983 nadie había atacado con tanta ferocidad y ensañamiento a los cronistas y a la libertad de prensa en la Argentina como el matrimonio Kirchner. Los Kirchner, siempre quisieron controlar todo para que nadie los controle a ellos.
Sus principales objetivos a destruir fueron y siguen siendo los fiscales, los jueces y los periodistas que no se arrodillaron ante sus latigazos ni se dejaron domesticar por millonarias pautas publicitarias o prebendas. La docena de años K fueron los de menor libertad de prensa desde 1983. Castigos de todo tipo: insultos desde los medios adictos y los grupos de tareas mercenarios de internet, agresiones callejeras , juicios en plazas públicas, afiches con caras de periodistas a las que se incitaba a escupir, escraches, aprietes a los dueños de los medios para que censuren o excluyan a tal o cual periodista, presión a los empresarios para que no pongan publicidad en los medios independientes, hostilidad desde la AFIP y los servicios de inteligencia, cero apertura informativa, no hubo ni conferencia de prensa. Como dice Spielberg, nadie nos puede hacer callar. Ni Trump ni Nixon. Ni Chávez ni Cristina. Que quede claro: el principal insumo del periodista es la libertad.
Libertad de prensa x 25 – 4 de mayo 2018
Ayer se cumplieron 25 años de la proclamación por parte de las Naciones Unidas del día Internacional de la Libertad de prensa. El tiempo pasa y Cristina no se rinde. Está en el Senado, aislada y acosada por causas terribles de corrupción en la justicia pero multiplica su desprecio visceral por los medios de comunicación y los periodistas. Ni ella ni su marido entendieron nunca la lógica del periodismo. Pero ahora suenan más patéticas sus posiciones irracionales.
Es que no se atreve a dar una conferencia de prensa. Teme que le pregunten por Lázaro y por la fortuna descomunal que supieron amasar cometiendo delitos desde el estado. ¿Hace cuánto que Cristina no se somete a una entrevista colectiva como lo hacen todos los dirigentes políticos argentinos y hasta el presidente Macri? Tiene pánico que le pregunten como hizo la plata y se vea obligada a mentir descaradamente como lo hizo en Harvard cuando muy suelta de cuerpo dijo que era una exitosa abogada y en realidad nunca ganó un juicio aunque varias veces perdió el juicio.
Lo traigo a la mesa porque ayer fue el día mundial de la libertad de prensa, de ese grito sagrado que nuestro himno lanza a los cuatro vientos: libertad. Es el principal insumo de la democracia y de nuestro oficio de periodista. Con libertad se puede hacer un periodismo bueno, malo o regular. Pero sin libertad solo es posible la propaganda. Y eso es lo que quisieron hacer los Kirchner durante 12 años. Combatir el periodismo independiente y fomentar la propaganda y el verticalismo chupamedias de los paraperiodistas subsidiados con la plata de todos los argentinos.
Ni olvido ni perdón para los autoritarios que se quisieron llevar puesta la democracia y la libertad. Algunos, incluso, en nombre de la cultura nacional y popular. Hay muchos pero uno de los que levantó la bandera del chavismo tardío, de un mecanismo estalinista jurásico fue Ricardo Forster. ¿Se acuerda del profesor de Carta abierta y sobre cerrado que escribía para unos pocos? Fue el funcionario que tuvo el cargo de nombre más largo y la vergüenza más corta. Fue algo así como un comisario político. El inspector ideológico de Cristina.
Forster, muy suelto de cuerpo dijo que durante su gobierno, es decir durante el cristinato, no hubo censura ni persecución a los periodistas y eso que descalificaban e insultaban. Y que ahora hay una gigantesca censura.
Le juro que lo tuve que leer dos veces porque no lo podía creer. Forster está convencido de que con Cristina no hubo censura ni persecución a los periodistas. Le juro que me cuesta entender que haya dos pensamientos tan divergentes sobre el mismo tema. Porque yo creo todo lo contrario. Lo sostengo porque lo sufrí en carne propia al igual que varios colegas míos que intentaron practicar el periodismo sin arrodillarse frente al altar de Cristina y sin ser obsecuentes para conseguir una miserable pauta publicitaria.
Es más, yo creo que el kirchnerismo fue el régimen político que más duramente atacó la libertad de prensa desde el retorno de la democracia en 1983. Néstor, antes y Cristina siempre, odiaron a los periodistas que buscan la verdad y ejercen su rol de fiscal del poder y fomentan a los adoradores del dinero que llueve desde el estado.
Fueron algo más de 12 años de un gobierno democrático pero profundamente autoritario que intentó pero no pudo borrar de la faz de la tierra la mirada crítica de la prensa. Los Kirchner y sus amanuenses invirtieron mucha energía y fortunas incalculables en intentar cerrarle la boca a las voces críticas y alimentar solamente a los que hicieron propaganda partidaria subsidiada y ocultaron la corrupción de los malandras más notorios de aquella cleptocracia cristinista.
Ya se sabe que, como decía Furio Colombo, para el poder ninguna noticia es buena noticia si no fue fabricada por su propio departamento de prensa. Es la negación del concepto de noticia que básicamente es algo que no se sabe y que alguien quiere ocultar. Decía el premio nobel José Saramago que “lo primero que se le dice al poder es no. Pero que no es un no porque sí. Sino porque el poder debe ser vigilado permanentemente ya que siempre tiende al abuso y al exceso”.
La docena de años de kirchnerismo explícito fue el mejor ejemplo de una facción política que intentó instalar su discurso único como verdad absoluta e indiscutible y exterminar el pensamiento diverso, plural y disidente que es el que enriquece la democracia.
Es imposible hacer un inventario completo de la metodología obsesiva y meticulosa que Néstor y Cristina utilizaron para atacar al periodismo. Ellos tomaron lo peor de los anteriores gobiernos y le sumaron su creatividad para el mal.
Alimentaron con cataratas de dólares a periodistas alcahuetes y parieron dueños de medios de comunicación que crecieron a pura pauta publicitaria oficial pero que no pudieron logran ni un solo éxito editorial. Todos los medios K fueron un fracaso estrepitoso. Y los empresarios se convirtieron en vaciadores seriales que se llevaron la plata a sus casas y dejaron a los periodistas colgados del pincel. Las radios y los programas no lograron audiencia. El ejemplo más contundente fue el de Víctor Hugo Morales. Ninguno de los programas de televisión y canales consiguieron números razonables de rating. 678 y otra vez Víctor Hugo, bajando línea, son el botón de muestra. Y en el periodismo gráfico también hicieron sapo con medios que se tenían que regalar en las reparticiones públicas por falta de ventas. El caso más brutal fue Tiempo Argentino que se cayó a pedazos y que aburría con sus columnistas gacetilleros. ¿Qué significa eso? Que el pueblo no es tonto. Que es oyente y televidente pero sobre todo auditor. Ni los que simpatizan con Cristina soportaron los discursos almibarados y elogiosos de los mayordomos del periodismo oficial.
Ese gigantesco aparato de propaganda les sirvió para mentir, injuriar, insultar e incitar a la violencia contra los periodistas que no se sometieron a Cristina y que no se dejaron domesticar por la corrupción de los dineros del pueblo que les regalan a los periodistas con camiseta partidaria. Hubo todo tipo de agravios. Insultos desde los medios mal llamados públicos, afiches escrachadores que fueron cubiertos con escupitajos convocados por la militancia, un juicio popular en la plaza de Mayo a colegas como a Magdalena, aprietes a los anunciantes privados para que no apoyaran a los programas que no les respondían, utilización de la AFIP y los servicios de inteligencia para intimidar, y agresiones verbales y físicas a muchos colegas. Según Adepa los pingüinos emancipadores dilapidaron 12 millones por día de publicidad oficial que en su momento eran equivalentes a 14.336 planes de la Asignación Universal por Hijo en un mes. Adepa, que nuclea a 200 medios de comunicación de todo el país, impulsó una campaña contra las mentiras en las redes sociales y a favor del periodismo profesional, de calidad y responsabilidad editorial. Se podría definir al periodismo K como un millón de pauta, cero de audiencia. Uno de los intelectuales progresistas más respetados, Jean Paul Sartre, dijo que “a todo puede renunciar el hombre sin dejar de ser hombre. A todo menos a la libertad”. El gran Joan Manuel Serrat lo canta como los dioses cuando dice “Para la libertad, sangro, lucho y pervivo”. De eso se trata. Aunque los Kirchner prefieran a los sumisos que se alquilan. El periodismo es de los que no se venden ni se agachan. Y trabajan para la libertad. Y valoran ese grito sagrado que nuestro himno nacional le pide que oigan a los mortales: libertad, libertad, libertad…
Palito, el rey solidario – 3 de mayo 2018
A esta altura hay que decir que Palito Ortega se convirtió en el rey de la solidaridad. Hace un tiempo que está dedicado a cantar para ser feliz y hacer feliz a los demás, pero también a devolver todo lo que la vida le dio y él se ganó con un esfuerzo titánico y una sensibilidad popular infrecuente. Palito es una especie de ángel de la guarda que ayudó a salir del infierno de las drogas a Charly García y que ahora, puso toda su popularidad al servicio de Cacho Castaña. Cantarán juntos el 11 de mayo en el Luna Park y eso será una fiesta popular prolongada. Cacho, por distintos motivos venía con problemas económicos y de salud y con una especie de potenciales escraches permanentes por una frase machista, que dijo, pretendidamente chistosa, que hace muchos años era grosera y que ahora fue considerada violencia verbal de género. El creativo Cacho Castaña tuvo que suspender varias actuaciones porque un grupo de mujeres fanatizadas no aceptó sus disculpas y se ensañaron en perseguirlo hasta no permitirle que se ganara la vida con su trabajo.
Pero Palito lo sacó de los teatros chicos y juntos van al Luna Park. Ahí serán pasión de multitudes. Ahí miles y miles de mujeres y hombres le rendirán su homenajea Palito y a Cacho. Y el embrujo de sombra que afectaba a Cacho se esfumará en el aire festivo de sus canciones.
Dicen que Cacho, en agradecimiento, le compuso un tema a Palito y lo cantará esa noche mágica. Tal como hizo en “Garganta con Arena”, un monumento sonoro al Polaco Goyeneche.
Palito es el artista más popular de la historia argentina. El de mayor trayectoria y permanencia en el tiempo. El que más discos vendió, el que más gente congregó en sus actuaciones, el que más éxitos metió en la memoria colectiva de los argentinos. En su época, competía con dos grandes que ya se fueron de gira: Leonardo Favio y Sandro, dos talentos que la vida se llevó. Actuaban en estadios de fútbol. Sus recitales eran un carnaval. Hacían películas sencillas que llenaban los cines de todos los rincones de la patria. Las revistas hablaban de sus romances y sus desengaños. Los jóvenes de entonces imitaban su ropa, sus cortes de pelo y el pasito que hacían para bailar. Eran el “Club del Clan” o la Nueva Ola, una movida cultural que los intelectuales de la presunta izquierda de entonces despreciaban por su frivolidad. Decían muchos de mis compañeros de entonces que eran poco menos que la representación del imperialismo. León Gieco le compuso un panfleto que decía “Cantorcito a contramano” y un día en un estudio de radio me confesó que debía revisar esos conceptos por la generosidad y el corazón inmenso que Palito había demostrado al apostar todo a la recuperación de Charly García. Palito puso todo. Su casa, su energía, sus contactos, su dinero, su contención y hasta su familia. Charly estaba perdido, al borde del precipicio y ahora llena teatros y recupera la sonrisa de ganarse el pan con el talento de su frente y de su oído absoluto. El bicolor, un genio que también marcó generaciones, está tan agradecido que tal vez vaya a ver el espectáculo de Palito y Cacho aunque sus gustos musicales pasen por otro lado. La magia maravillosa de la vida solidaria hizo que Rosario, la hija de Palito Ortega hoy integre el grupo musical que acompaña al gran Charly yendo de la cama al living.
Quiero mucho a Palito y a Evangelina. Han formado una pareja sólida que derivó en una familia espectacular, con montañas de amor, diversidad y talentosa por donde se la mire, plural y con nietos que alegran la vida de ese rey que tiene un solo defecto: es de River.
Hace poco, Palito y Evangelina se casaron nuevamente ante el Papa Francisco. Disfrutan de estar juntos hasta que la muerte los separe. Dan sana envidia. Ella dejó todo por Palito y para edificar esa descendencia de hijos y nietos hermosos que tienen. A los 19 años ganó el premio a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián y sin embargo colgó los hábitos de actriz para cumplir con los latidos de su corazón.
Me resulta impactante la biografía de Palito. Pocos argentinos salieron de tan abajo y llegaron tan arriba. Me emociona escuchar la despedida de su padre en la estación ferroviaria del pueblito de Lules. : “Cuidese changuito”, le dijo sin tutear al chico de 14 años que se iba en busca de sus sueños. No tenía un peso partido por la mitad. Te vas a morir de hambre, le decían los muchachos. Durmió en bancos de plazas. Fue lustrabotas. Hizo de todo para poder comer y vivir con cierta dignidad en pensiones de mala muerte. Fue reducido a la esclavitud por un comerciante que lo obligaba a dormir en el sótano y que le abría esa puerta candado a la mañana para que barriera el piso y limpiara. Era Ramón Bautista Ortega, el de la sonrisa triste de la Gioconda. Se imaginaba cantando con su guitarrita para miles y miles de personas pero parecía una utopía que como tal, era casi imposible de cumplir. Primero fue Nery Nelson e hizo rock and roll tradicional y más o menos funcionó. Pero después se hizo Palito Ortega y ese cafetero amable que transitaba los pasillos de los canales de televisión de a poco se transformó en una leyenda. Hoy Palito es una leyenda. Como Gardel. En su casa, Ramón guarda muchos tesoros junto a la admiración de sus hijos. Tiene colgado su retrato gigante que Carlos Alonso pintó y le regaló. Alonso es uno de los más grandes artistas plásticos que dio la patria. Sus cuadros cuestan fortunas y hasta Pablo Picasso elogió su mano talentosa. Pero su corazón quedó herido para siempre cuando la dictadura militar secuestró y desapareció a su hija Paloma. Su mirada húmeda se hizo triste en forma vitalicia y ese dolor interminable se pegó a sus óleos y acuarelas.
A María Elena, tal vez la mejor poetiza que tuvimos los argentinos, no se le cayeron los anillos por componer con Palito “La canción del Jacarandá”. Claro, ella, hacía mucho que había dinamitado todos esos dogmas que enyesan las neuronas.
Irineo Leguisamo, el jockey más consagrado de todos los tiempos se consideraba un padre de Palito. “Leguisamo solo”, cantaba Carlos Gardel hasta que se hicieron amigos. Primero los unió el amor por los burros y el camino a los hipódromos. Después se hicieron uno para el otro. Amigos del alma hasta que Gardel y su avión se estrellaron contra la tierra. Irineo recibió de Gardel un álbum de fotografías de la extraordinaria película “Rubias de New York”. Es un muestrario histórico del vestuario, las luces y las pruebas de cámara y vestuario que hicieron en Estados Unidos. Ese objeto sagrado del tango y el cine de Gardel hoy está en manos de Palito Ortega. El lo acaricia como lo que es: un tesoro y un legado. Irineo decía que Palito fue el sucesor de Gardel a la hora de vivir en el corazón de los argentinos.
Aquel Ramón que salió de Lules y que me inspiró para decirle a mi hijo Diego, “cuídate changuito”, se hizo Palito, el rey, el número uno, el que logró que el pueblo silbara, cantara y bailara cientos de sus canciones. Fue un éxito arrasador en toda América. Es un compositor de una sensibilidad única. Hay pocos artistas que logran sintonizar tanto y tan seguido con la piel del ciudadano común. De los cañaverales Palito llegó a la cumbre. Trajo a Frank Sinatra y la economía inflacionaria argentina le dinamitó sus finanzas y sus ahorros. Tuvo que empezar de nuevo y pagó, peso por peso, todas sus deudas.
Hoy está más allá de todo. Fue gobernador de Tucumán y venció al dictador Antonio Domingo Bussi. Le llenó las urnas de votos. Solo por ese triunfo, Mercedes Sosa su amiga, aceptó volver a su tierra y celebrar la democracia que por fin había retirado a ese general fascista.
Una vez Mercedes Sosa llevó a Palito a la Federación de Box para un festival por la libertad de los presos políticos. Había que tener huevos para ir a esos lugares que solían terminar con gente en cana y palazos en la cabeza. Pero muchos jóvenes con banderas rojas, silbaron a quien ese momento era el cantor más popular de la América Latina. Vendía miles y miles de discos para el Wincofon. Lo dejaron cantar solamente porque la Negra Sosa salió a bancar la parada. Claro, la Negra, que en música descanse, siempre rompió todos los dogmas y abrió el folcklore tradicional al desprejuicio del rock.
Cuando Cacho Castaña estaba sin reaccionar, en coma y con una traqueotomía en terapia intensiva, con una neumopatía aguda, Palito iba todos los días a visitarlo. Le cantaba al oído y le aseguraba que se iba a recuperar pronto para hace un show juntos. Muchos creían que era una despedida o una mera expresión de deseo. Pero el milagro se hizo. Cacho está nuevamente de pié en todo el sentido de la palabra. Y Palito a su lado para prestarse las canciones y hacer algunos temas juntos. Habrá momentos de silencio respetuoso con “Café la Humedad” o “Sabor a nada” y jolgorio y pogo con “El Matador” o “La Felicidad”. El Luna Park, otra vez, será el escenario del reencuentro y el abrazo de dos ídolos y su gente. Y no hay nada más poderoso que ese amor correspondido entre el artista y las multitudes.