Esta historia real es conmovedora y esperanzadora.
El día que Lautaro Sabio cumplió 15 años recibió el mejor de los regalos: un corazón. No es una metáfora. Es milagrosamente cierto. Lauti estaba necesitando con urgencia extrema un corazón nuevo. Y por suerte, apareció. Fue trasplantad, con la excelencia de siempre, en el Hospital Italiano y ahora hay que esperar que el post operatorio transcurra de la mejor manera: sin sangrado ni sorpresas.
Cuando hablo de urgencia extrema lo digo sin exagerar. Lautaro estaba primero en la lista de espera del INCUCAI, que es el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante. El hijo de Jimena estaba en terapia intensiva, con coma farmacológico, con el pecho abierto y enchufado a un corazón artificial. Había llegado a tanto su deterioro físico que tenía una semana de vida, las manos y los pies de color azul y con los riñones sin funcionar. Estaba, literalmente, con los días contados. Su estado era desesperante. Su madre movió cielo y tierra para difundir la campaña: Un corazón para Lautaro. Un pedido en change.org, una misa con velas en la Catedral, los jugadores de River y Boca con un cartel que difundía la necesidad de donar órganos, globos arrojados frente al sanatorio y una foto de Lautaro que se viralizo. El pibe aparece con sus ojos tristes y su carita suplicante y un velero de papel en sus manos y que en la vela tiene la siguiente frase: “Tus sueños son más grandes que cualquier obstáculo. Pasalos por encima, nunca te detengas.”
Todavía falta y hay que ser optimista pero prudente. Pero Lauti ya pasó por encima el primer obstáculo. Le falta otro gran salto para volver a vivir una vida normal. Ojalá lo pueda lograr. Miles y miles de argentinos hacemos fuerza y mandamos la mejor de las energías para que así ocurra. Como dice su madre: “ojalá te pueda dar vida por segunda vez”.
Lautaro tuvo problemas de nacimiento. Nació con una cardiopatía. A los 4 meses le tuvieron que colocar un marcapasos. Tenía los ventrículos invertidos. Fue sometido a tres operaciones distintas: hasta le colocaron una nueva válvula mitral. Pero nada le resolvía el problema. Solo un nuevo corazón. Es lo que le dijo el cirujano Jorge Makarosky que para Jimena y Lautaro es una especie de angel de la guarda. Viene tratando al chico casi desde que nació. Siempre presente. Siempre dando la batalla por la vida.
Jimena está llorando de agradecimiento por los que donaron el corazón y vive con su corazón en la boca rogando para que su hijo finalmente pueda tener la vida que todo hijo se merece tener. Ni Jessica ni Lautaro bajan los brazos. Nosotros tampoco debemos hacerlo. Por Lautaro que es tan sabio como su apellido y por las otras tres madres que están esperando un corazón con la misma ansiedad y desesperación. Hay 11 mil hermanos argentinos esperando un órgano porque necesitan un trasplante. Hay que donar. Lo digo con autoridad porque hace 10 años que soy donante.
Donar órganos es como sembrar mil esperanzas todos los días. Es la máxima solidaridad posible. Un solo donante, escuche bien por favor, un solo donante puede salvar la vida de 7 personas. Es la generosidad solidaria que se multiplica. Es una forma de procreación al alcance del ser humano por ser humano.
¿A cuántos hermanos podemos salvar? ¿Cuántos compatriotas pueden recibir semejante bendición? ¿Se lo preguntó alguna vez? ¿Hay otra forma superior de la entrega y el servicio hacia los demás? Es ser solidario con nuestro propio cuerpo aún después de muerto. Dar hasta que duela como pedía la Madre Teresa. Es como arrebatarle un poco de vida a la muerte, como ganarle algunas batallas.
Muchas veces la gente tira para atrás por desconfianza. La comprendo pero no la justifico. Hemos sufrido tantos engaños y desilusiones desde las instituciones que todo nos despierta sospecha. Pero en el caso de la donación de órganos hay que confiar. Nunca, jamás, se comprobó un solo caso en el que haya ocurrido algo poco claro o reñido con la ética. Hay tanta leyenda urbana producto de la ignorancia que vale la pena repetirlo una y mil veces. No se registran hechos de corrupción ni de malversación y mucho menos de tráfico vinculado al trasplante de órganos.
Esas historias inventadas nos hacen mucho mal como sociedad. A todos, porque todos podemos ser donantes y todos podemos necesitar que nos donen un órgano. Uno nunca sabe su destino. Nunca sabe de qué lado del trasplante puede estar. Es actuar en defensa propia.
En este momento hay 11 mil personas en lista de espera. No son números de una planilla. Son hijos, padres, hermanos, novios, amantes, soñadores, tan argentinos como cualquiera de nosotros y esperan en la lista y desesperan en la angustia. La medicina avanza a pasos agigantados y los trasplantes son cada vez más frecuentes y exitosos en la Argentina pero en este bendito país los donantes no alcanzan. Hemos mejorado pero todavía falta.
Según el INCUCAI: en 2010 la Argentina alcanzó una tasa de 14,5 donantes por millón de habitantes, lo que ubica al país entre los primeros de Latinoamérica, y hubo un total de 583 donantes reales que permitieron que 1.293 personas reciban un trasplante.
Los periodistas, los docentes, los religiosos, los políticos, los artistas, los deportistas y todos los que tenemos un micrófono, una tribuna o un púlpito desde donde difundir informaciones y pensamientos tenemos la responsabilidad social, la obligación moral de incitar a la esperanza, de fomentar la donación, de multiplicar la solidaridad de hacer una propaganda constante de los valores que nos hermanen más y nos hagan mejores personas y mejores argentinos.
No hay otra. Un nuevo país solo tendrá mejores cimientos con mejores ciudadanos. Hubo campañas de todos los colores. Una que decía: escribir un libro, plantar un árbol, tener un hijo y donar un órgano. Hay que iluminar la vida de los donantes con la posibilidad de dar a luz sin ser padre o madre. Dar a luz a otro ser humano sin parir pero dando vida. Suena maravilloso. Es una epopeya que salva la vida de nuestros semejantes. ¿Hay algo superior a eso?
La única persona discapacitada es la que no tiene corazón. Hay que pensar siempre en nuestros semejantes.
Eso que late en la patria no es otra cosa que nuestro corazón multiplicado. Combatiendo a la muerte, honramos la vida. Quién dijo que todo está perdido/ yo vengo a ofrecer mi corazón. Por Lautaro y por todos los Lautaros que todavía quedan.
Veinte años sin Soriano – 27 de enero 2017
Creo que ya se lo conté alguna vez. A Osvaldo Soriano le debo haber pasado una de las mejores tardes de mi vida. Yo estaba como periodista en Cuba durante el Congreso de Intelectuales por la Soberanía de Nuestra América. Cerca del malecón en un cafecito encontré a Soriano conversando con Gabriel García Márquez. No lo podía creer. Casi le rogué para que me dejara saludarlo y hacerle un puñado de preguntas para un reportaje. Lo consultó y el gran Gabo resolvió invitarme a compartir la charla pero sin entrevista periodística. Lo único que hice fue abrir mis orejas y transformar mi cerebro en una esponja. Y me enriquecí legalmente con tanta sabiduría ajena.
Este domingo se cumplen 20 años de la muerte de Osvaldo Soriano. No se puede creer. Ya pasaron 20 años y lo siento muy presente. De hecho, acá, en Mar del Plata hay un Centro Cultural que lleva su nombre. Uno de los textos que más me estremecieron sobre el gordo querido lo escribió su amigo del alma, Eduardo Galeano. Lo leí y me dejó flameando los sentimientos. Galeano contó que poco antes de que el gordo se muriera, se murió la lagartija, un bichito, algo así como una lagartija que tenía Manuel, el hijito de Osvaldo que recién había cumplido 8 años. Y Manuelito que no vivía en Pehuajó le hizo un tremendo entierro con ataúd y todo a su bichito querido, a su lagartija. Y cuando se murió el gordo, poco después, el hijo llevó al cementerio una carta para que el gordo se la entregara a la lagartija en el cielo. Esta revelación me dejó absolutamente claro que Soriano hijo estaba hecho de la misma madera de fantasía y sensibilidad que Soriano padre y que Galeano.
Sus miles y miles de lectores saben que hace 20 años el cáncer asesino al gordo Soriano. Veinte años donde nos hizo mucha falta y por eso hay que decir que, igual que a Julio Cortázar, extrañamos tanto a Soriano.
Si nadie merece morir y, el gordo Soriano, mucho menos. Yo creo que él se ganó un privilegio durante toda su vida y, por eso merecía algún privilegio en su muerte. Que no se muriera, por ejemplo. Que Dios decretara para él una madrugada eterna o algo así. Que se fuera de la vida si era inevitable pero que no entrara a la muerte. Que se quedara para siempre en algún altillo, sin poder salir, pero con la posibilidad de hacer allí adentro todas las cosas que le gustaban por la gracia de Dios…Claro, el gordo, mucho no creía en Dios. Nunca se consideró un ateo pero si un marxista agnóstico.
Pero Soriano si creía en la imaginación y en la aventura. No solamente creía. Era, tal vez, el principal militante de la imaginación que los argentinos nos supimos conseguir. Así que lo del altillo eterno podría ser, ¿no le parece?
No hacen falta demasiadas cosas para que el gordo sea feliz allí adentro para toda su muerte. Hace falta una computadora con internet, un cenicero grande como el viejo Gasómetro para albergar las cenizas de sus cigarros Montecristo, un video para reír y llorar con el Gordo y el Flaco, una historieta amarillenta de El Tony, un afiche de Sanfilippo con la azulgrana en el pecho y los retratos de Horacio Quiroga y Roberto Arlt sobre el escritorio.
¿Será mucho pedir, Dios mío para un no creyente como el gordo? ¿No se habrá ganado ese pequeño paraíso privado?¿No hizo lo suficiente por todos nosotros? Como novelista y como periodista en las legendarias redacciones de Primera Plana y el diario La Opinión.
Todos leímos “Artistas, locos y criminales”, la recopilación de sus trabajos como cronista de lujo.
Todos queríamos talento para fascinar a la gente con las palabras y él quería olfato goleador para ser pasión de multitudes. Los periodistas queríamos ser como Soriano y él quería ser como Batistuta. En su altillo, el paraíso privado, Soriano debería tener un privilegio más. La posibilidad de recibir a otros afectos que también se fueron de la vida pero que no murieron. Encontrarse con todos los que pasaron a “Cuarteles de invierno”. Insisto: ¿es mucho pedir? Por ejemplo con Julio Cortazar, un hincha de Banfield que ya en 1973 le había agradecido el perfecto humor de su prosa, pero que nunca pudo entender porque Soriano se puso a llorar como si hubiera muerto su madre el día en que San Lorenzo se fue al descenso.
Aquel día, estaba más solo y más exiliado que nunca. Anclado en Paris, añorando Boedo. Podría reencontrarse con Raymond Chandler para discutir como si fueran detectives los próximos pasos de la novela policial de Phillipe Marlowe. O abrazarse con el negro, Alberto Olmedo.
Para filmar juntos la película, “A sus plantas rendido un león”. Para divertirse con la actuación del negro como el cónsul Bertoldi como le pidió aquella madrugada por teléfono. Olmedo y Soriano podrán jurarse admiración mutua. Podrán desconfiar conjuntamente de los intelectuales elitistas que solo se quieren a sí mismos y que desprecian a la gente.
Si no es mucho pedir, en el altillo, además de Cortázar, Chandler y Olmedo debería poder transitar Filipi, su gato. El felino podría ser el nexo entre ese altillo virtual y la vida real. Podría ser el que le cuente como salió el San Lorenzo del Pipi Romagnoli, de Ortigoza y de Bergesio que juega esta noche acá en Mar del Plata contra el Pincha de la Bruja Verón resucitada.
Me gustaría saber su mirada política del kirchnerismo. ¿Se hubiera sumado a Carta Abierta o se hubiese burlado desde afuera como los francotiradores libertarios Martin Caparros o nuestro compañero Federico Andahasi?
En ambos lados de la grieta hay gente que disfrutó de su amistad.
¿O usted cree que Soriano se merece “Un triste y solitario final”?. Mientras Soriano habite ese altillo imaginario no habrá muerto. No se cumplirá esa maldición de “Una sombra ya pronto serás”. Estará como está desde hace 20 años en cada joven que lea sus libros y se forme y no se conforme. Y se divierta. En cada columna periodística, en los gritos de gol carasucias y en la búsqueda de la dignidad por todos los costados. Si esto es así, gordo Soriano querido, no te preocupes, estamos seguros de que “No habrá más penas ni olvido”.
Matar a 140 kilómetros por hora – 26 de enero 2017
Silvia Cabrera era una mujer ejemplar y ahora está muerta. La mató un muchacho que venía borracho a 140 kilómetros por hora y chocó de atrás el auto donde Silvia estaba esperando que el semáforo rojo se pusiera en verde.
La dimensión humana de la tragedia es desgarradora. Perdón, tragedia no. Quiero corregir el término. Tragedia es un accidente, algo inevitable, imposible de prevenir. A este asesinato prefiero llamarlo “siniestro vial”, con toda los significados de la palabra siniestro. Más todavía, los familiares de las víctimas les llaman “delitos viales”.
Tomás, el irresponsable que manejaba en ese estado cometió un siniestro delito vial. No es un chico. En un grandote boludo de 28 años. No fue un acto de locura que dura tres o cuatro cuadras. Rozó otro auto y le arrancó el espejito de una. Y se dio a la fuga. Durante 60 cuadras, repito, 6 kilómetros, no un par de cuadras producto de un enojo, escapó mientras era perseguido por otros muchachos igualmente borrachos, con tres veces más alcohol en sangre de lo permitido. Uno de los coches lo manejaba Nicolás Laitano y el otro, Lucas Alan Pechin, ambos de 29 años.
La carrera infernal que hicieron, terminó cuando se llevaron por delante el Chevrolet de Silvia que estaba tranquila, frenada, respetando la ley, cumpliendo la norma de tránsito y acompañada por su gran amiga Rosa Pedercino que igual que Silvia tiene 57 años. Venían de una reunión de amigas y Silvia la llevaba a casa. De pronto, un maldito huracán descontrolado de 4 ruedas la impactó de atrás con una fuerza colosal. Le arrancó casi medio auto. Un auto partido al medio difícil de reconocer como auto. Un amasijo de chapas y fierros con olor a nafta.
Silvia murió y Rosa está internada grave en terapia intensiva.
Silvia estuvo 5 horas adentro de esa tumba de hierro retorcido. Los tres irresponsables que produjeron su muerte, estuvieron apenas 7 horas en la comisaría. Los dejaron en libertad con una velocidad que asusta más que la velocidad con la que habían acelerado sus autos en plena avenida Maipú de Vicente López.
¿Se da cuenta lo que le digo? El cadáver de Silvia todavía estaba caliente cuando estos tipos, me niego a llamarlos chicos, ya estaban en sus casa y con su carnet de conducir en el bolsillo dispuestos a seguir manejando si se les cantaba.
A esta altura no nos entra en la cabeza la facilidad con que los jueces liberan a los victimarios en todo tipo de delitos. La señal hacia la sociedad es terrible: no respetes la ley, total no pasa nada. Eso nos lleva a la ley de la selva. Es una sociedad sin castigos. Una justicia que está en deuda, muy cuestionada y que deberá examinarse y ver de qué manera recupera la credibilidad y la confianza de la sociedad.
Los magistrados deberían dejar un poco la frialdad de un expediente o de la letra estricta y escuchar y contener un poco a los familiares de las víctimas. Ponerse en el lugar del otro. La sensibilidad frente al drama ajeno es una virtud.
Había que ver los rostros desencajados de las hijas de Silvia Cabrera. Los ojos secos de tanto llorar lágrimas negras del luto. Con un micrófono adelante, las flamantes huérfanas decían lo que dicen todos: “Que esos muchachos son asesinos y de quieren que haya una justicia ejemplar”.
Silvia era una docente ejemplar. Desde los 19 años se subía al tren para ir a la escuela que en ese momento era rural y le llamaban “el colegio de los tranvías”. Los alumnos con problemas de aprendizaje a consultaban a ella en el gabinete sicopedagógico. Era profesora de Lengua y Literatura. Tenía una diplomatura en autismo para ayudar mejor a esos chicos. Le daba una mano a un comedor popular pese a que estaba separada y era el sostén de esa casa con 4 hijos y tenía que hacer un esfuerzo para llegar a fin de mes y pagar el alquiler.
Eran 5 hermanas y hoy son 4. Una de sus hijas dijo algo terrible: “Le preguntaría a la madre de Tomás – el que le dio de lleno con su auto al auto de su madre – si se siente orgullosa de su hijo y si le puede seguir llamando hijo. Es un dolor inconmensurable, una llaga abierta potenciada con el ácido de la impunidad.
Fue tan grande la indignación de los vecinos de Vicente López y de la comunidad educativa que el fiscal Alejandro Guevara, después de ver el video del crimen sobre ruedas, pidió que los detengan nuevamente a los culpables. Y le reclamó al juez de garantías Esteban Rossignoli que cambie la carátula. De “homicidio culposo”, que es excarcelable a “homicidio simple con dolo eventual” que tiene una pena de 8 a 25 años de prisión. Dicen que por lo menos ya les sacaron sus licencias de conducir. Es lo mínimo que se puede pedir para que no sigan transitando por las calles como si Silvia no estuviera muerta y Rosa no estuviera en terapia intensiva peleando para no morir.
Le recuerdo que tenían el triple del alcohol en sangre permitido. Que iban a 140 kilómetros por hora, 80 más que lo que lo que marcan las señales y no sé si no les cabe también el castigo por abandono de persona.
Los familiares piden que mientras se realiza el juicio, los victimarios queden en prisión preventiva porque se podrían dar a la fuga o entorpecer la investigación. Recuerdan el caso de Ezequiel Ruiz. Tenía 13 años y en su primer día de clase en el secundario, lo mató un colectivero. Cuando lo fueron a buscar el chofer del micro ya se había fugado con su familia.
¿Cuándo terminará el terror de estas muertes que producen escalofríos?
¿Se acuerda de la publicidad que decía que cada auto es un arma? ¿Seremos conscientes que manejamos un arma cuando manejamos? ¿Qué con ese volante y ese cambio al piso podemos matar y morir? A esta altura hay un síntoma social.
Parecen una expresión del grado de locura y stress en el que vivimos. Dicen los expertos que hay gente que propone elevar las velocidades máximas porque su ansiedad es incontrolable. Viven a mil por hora y no pueden parar. Así manejan y así mueren y matan, a mil por hora. Y eso que el estado hace lo que puede aunque es verdad que puede hacer más. La educación vial en las escuelas, las multas fotográficas, controlar el estado de las rutas, sancionar duramente a los que conducen borrachos o drogados, se apela a todo y por momentos parece que la cantidad de muertos afloja pero después vuelven a crecer. Es un tema cultural que habla muy mal de nosotros.
Es muy doloroso reconocerlo pero todos los años, números más o menos, muere un estadio Luna Park lleno de argentinos por estas causas. El año pasado murieron 7.268 personas. Esto es más de 20 por día. Un suicidio colectivo.
¿Se da cuenta lo que estamos diciendo? ¿Tiene real dimensión de esta especie de exterminio colectivo sobre ruedas? ¿Qué nos pasa? ¿Somos tan indisciplinados, tan soberbios y tan prepotentes que no nos importa nuestra vida ni la de nuestros semejantes?¿No sabemos que transportamos a nuestros seres más queridos por una ruta que puede conducir al cementerio?
Y siguen apareciendo compatriotas que no usan el cinturón de seguridad, o que llevan a sus hijitos sentados adelante o los motociclistas que se niegan a usar cascos. Tenemos que acostumbrarnos a cumplir las normas. A convertirlas en hábitos culturales transformadores. Es en defensa propia. Por eso hay que educar, prevenir pero también castigar a los que ponen en riesgo lo más sagrado que tenemos. Tenemos que defender la vida. Luchar por bajar los índices de mortalidad en las rutas y en las calles. Hay que conducir a conciencia. Ocho de cada diez accidentes son producto de la imprudencia o la impericia de los que manejan. No por fallas mecánicas. Es por fallas humanas. De personas como cualquiera de nosotros. Hay que recuperar nuestra sensibilidad. Nuestra responsabilidad ética y ciudadana. Estamos demasiado locos. Vamos demasiado rápido a ninguna parte. Hay cierto salvajismo que nos degrada ante nuestra propia conciencia y ante nuestra propia familia. Es hora de bajar un cambio y de levantar el pié del acelerador. Es hora de hacernos cargo.