Hace cinco meses escribí y dije esta columna. Pero ocurrió algo insólito. Por algún motivo que desconozco se viralizó esta semana. Desde las más lejanas y diversas geografías me la comentaron y me agradecieron. El fenómeno espectacular de las redes sociales multiplicó hasta el infinito el audio y el texto y los pedidos de que la volviera a poner en el aire libre de radio Mitre. Ahí va: segunda vuelta en día feriado.
Quiero hablarles de lo que considero uno de los temas más importantes de nuestra existencia. Buscar una respuesta a la siguiente pregunta: ¿Cómo vivir bien para morir bien?
Debo agradecerle primero a Enrique Bianco que me hizo conocer un escrito que hizo Mariana Jacobs. Ella trabaja en cuidados paliativos. Es una especialidad de la medicina que se encarga de acompañar a los pacientes en situación extrema y cuando están a un paso de la muerte. Mariana escribió un texto conmovedor donde cuenta todo lo que aprendió en su trato con seres humanos en estado terminal. Quiso compartir esa experiencia que te sacude hasta la fibra más íntima.
Primero, el trabajo.
Dice Mariana que los que se enfrentaban con la muerte inminente le enseñaron que hay que bajar 50 cambios. Que no importa la gravedad que parezca tener lo que te pasa hoy en el laburo. Nada es tan grave. El trabajo es lo que haces, pero no lo que sos. Si nuestra identidad sólo pasa por nuestro trabajo eso se convierte en una fuente segura de sufrimiento y stress. Todo lo que pasa en la vida cuando terminas de trabajar es lo que más valoras cuando todo se termina y entras en el túnel negro. ¿Qué es lo realmente valioso? Ella dice que nunca en todos los años que acompaña a personas hasta la muerte escuchó a alguna que le dijera que le daba pena morirse porque le hubiera gustado trabajar más, ganar más plata o tener un mejor puesto en la empresa. Nunca nadie le dijo algo semejante, ni una sola vez. Claro que esto no significa que el trabajo no importa. Yo agrego que en mi caso, por ejemplo, mi oficio es parte de mi disfrute, de mi felicidad cotidiana porque tengo la bendición de trabajar en lo que amo. Es mi vocación. Es lo que me da orgullo. Siento que me completo como ser humano y que de paso puedo ser más útil a la comunidad en la que vivo y en la que vive mi hijo.
Lo que Mariana dice, y la entiendo, es que a la hora del balance final, todos añoramos a nuestros hijos y a nuestros padres, todos lamentamos no haber compartido más tiempo con ellos.
Para decirlo en el más crudo castellano: ¿Cuánto tiempo perdimos ocupados y preocupados por boludeces sin tirarnos en el suelo a jugar con nuestros hijos, en contarles un cuento en voz alta, en abrazar fuerte y entrevistar a nuestros padres para conocer más de sus vidas y por lo tanto de nuestras vidas. ¿Cuántas veces por un compromiso formal y laboral postergamos una comida con amigos o una salida al campo o ir a la cancha a gritar por nuestro equipo? En síntesis, cuantas veces nos perdimos de hacer cosas que nos producen felicidad sin ningún otro objetivo que ese. Mi sicoanalista lo sintetiza cuando me dice: tenés que hacer cosas donde vos puedas sacar sin poner. No podes estar poniendo todo el tiempo. El Doctor López Rosetti muchas veces receta de verdad, con formulario y todo y de puño y letra, más sexo, más cine, más encuentros con amigos y familia. Más mimos con tu pareja, más besos, más cama y menos burocracias y pavadas cotidianas. No hay mejores remedios para curar cualquier mal que esos.
Cuando todo se termina, nadie se arrepiente de no haber comprado un auto más caro o de no haber tenido un puesto de gerente más alto. ¿Qué importa cuántas sucursales abriste y que imperio económico pudiste levantar?
Otra enseñanza que los pacientes antes de cerrar sus ojos para siempre le dieron a Mariana es no haber escuchado más lo que le decía su instinto, su panza o su conciencia. Porque aguantó tanto tiempo a ese jefe que odiaba o se bancó a tal pariente que no podía ni ver. Nadie lo obligaba y sin embargo se cargaba de broncas y puteadas sin necesidad. La ira se multiplica y luego es difícil extirparla. Hay que patear más tableros. Tener honestidad brutal con nosotros mismos. No pensar en el que dirán. Pensar en lo que más placer me produce. Cuando ya no tenemos más tiempo nos lamentamos de todo el tiempo que perdimos en boludeces a las que solo nosotros nos obligamos.
El tiempo es lo más valioso que tenemos, dice Mariana. Y creo que tiene razón. El tiempo y la calidad que le demos a la utilización de ese tiempo. ¿Por qué no me anime? Tendría que haber mandado todo a la mierda. No me atreví a vivir en otro país. Me autocensuré en mis fantasías.
El tiempo no vuelve. El reloj no retrocede.
A dónde irán los besos que guardamos, que no damos
dónde se va ese abrazo si no llegas nunca a darlo
dónde irán tantas cosas que juramos un verano dice la poesía talentosa de Víctor Manuel.
No hay apariencia que nos haga mejores. Solo se trata de vivir. Y de viajar. Dicen que viajando se fortalece corazón y te hace olvidar del anterior, según el evangelio de San Lito Nebbia. Ojalá que eso suceda así podrá descansar la pena, hasta la próxima vez.
Hay otra carga pesada que nos hace transitar muy lentamente y en forma sufrida. Son las broncas que acumulamos, las facturas que tenemos para cobrar, los odios que nos envenenaron el alma. Los que se mueren lamentan no haber tirado ese lastre por la borda. Le confieso que yo digo esto pero me cuesta muchísimo llevarlo a la práctica. Conscientemente sé que debe ser así. Pero no me resulta fácil que sea así.
Me han hecho mucho daño y me cuesta sacarme la bronca de encima. Y a los que le hicieron daño a mi hijo, confieso que los aborrezco y que no los puedo olvidar tan fácilmente aunque me lo proponga. Le doy mucho valor a la dignidad de las personas y a los que se plantan frente a las injusticias. Hay que tener un coraje y una voluntad que después es muy difícil transformar en olvido. O en memoria. Perdonar, reconciliar, olvidar, borrón y cuenta nueva son cuestiones complicadas. Tal vez la fe religiosa que yo no tengo ayude a esa liberación. Mucha bronca y odio nos enferma a nosotros y nos hace iguales que nuestros enemigos.
Se trata de valorar lo que se tiene y no lamentarse todo el tiempo por lo que se perdió. De cicatrizar heridas y mirar para adelante. Y de agradecerle a la vida todos los días. Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me dio dos luceros que cuando los abro distinto lo negro del blanco, los dos materiales que forman mi canto, decía Violeta Parra.
Todo finalmente termina en el amor. En el amor a nuestros hijos y padres, a nuestra pareja, a nuestros semejantes. Esa capacidad de dar y recibir afecto nos hace más plenos y felices, aunque suene medio de bolero romanticón.
Mariana aprendió muchas de estas cosas de sus pacientes a punto de morirse. Y ella lo quiso compartir con otra mucha gente. Es una frase que dice para morir bien hay que vivir bien. Que cada minuto valga la pena. Que no aflojemos nunca en la batalla por ser felices y hacer felices a nuestros semejante. Solo se trata de vivir bien para morir lo más sano posible. Sólo se trata de vivir, antes de que sea demasiado tarde para lágrimas.
María Elena en la villa – 12 de agosto 2016
Siempre le digo que yo estoy seguro, absolutamente seguro de que todos los días hay una buena noticia. Esta semana, el jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta nos confirmó aquí en radio Mitre varias muy buenas noticias. Primero que el Ministerio de Educación se va a instalar en los terrenos de la villa 31. Que ese edificio va a ser el eje de un polo educativo que va a tener escuelas primaria y secundaria y un jardín de infantes. Y que todo esto será la avanzada de un proyecto para integrar a los habitantes de la villa, para sumarlos y dejar de estigmatizarlos, para incluir definitivamente a esas 43 mil personas que viven en casillas precarias algunas de las cuales tienen hasta seis pisos. No importa la caracterización ideológica que usted haga del gobierno de Cambiemos: esa es una medida progresista en el más puro sentido de la palabra. Esa es una decisión luminosa que beneficia a todos los habitantes de la ciudad pero, especialmente a los que más sufren. La noticia no tuvo una gran cobertura de los medios pero yo creo que es una de las mejores que hemos registrado en los últimos tiempos. Pero, como si esto fuera poco, la frutilla del postre, es el nombre. ¿Sabe cómo se va a llamar el moderno edificio del ministerio de Educación que se construir en la villa 31? ¿Sabe cómo van a bautizar a ese avance monumental? ¿Cómo dice? Néstor Kirchner. No señor. No lo diga ni en broma. Eso era antes. El edificio se va a llamar María Elena Walsh. Y esta es la mejor noticia de todas. Porque además del rol del estado que fomenta la igualdad de oportunidades la señal que se da con el nombre es casi la mejor síntesis que podemos encontrar los argentinos de educación, cultura y honradez. María Elena Walsh es todo eso y mucho más. Y esta idea me motiva otra idea. Por extensión, el barrio, la villa 31 debería llamarse también María Elena Walsh. ¿No le parece? Sería la mejor hada madrina para que cuide a todos los chicos que a pesar de las dificultades quieren aprender y progresar.
Dicen que cuando María Elena murió, se elevó al cielo como una bandera de libertad. Por eso, si me permiten, me gustaría decirles que yo no creo demasiado en su muerte. Ni en la de María Elena ni en la muerte de la libertad. La historia demuestra que son llamas que arden para que la vida sea vida. Y que no se apagan jamás.
Yo le creo más a ella cuando dice que tantas veces la mataron, que tantas veces se murió y sin embargo está aquí resucitando. En eso creo. En que ella volverá y será millones de benditas mujeres de esta tierra que nos seguirán ayudando a ser felices y a pensar. No tengo dudas de que María Elena sigue estando al lado nuestro cada vez que la necesitamos para que navegue por nuestra conciencia y nos ayude a ver lo mejor y lo peor de nosotros. Ese fue, es y será siempre el gigantesco aporte inagotable de María Elena. A su talento para bordar letras y melodías o para darle a las palabras alas y colores como decía José Martí, le agregó esa capacidad para decir las cosas de frente, sin pelos en la lengua, con la polémica y el coraje en el bolsillo.
Por eso revolucionó el lenguaje. Porque fue la primera en no tratar a los chicos como si fueran tontos. Fue la primera en sacarle el almidón escolar y severo a las canciones, en hablar jugando, en cantar divertido, en crecer con sonrisas. Por eso Manuelita con su nueva estética y su vieja ética quedó grabada a fuego en el corazón de las multitudes. Un día María Elena se marchó, igual que Manuelita. Tuvo dos viajes que la refundaron. Fue a Estados Unidos invitada por Juan Ramón Jiménez aquél de la literatura inolvidable de “Platero y yo”. Y a Europa de la mano de Leda Valladares para huir de un peronismo que le sonaba autoritario y para armar un dúo inolvidable de vidalas, de bagualas y de vinchas. En París se enriqueció “lícitamente”. Su sensibilidad y su espíritu se multiplicaron interactuando con George Brassens, Jaques Brel, Charles Aznavour, Ives Montand, Pablo Neruda y la mismísima Violeta Parra. Fue su propia serenata para la tierra de uno, una de las canciones más hermosas que se han escrito sobre estas tierras y sobre estas pasiones inmigrantes y criollas que en ella se mezclan. ¿Se acuerda? ¿Me permite?
“Porque me duele si me quedo/Pero me muero si me voy/Por todo y a pesar de todo, mi amor/ Yo quiero vivir en vos.
¿Me deja seguir?
“Por tu decencia de Vidala/ Y por tu escándalo de sol/Por tu verano de jazmines, mi amor/ Yo quiero vivir en vos…
¿Qué maravilla, no? Por el idioma de infancia, por tus antiguas rebeldías. Casi nadie modeló la ternura y la ironía para hacerla belleza como ella. Siente lo que pasa, presiente lo que pasará. Mucho antes de que los dictadores argentinos inventaran la desaparición forzada de personas escribió: “Tantas veces me borraron, tantas desaparecí, a mi propio entierro fui/Sola y llorando/Cantando al sol como la cigarra/ después de un año bajo la tierra/ igual que sobreviviente que viene de la guerra.
Descubrió el ADN de nuestro país cuando habló del Reino del revés. Nadie baila con los pies. Un ladrón es vigilante y otro es juez. Esa editorial cantada por todos la escribió hace 50 años y parece que fuera hoy. Si hasta los trabajadores del INDEC aprovecharon su melodía para quejarse cuando Guillermo Moreno los intervino porque dos más dos empezaron a ser tres.
Un día sacudió a la temible y blindada dictadura militar desde Clarín con un texto que pasó a la historia. ”Desventuras en el país jardín de infantes”, se llamaba. Y fue un golpe cultural demoledor al golpe militar. Y vino la democracia y vino Alfonsín que le ofreció un lugar en la política y otro en la tele junto a María Herminia Avellaneda. Y vino el peor de los dramas de 6 letras pero innombrable. Y ella le puso el cuerpo y las agallas para agarrar al cáncer a cachetadas y a los gritos. Lo maltrató, lo expulsó de su cuerpo, lo mantuvo a raya fuera de sus límites. Vade retro satanás. Y se puso de pié nuevamente, como La Cigarra. Y todos los argentinos dimos gracias a la desgracia y a la mano con puñal porque la mató tan mal y siguió cantando.
María Elena nos hizo mejores a todos. Nos hizo más felices y pensantes. Nos hizo más chicos y más grandes. Nos hizo más alegres y llorones. María Elena de la palabra, María Elena de la conciencia, María Elena de la decencia. Una vida militando en la imaginación no es poco. Una vida militando en la libertad lo dice todo. María Elena, nos hizo más y mejores argentinos, si eso es posible. Y la demostración más cabal de que eso es cierto es que el edificio del ministerio de Educación que será construido en la villa 31 recogerá su nombre y lo llevará como bandera a la victoria. Y tal vez algún día dejemos de ser un país jardín de infantes.
Un asesino llamado Paco – 11 de agosto 2016
Hoy el diario no habla de Ramón. Habla de otros pibes como Ramón que uno puede encontrar tirados en la esquina de cualquier villa o en los umbrales de los edificios. Es muy fácil reconocer a los Ramones que nos parten el alma y nos desgarran el corazón. Tienen ojos pero no tienen mirada. Tienen piel pero no sienten. Parecen espectros. Se chocan con las paredes al caminar y hablan con la lengua pesada. Son los chicos del Paco. Son los hijos más desprotegidos y desamparados de esta sociedad. Son niños cada vez más chicos que fueron atacados por el principal enemigo del pueblo que es el Paco.
Creo que es la peor noticia que leí en el diario en mucho tiempo. Una nota de María Paz Paniego revela que entre los excluidos ahora consumen paco chicos desde los 10 años. ¿Se da cuenta lo que le digo? Piense en su hijo, en su nieto, en un sobrino de 10 años e imagine lo que puede ser de su vida y de su muerte si entra en ese pantano criminal del Paco. Es terrible la noticia porque hasta hace poco tiempo la edad de iniciación era a los 13 años. Pero ahora hay chicos como Ramón que vive en la calle a la vuelta de mi casa, que apenas cumplió los diez años y su cerebro y su cuerpito ya fue asaltado por el deshecho de la pasta de cocaína que ellos llaman casi familiarmente Paco.
Es letal el efecto que produce. En un par de meses les quema la cabeza y los transforma, pobrecitos, en despojos humanos. Ramón suele estar despierto deambulando cuatro días seguidos y después de desploma en cualquier lado y duerme por 48 horas. Ramón no tuvo y no tiene nada. Cuando puede hablar y caminar por su cuenta se dedica a pedir monedas, a hacer de campana en algún robo menor o directamente a vender paco para poder comprar paco. Es un círculo vicioso del peor de los vicios. Es un círculo que lo asfixia y lo liquida como persona. Ramón no tuvo padres. O mejor dicho tuvo uno borracho que le pegaba todos los días y que intentó abusarlo. Una madre que no da abasto con los otros 7 hermanos y una condena casi inhumana a vivir sin casa sin escuela sin club, sin afecto, sin abrazos, sin risas, incluso, muchas veces, no tienen ni DNI. Les quitan hasta la identidad. Ellos se dirigen hacia los demás con la palabra “amigo” pero no tienen amigos. Como Ramón no tiene nada a veces se confunde y cree que el Paco es su amigo. Porque lo anestesia, lo duerme para que los golpes terribles de la vida le duelan menos mientras lo llevan directamente a la muerte.
Durante la última década el abandono fue terrible. La ausencia del estado fue con premeditación y alevosía. ¿Se acuerda de Aníbal Fernández diciendo que Argentina era un país de tránsito y nada más? ¿Se acuerda de semejante mentira? ¿Se acuerda de Cristina mirando para otro lado con una gran responsabilidad y una gran irresponsabilidad por todo lo que creció este veneno y el narcotráfico durante la década ganada por ellos? Para gran parte de los hermanos argentinos que fueron marginados socialmente fue la década del Paco. Alguien debería rendir cuenta por haber dejado crecer a semejante enemigo. Y como en tantos otros temas optaron por ocultar el tema en lugar de solucionarlo y en el 2009 cerraron el Observatorio Argentino de la Droga y ya no tuvimos más datos certeros para combatir a este enemigo de todos.
El resultado es feroz. Cada día más chicos consumen más Paco y cada vez esos chicos son más chicos. Lo único que es cada vez más grande es el drama que tenemos y que tenemos que solucionar en forma urgente.
Lo miro a Ramón y me gustaría poder asegurarle eso. Que vamos a hacer algo por él. Lo miro fijo y me estremezco. Es un muerto en vida y un asesino en potencia. Tiene los ojitos chiquitos, las uñas mugrientas, los dientes picados. Le pregunto qué le pasa y me dice que nada. Nada de nada. Su voz es un hilito y casi no tiene fuerza para levantarse. No tiene olor a alcohol. Su cuerpo es un despojo. Es piel y hueso de verdad. Se mueve en cámara lenta y me pide 10 pesitos para la birra. Para el paco, le digo yo. “Si capo, para el paco, capo, no aguanto más capo. Dame diez pesitos.” La verdad es que no sé qué hacer. No tengo miedo porque está tan débil que con un empujón me lo saco de encima. Pero quien sabe si tiene una sevillana o un revólver. No sé qué hacer. Si llamar a una ambulancia o a la policía. O gritar mi espanto o pegarme un tiro en los huevos. Ramón es argentino y su madre paraguaya. Vive o mejor dicho sobrevive en Ciudad Oculta. Es un sobremuriente del paco. Es un integrante de ese ejército de fantasmas degradados por la marginalidad y el maldito paco que forman más de 200 mil argentinos. ¿Escuchó bien? Más de 200 mil argentinos casi todos pobres de toda pobreza y casi todos pibes están fabricando su propia muerte con esas pipas asesinas. El humo les tritura las neuronas. En seis meses se convierten en monstruos con un lejano parecido a los seres humanos. Se transforman en adictos a la peor adicción de todas. Es tan incontrolable la necesidad que tienen que casi de inmediato salen a robar lo que encuentran. Y si alguien les hace frente son capaces de asesinarlo. Y si no le hacen frente, también. Matan antes de morir. La vida vale diez pesos, capo. Ramón se pondrá violento en un rato. Nada lo calma. Solo el Paco y por media hora. Tiene 10 años pero parece mucho más. Su cara de pibe tiene rasgos de viejo. Hay más de 200 mil ramones dispuestos a matar y a morir por el paco. ¿Qué estamos esperando los argentinos para reaccionar? ¿Qué están esperando los gobiernos para atacar a este enemigo de todos que es el paco? ¿No es suficiente drama social como para juntar al Presidente a los gobernadores a los intendentes y a la sociedad civil. ¿A nadie con poder se le ocurre iniciar una epopeya contra el paco? Convertirlo en un tema de estado. Convocar a todos los argentinos. Recuperar a esos miles ramones y extirpar el paco de la faz de nuestra tierra. Hay miles argentinos que son carne de cañón y este país no hace nada o hace muy poco por ellos. Es un genocidio silencioso que no vemos o que nos negamos a ver. Ya que hay tanta gente con ganas de instaurar la pena de muerte, sería bueno que no nos organicemos como sociedad con el estado a la cabeza y matemos al paco antes de que el paco nos mate a nosotros.