Todos los días, el matrimonio más corrupto de la historia democrática, queda desnudo en sus delitos de lesa inmoralidad. Néstor y Cristina como generales del plan sistemático para saquear del estado parieron una casta de ladrones que en muchos casos están en la cárcel de Ezeiza y en otros casos marchan rumbo a ese lugar a paso redoblado.
Asombra al mundo la magnitud, la extensión y la profundidad de las montañas de dólares y euros que le robaron al pueblo más necesitado de la Argentina. Solamente con recorrer los pasillos de tribunales de estos días impresiona la impunidad y la desfachatez que tuvieron para apropiarse de lo ajeno, o de ser chorros como le dijo Margarita Stolbizer a la mismísima Cristina que la había acusado de burra.
Cristina está atrapada sin salida en varias causas. La ruta del dinero, Hotesur, Los Sauces pero también demuestra su voracidad y codicia sin límites en otras causas que parecen menores pero muestran la calaña de la ex presidenta. Me refiero a que Lázaro Báez le pagaba las expensas del departamento en Recoleta donde vive ahora. O que la tripulación Aerolíneas Argentinas durmiera en el hotel de la familia Kirchner o que sus propiedades fueran alquiladas por Lázaro y Cristóbal. ¿Es necesaria tanta bulimia por el dinero? ¿Hasta las expensas se hacía pagar Cristina por su empleado Lázaro Báez? Quería el oro y también los centavos.
A Amado Boudou lo dejo para el final porque está involucrado en lo que a mi criterio es la peor de todas las causas judiciales. La estafa más nefasta.
Después de Néstor, Cristina y Boudou, en la jerarquía de la banda venían Julio de Vido y Aníbal Fernández. Son los dos personajes más desprestigiados de la Argentina. Ambos tienen 40 puntos porcentuales de diferencial negativo. Se ve que la gente no es tonta y detecta a los lugartenientes de la megacorrupción de estado a cielo abierto que instalaron los pingüinos.
A don Julio acaban de confirmarle el procesamiento y un embargo por 600 millones de pesos en el siniestro de estación Once donde murieron 52 personas humildes y trabajadoras. Y digo siniestro en el más amplio sentido de la palabra. Por ejemplo el siniestro concubinato entre gremialistas, empresarios y funcionarios kirchneristas unos más corruptos que otros. Allí hay que sumar a Ricardo Jaime, el corrupto confeso, que viene ganando el campeonato de mayor cantidad de procesamientos y que pasará un rato largo en prisión. La gente de Vialidad actual lo denuncia por fraude y asociación ilícita por las obras con sobreprecios atómicos que recibía Lázaro por trabajos que muchas veces no terminaba. A De Vido y Jaime además, los llamaron a indagatoria por esa empresa insólita única en el mundo de la aviación. Diez años pagando sueldos y nunca tuvo un avión y por supuesto lo único que volaron fueron los cheques.
Aníbal Fernández está procesado por otra estafa repugnante. El Plan Qunitas le metió la mano en el bolsillo a las embarazadas más desposeídas y encima las cunas que les dieron eran de tan mala calidad que se desfondaban en 5 minutos. Después se llaman a sí mismos nacionales y populares. Pero lo que tiene entre las cuerdas a Aníbal es que en donde aparece la palabra efedrina o drogas o narcos de inmediato aparece su nombre y apellido. Hablo del intento de apropiación del Sedronar, de los negocios con los precursores químicos, del triple crimen y del doble crimen. Todos los caminos conducen a Quilmes.
Lázaro y sus hijos van derechito al juicio oral. El doctor Cassanello está por resolverlo. Y de paso encargó al fiscal Marijuan que siga adelante con la confirmación de los vínculos con la familia Kirchner.
No le creo mucho a Antonio Stiuso que fue un agente de inteligencia a las órdenes de Néstor, pero dijo que Cristina mandó a matar a Nisman y que con Aníbal lo quisieron matar a él también. No fue magia, fue mafia.
Ni que hablar de Ricardo Echegaray y José Sbatella, los escudos protectores de los corruptos que según denunció Ibar Perez Corradi también metieron la mano en la lata en el caso del ex titular de la AFIP. O de Cristobal López al que acaban de inhibirle todos sus bienes. Se apropió de los 8.000 millones de pesos que recaudo solo como agente de retención, la misma gambeta a la ley que hizo otro dueño de medios cristinistas, Sergio Spolski que vaciaba empresas y se metía a su bolsillo 85 millones de aportes previsionales que les robó a sus trabajadores mientras recibía más de 300 millones de pesos de pauta oficial otorgada por Cristina. Cínica y con cara de piedra la ex presidenta autora intelectual de este desfalco de Spolski fue a solidarizarse con los laburantes que se quedaron en Pampa y la vía, colgados del pincel y encima patoteados por un presunto comprador.
Ese rápido resumen híper sintético es apenas un mínimo porcentaje del robo del siglo de la era de los Kirchner. Batieron todos los records. No hay antecedentes de semejantes malandras de estado. Fueron barriles sin fondo, insaciables.
Todo esto es gravísimo e inédito en la vida democrática. Pero creo que lo más grave fue haber ensuciado el pañuelo blanco de Hebe de Bonafini con el dinero negro y sucio de la corrupción. Ese ratero disfrazado de guevarista que hoy es Amado Boudou junto a la jefa de las Madres se fumaron 260 millones de pesos mediante un fideicomiso. Eso lo denunció Sergio Schocklender al que Hebe definió como a un hijo y que conocía bien de adentro todos los chanchullos y estafas. Esa pesadilla compartida alimentada por José López, el que tiene monjitas como ayudantes para esconder bolsos con 9 millones de dólares y por De Vido tenía la orden de Néstor primero y de Cristina después. La corrupción y la conducción del estado se centralizaron y condujeron con mano firme. Pero el día que murió Néstor todo se desmadró. Fue como una voz que les decía: muchachos, ahora ustedes también pueden robar. Y todos se lanzaron desenfrenadamente al deporte del enriquecimiento ilícito y al equipo de la asociación ilícita. Terminaron en vulgares ladriprogresistas los que soñaron con ser próceres de la emancipación nacional. En su cuesta abajo arrastraron convicciones, ilusiones, y mancharon para siempre a los derechos humanos. Los vaciaron de contenido y los llenaron de dólares sucios. Los Kirchner profanaron la bandera sagrada de los derechos humanos, los corrompieron y luego de usarlos como cobertura para sus actos delictivos los arrojaron a un costado del camino. Eso es imperdonable. Fueron mucho más que chorros de estado. Se robaron hasta las ilusiones y convirtieron algunos símbolos en la imagen de la decadencia. Un pañuelo blanco tapando la plata negra. Toda una metáfora de los que fueron los Kirchner.
Favaloro x 93 – 12 de julio 2016
Ese emblema de lo mejor de los argentinos llamado René Gerónimo Favaloro hoy cumpliría 93 años. Por eso hoy es el día de la medicina social. Al doctor de los doctores le gustaba decir que “el nosotros siempre estuvo por encima del yo”. Solidario hasta el dolor, como quería la Madre Teresa. Ante tanta mugre de estado producida por los Kirchner, ante tanta vergüenza ajena por tanta corrupción de estado, recordar su figura nos llena los pulmones de un aire de esperanza y nos sirve como el mejor de los espejos.
Celebrar su nacimiento nos hace olvidar uno de los días más tristes de nuestra bendita Argentina. El día en que el doctor Rene Favaloro se pegó un balazo en el corazón. Justo el que salvó miles y miles de vidas. Justo él, que derrotó miles y miles de muertes, justo él. Solo, abatido, cansado de luchar contra la burocracia y la mediocridad, uno de los argentinos más grandes de todos los tiempos nos pegó un cachetazo brutal para despertar nuestra conciencia ciudadana. Justo él que vino a ofrecer su corazón generoso como ejemplo a toda la sociedad.
René Gerónimo Favaloro tuvo a lo largo de su vida la posibilidad de manipular dos de los elementos más nobles que existen sobre la tierra: la madera y los corazones. Y trabajó con respeto sobre ellos. Los mejoró con su precisión de cirujano y su sensibilidad artística de ebanista. Sus manos gigantes, manos como patios como dijo Horacio Ferrer de Anibal Troilo, eran expertas a la hora de esgrimir las gubias que aprendió a utilizar en la carpintería de su padre y el bisturí que dominó como nadie. Favaloro era un artesano que trabajaba con las manos y el cerebro para resucitar corazones. Por eso todavía duele tanto su partida. Por eso su memoria nos interpela. Porque era un científico admirado por las elites intelectuales pero había sido parido entre los hombres más sencillos de La Pampa.
Su etapa de médico rural en Jacinto Arauz lo marcó para siempre. Le fortaleció las raíces y modeló su identidad. Doce años de su vida los dedicó a enriquecerse humanamente en el campo, ayudando a los que menos tienen, poniendo el cuerpo y las neuronas donde había más necesidades. Se hizo hombre del pueblo en la profundidad de nuestra patria. Aprendió a escuchar y valorar los silencios. Ese intenso color azul del jacarandá y los aromas de la salsa de tomate y hongos secos que era su especialidad a la hora de agasajar a sus amigos con una pasta amasada y cortada a cuchillo por el mismo como si fuera hecho por un cirujano. El pueblito pampeano fue su plataforma de lanzamiento hasta asombrar al mundo y recibir todos los premios que se pueda imaginar. Todos lo condecoraron como uno de los grandes precursores de la cirugía cardiovascular de todos los tiempos.
En Estados Unidos desarrolló su obra cumbre: el By Pass o puente. Sacó del fondo de su alma su habilitad conseguida en el taller de carpintería de su padre y del pulso firme y minucioso de costurera de su madre modista. Trabajaban 14 horas por día igual que su hijo. Hizo una clara opción por lo pobres y fue de una austeridad y una generosidad inmensa. Fue un hombre del pensamiento nacional y popular. Siempre decía que los datos de la mortalidad infantil y la concentración de la riqueza eran claves para medir a un modelo injusto que él llamaba Neofeudalismo. Fue un adelantado. Como si hubiera presentido lo que nos pasó en estos últimos 12 años. Jamás hizo nada ni por dinero ni por poder. Sus valores eran otros. Era de otra madera. Amaba la historia argentina y a San Martín. Su máxima felicidad era ir a pescar y alquilar un autito y dormir donde lo agarraba la noche. Y hablar de las cosas de la vida y de la muerte con los campesinos.
La vida lo castigó demasiado. No pudo tener hijos biológicos con María Antonia, su novia de la secundaria y su esposa de siempre. La muerte de Juan José, su único hermano. Jamás olvidaré el día que operó a mi viejo porque nadie se atrevía a operarlo. Me abrazó junto a mi madre y mi hermana y recién salido del quirófano, nos dijo: “Salió todo bien. Quédense tranquilos. Perdió poca sangre. El 93% que me corresponde salió bien. El 7% restante le corresponde a Dios y hasta ahí no llego”. Todavía me resuenan sus palabras, su vozarrón campechano y esa caricia en el alma que nos hizo cuando nosotros éramos un pantano de dolor y angustia.
Rene Favaloro fue el mejor producto que salió del barrio El Mondongo. Se encendía su mirada cuando contaba cien veces los goles de Gimnasia y Esgrima y decía “fulbo”, como el más sencillo de los hinchas. Hoy lo extrañamos como nunca. Necesitamos de su molde. Para que nazcan argentinos a su imagen y semejanza. Militantes de la cultura del esfuerzo y la excelencia. Plantados sobre nuestra tierra. Con la ética y la honradez como bandera. Hoy lo necesitamos más que nunca para demostrar que no todo es corrupción, trepadores del poder, autoritarios y soberbios. Que la patria no se devora a sus mejores hijos. Que se puede ser argentino de otra manera. Como Rene Favaloro que en paz descanse.
Una sola bandera – 11 de julio 2016
Fue muy emocionante ver ese océano de banderas celestes y blancas tan agitadas como el corazón. Fue una celebración de todos los argentinos y no solamente de un grupo político. Esta vez nadie fue por obligación ni fue trasladado en colectivo. Todos los que fueron a los festejos del Bicentenario de la patria fueron porque tuvieron ganas y se movilizaron en forma espontánea. Y fueron muchos. Verdaderas multitudes en Jujuy, en Tucumán, en Capital y en muchos rincones de la Argentina porque esta vez los actos fueron realmente federales, diseminados a los largo y a lo ancho del país. El Bicentenario de Cristina fue muy distinto al Bicentenario de todos. Para empezar, la ex presidenta, mano suelta con su demagogia y el dinero de todos, gastó 36 millones de dólares. Este fin de semana solo se gastaron 4 millones. Ocho veces menos. El gobierno de Macri ya publicó en internet en un detalle minucioso de los gastos y cuanto cobraron los artistas que participaron, algunos, mucho menos del cachet que cobran en sus actuaciones privadas. Eso fue un aporte que hicieron al estado. No preguntaron que le podían sacar al gobierno. Preguntaron que podían aportar al pueblo. Esa fue solo una de las diferencias. Uno podía sentirse tranquilo transitando por las calles sin tener que adherir a La Cámpora o a otras agrupaciones K que en aquella ocasión coparon los mejores lugares a metros del escenario y en primer plano de la televisión mal llamada pública. Esta vez las imágenes repetidas no eran las caras de Cristina y de Néstor en banderas y pancartas. Esta vez las caras eran de familias sin otra identificación que las escarapelas y estandartes nacionales. El momento culminante de una fiesta diversa y pluralista fue el abrazo de ovaciones que la gente común le dio a nuestros veteranos de guerra y ex combatientes de Malvinas. Fue una manera de cicatrizar viejas heridas y de reencontrarnos como hermanos. El abrazo de Juan Gualberto Vallejos, con sus muletas y sin una de sus piernas que quedó en el campo de batalla, despertaba lágrimas y emociones profundas. Recibieron un trato como lo que son: héroes que pusieron el pecho por nosotros.
Es cierto que un provocador como Aldo Rico aprovechó ese lugar para ganar protagonismo. Una mojada de oreja a las autoridades del ministerio de Defensa por parte de un carapintada que se levantó en armas contra la democracia. Pero fue un instante, un lunar, un rayo oscuro. El resto fue todo democrático y de una convivencia fraternal que ojalá se prolongue todos los días. Hubo libertad para ir o para no ir. Hubo libertad para cantar y aplaudir al que cada persona quisiera. Sin cadenas nacionales ni imposiciones autoritarias. Bien federal y bien lejos del unitarismo extorsivo que utilizaron los K. Con propuestas de arriba y con alegría de abajo. Con más participación de los ciudadanos que el aparato del estado. Energía y esperanza que florecía desde la base.
Fue como recuperar la patria que se la habían apropiado los Kirchner. Ellos eran la patria y todos los demás éramos la antipatria. Eso se quebró ayer. Por suerte. Otra vez citando a Borges lo decimos todo: Nadie es la patria, Pero todos los somos.
El Papa Francisco llamó a “estar cerca de los argentinos más llagados por la pobreza y la desocupación y las esclavitudes modernas como la trata y la droga”. Tiene razón. Hay que salir de esa Argentina de los últimos 12 años donde el narcotráfico perforó todas las instituciones y donde el resultado de la encuesta de la Universidad Católica Argentina denunció una herencia maldita de 5 millones de chicos pobres después de crecimientos a tasas chinas. El Papa también acierta cuando nos recuerda que la patria igual que la madre no se vende. Es cierto. Hay que desterrar a los vendepatrias que se la llevaron a sus bolsillos y a sus casas. Los Lázaro Báez, José López, Ricardo Jaime, y gran parte de los funcionarios de los Kirchner, incluidos los ex presidente se enriquecieron en dimensiones nunca vistas y eso es vender la patria y comprarla por dos pesos.
Este fin de semana pasó algo muy importante. Recuperamos las ganas de cantar el himno y embanderar nuestras casas. Recuperamos el orgullo de ser argentinos sin tener que explicar a quién votamos o que pensamos. Eso vale oro porque se llama libertad. El presidente Macri no agredió a nadie con nombre y apellido. No inoculó odio. Por cierto que tampoco se calló frente al saqueo del estado. Dijo que le habían dejado un país enfermo de poder por la mentira y la corrupción. Y planteó refundar la Nación alrededor de la verdad y la fraternidad. Hizo bien porque la mayoría de los argentinos estamos hartos de las mentiras de los ladrones y el odio de los autoritarios.
Fueron días de alegría austera. Con fervor y sin rencor. De independencia como sinónimo de responsabilidad para defender la patria y para multiplicar sus panes y sus peces y llegar de verdad a la pobreza cero. Alimentos sobran. Hay que ver de qué manera se distribuyen con mayor justicia social y sin clientelismo. Y con igualdad de oportunidades. Está claro que la Argentina crece cuando crecemos todos, cuando hay más trabajo, mas justicia, menos corruptos y menos soberbia maltratadora. Si no hay diálogo no hay democracia, decía Alfonsín. Y tenía razón. Hay que aprender a convivir con alegría en el consenso y el disenso. Y en la división de poderes para arrodillarnos solamente ante la ley. Eso es la República tan mancillada en la era K. “No escuchemos a los que se enfermaron de poder”, recomendó el jefe de estado que tuvo una doble falta o un error no forzado cuando informó que no iba a ir al desfile por cansancio y luego en tres horas cambió su decisión y apareció en el campo de Polo para alegría de la concurrencia.
Todo fue respeto y diversidad. En la Catedral pudieron dar su mensaje pacificador sacerdotes de todos los credos.
El primer siglo de la patria fue de la emancipación y la organización nacional. El segundo, el de la conquista de derechos y la democracia para siempre. Ya estamos transitando el tercer siglo que debe ser el de la cultura del encuentro y la lucha contra todo tipo de injusticias. A este desafío se comprometieron los que firmaron el Acta del Bicentenario.
Una patria de hermanos donde nadie quede afuera. Solo los ladrones y los golpistas. Una patria donde el combustible del progreso alimente la llama de la esperanza. Una patria de todos. La que frente a las grandes tareas del estado no tenga camisetas partidarias y haga flamear una sola bandera. Una sola bandera como el cielo refulgente, ostentando sublime majestad, después de haber cruzado el continente, exclamando a su paso: ¡¡Libertad, Libertad, Libertad¡¡.