Nunca más femicidios – 23 de febrero 2016

¿Que nos está pasando? A esta hora un energúmeno de 32 llamado Brian Montenegro está detenido. Esta bestia mató de tres puñaladas a Débora Díaz delante de sus tres hijos. La irracionalidad se completa diciendo que el más chico de los pibes era hijo de ambos. Del asesino y de la asesinada. Y fue testigo de toda esa salvajada. Y eso que la justicia le había prohibido acercarse a Brian. Se metió por los techos, la mató y pudo escaparse hasta hace unas horas. Por suerte está encarcelado en la DDI de San Isidro. Fue la crónica de una muerte anunciada. Brian, el que le dio cientos de palizas cobardes a Débora había amenazado con matarla porque había conseguido trabajo. Si, así como lo escuchó, el victimario acusaba a la víctima de haber conseguido trabajo.
Le cuento que Débora es el nombre del octavo femicidio en los últimos 15 días. Tal vez solo su familia se acuerde de Paula, Norma, Rocío, Mercede, Lucy, Griselda y Rosa. Todas fueron asesinadas por sus parejas o ex parejas.
La Asociación Civil La Casa del Encuentro dice que pese a las marchas de ni una menos, a las campañas de concientización en los medios y a las nuevas leyes que son buenas, los femicidios siguen creciendo. En el 2008 se registraron 208 asesinatos y en el 2014 fueron 277. Insisto con la pregunta original que no tiene respuesta: ¿Qué nos pasa? ¿Alcanza con prohibir que el criminal se acerque?¿ Los botones de pánico y las tobilleras electrónicas pueden ayudar? ¿La policía actúa con la rapidez que corresponde?
Parecen películas de terror pero son realidades repugnantes y horrorosas. No me canso de decir que en cada esquina de este país deberíamos colgar un cartel que diga: «Nunca más un femicidio».
Hay 55 denuncias por día. Esta opinión intenta ser un alerta y un aporte al combate contra semejante horror y a aumentar la condena social.
Por eso no me canso de repetir estas palabras.
Pobre Marcela. Siente dolor, miedo y vergüenza. Tiene miedo de contarles a sus amigas y a su familia que Miguel, su esposo, la castiga brutalmente. Primero siente el dolor físico. Ese puño repugnante contra su cara. La sangre que no para. Las hematomas. El cinto como látigo sobre sus piernas. Después siente miedo que Miguel vuelva a enojarse aunque sabe que no importa lo que ella haga o diga: una vez por semana, él la golpea. Marcela nunca le contó su drama a nadie. Solo hay dos personas en la tierra que lo saben. Miguelito, su hijo más grande que- pobrecito- un día se levantó para hacer pis a la madrugada o tal vez se despertó por los gritos y vio justo cuando él le pegaba una patada en la espalda.
El hijito entró en una crisis de llanto y no paró hasta el mediodía siguiente. En esa época tenía 9 años y él tampoco nunca preguntó ni dijo nada. Ya pasaron dos años y Marcela sabe que él sabe y él sabe que ella sabe. Hay miradas y lágrimas que nunca se olvidan. La otra persona que conoce esta tragedia es Esther. Ella es terapeuta de un servicio telefónico contra la violencia familiar. Un día Marcela encontró el teléfono en el diario y llamó. Decía que atendían las 24 horas y los 365 días del año. Se armó de coraje y llamó. Hace 9 meses que habla con Esther dos veces semana. Espera que Miguel se vaya al trabajo y llama. Llora, se confiesa, se cuestiona, se libera y se atormenta. Le hace bien hablar con la licenciada Esther. Nunca se vieron porque Marcela todavía no se anima a ir personalmente. No se anima a hacer la denuncia.
Tiene vergüenza de que su familia no le crea. De que sus amigas la desprecien de por vida. Es que siempre creyó que estas cosas terribles ocurrían en las villas miserias. Entre gente muy pobre y sin educación. Y ella no es así. Marcela es maestra jardinera. Dejó de trabajar cuando nació Mónica, su segunda hija. Vive en un departamento de tres ambientes en Almagro y a su esposo no le van tan mal las cosas.
El golpeador, el energúmeno es subgerente de un importante laboratorio y casi llega a los 35 mil pesos por mes. En ese aspecto no hay problemas. Viven más o menos bien. Sin lujos, pero a los chicos no les falta nada. El se transforma cuando se pone corbata y el maletín negro: es un caballero, un señorito inglés. Pero los fines de semana es el diablo. El whisky lo pone como loco. O porque se pone como loco es que toma whisky… nunca lo sabrá bien. Además tomas pastillas. El viernes a la noche ya está descontrolado. Pero Marcela siente que la cosa no va más. Está embarazada de dos meses y todavía no se lo dijo a Miguel. El viernes pasado casi se lo dice porque él le pegó en la panza.
Ya está cansada de mandar a los chicos a lo de sus padres o a lo de sus suegros durante el fin de semana. Ya está cansada de mentir diciendo que se cayó por la escalera, que un día resbaló, o de esconderse fingiendo que tiene depresiones los lunes y los martes hasta que se le vayan las marcas más visibles de los golpes. Ya está agotada. Pero tiene miedo que no le crean ni sus amigas ni su familia. Si hasta sus padres lo elogian: que trabajador es Miguel. Es un poco agresivo cuando se enoja pero es bueno. A vos nunca te falta nada. ¿No es así, Marcela? “Tuviste suerte con Miguel”, le dijo su propia madre. Marcela aceptó ir hoy a ver personalmente a Esther. Marcela se enterará de que hay miles y miles de mujeres golpeadas. Y que los hijos son los testigos más desprotegidos. Tal como le pasa a ella. Igualito.
Marcela no sabe que cada 30 horas una mujer como ella es asesinada a manos de un conocido directo de la víctima. O que en el 93% de los casos el crimen lo comete la pareja o ex pareja. Son números que hablan de su drama cotidiano. Son datos a su imagen y semejanza. Esas estadísticas ella las tiene en su casa. Ese golpeador lo tiene metido entre sus sábanas, en la cocina, en la mirada de su hijo Miguelito, que hace dos años entendió todo y no dijo una palabra. En la ausencia total de autoestima. En el pánico a empezar una vida sola porque no tiene trabajo. En los momentos más terribles, a la hora de descender a los infiernos, la pobre Marcela se llegó a preguntar si la culpable no era ella. Si no era ella la responsable de que ese dandy de maletín y celular se transformara en un monstruo.
Hasta tanto llegó la humillación que ella, la víctima, llegó a dudar de su condición. Llegó a pensar que por su culpa él pasaba de ser un ángel a ser un demonio. Es que los domingos a la tarde él le pide perdón. Le dice que la quiere, le hace un regalito, le pide que la ayude, le dice que ella es lo más importante que tiene en la vida y ella accede, no tiene otra salida y accede. La semana que viene se cumple un año del día en que Miguel le fracturó un brazo. Hoy Marcela le va a contar todo a Esther. Está decidida a pedir un abogado que la asesore y a hacer la denuncia. Sabe que no puede condenarse ella ni condenar a sus hijos a tener un padre golpeador. Está decidida a empezar de nuevo. Marcela está muy dolorida pero hay algo que aprendió para siempre. Sabe que está dando el paso más importante de su vida. Y que es para salvarse de la muerte.

El siniestro de Once – 22 de febrero 2016

La sirena a las 8:32 nos arranca el alma y nos deja un agujero negro. Los ojos de los familiares del siniestro de Once ya están agotados de tanto llorar. El acto de hoy, en el Andén 1, a cuatro años tuvo un reclamo muy contundente: quieren ver presos a los culpables. Que las causa avancen sin dilaciones y las sentencias queden firmes. Pero que los responsables, de una vez por todas, vayan a parar a una cárcel común, con delitos imprescriptibles, penas implacables y que se les incauten los bienes mal habidos a esos delincuentes. Hablo de los integrantes de ese triángulo mafioso de la megacorrupción seguida de muerte que conformaron los empresarios, los sindicalistas y los funcionarios de un estado kirchnerista que siempre miró para otro lado.
Lo dijeron en el acto con toda las letras: “el anterior gobierno se autoadjudicó el poder de diferenciar a las víctimas de las tragedias según elogiaran o no a la autoridades”. Desde los micrófonos se dijo que quienes no aplaudieron a Cristina sufrieron el silencio y el abandono.
Por eso varios organismos de derechos humanos tradicionales y cristinistas jamás dijeron una palabra. Por eso los artistas militantes del camporismo extremo no fueron capaces de actuar nunca en forma solidaria.
Castigaron dos veces a las víctimas para ser cómplices y proteger al estado que no protegió a los muertos ni a los heridos.
Hoy ocurrió todo lo contrario. El presidente Macri recordó la “tremenda tragedia que produjo un estado ausente que no da seguridad a sus habitantes”.
El secretario de Derechos Humanos del actual gobierno, Claudio Avruj, estuvo presente y puso la cara, como corresponde. Allí escuchó reclamos y prometió apoyos.
El final, fue conmovedor. Paolo Menghini, el padre de Lucas dijo textualmente: “Con el corazón lleno de orgullo, hoy hemos venido a cumplir lo que prometimos, a traerle a estos corazones aquello por lo que luchamos y pudimos hacerlo. Sintámonos todos parte de este logro y gritemos liberados de todos los miedos: ¡Se hizo justicia por los muertos y heridos de Once”, y se quebró en un llanto colectivo.
Es que los Cirigliano, los Juan Pablo Schiavi y los Ricardo Jaime, entre otros, siguen caminando por las calles pero ya fueron condenados a ir prisión de 6 a 9 años. Ya los jueces reclamaron que se siga investigando hacia arriba las responsabilidades y se le ponga la lupa encima al ex ministro Julio de Vido, el jefe máximo de todo lo que pasaba en ese sector del gobierno.
Recuerdo que en su momento Paolo Menghini exigió la renuncia de De Vido. Si sabía, por complicidad con la corrupción y si no sabía, por inútil.
Como diría Cristina: no fue magia. Fue un crimen de lesa corrupción cometido desde un estado encabezado por la presidenta de la Nación.
Ya falta menos para que paguen por lo que hicieron. Ya falta poco para que la democracia y la república se llenen de contenido y el juicio de 21 meses tenga su castigo y condena.
Por eso no me canso de repetir que siento orgullo por un fiscal como Fernando Arrigo que tuvo el coraje bien puesto en su alegato. Puso en evidencia a los responsables de lo que prefiero llamar siniestro del tren de Once, siniestro en todo el sentido de la palabra.
Digo siniestro y no tragedia porque esa palabra se asocia a lo inevitable y mucho menos, quiero hablar de accidente cuando se pudo haber evitado cada muerte, cada herida. En las condiciones en las que estaba el chapa 16 del Ferrocarril Sarmiento solo un milagro podía salvara los pasajeros de ese cementerio sobre rieles.
Siento orgullo por un fiscal, al que no le tembló la mano en su intento de que se aplique todo el peso de la ley a los delincuentes que produjeron 51 muertes más un bebe que estaba en la panza de su madre y 789 heridos algunos de ellos de gravedad.
Siento vergüenza ajena por el silencio del gobierno que se fue. Apenas unas palabras sueltas y de compromiso frente a semejante masacre. Me cuesta comprender esa actitud negadora de ni siquiera mencionar el tema durante tanto tiempo. Fue una tozudez y una crueldad que lastimó más a los familiares. Al ningunear el tema, pretendieron ocultar el horror de un siniestro que conmovió a la Argentina. Como dijeron los familiares:” para el gobierno, la tragedia no existió”.
Siento vergüenza ajena por los funcionarios nacionales del transporte con Ricardo Jaime y Juan Pablo Schiavi a la cabeza que estuvieron más preocupados por sus negociados y por responsabilizar a las víctimas que por la seguridad para viajar de los pasajeros.
Siento vergüenza ajena por los empresarios, empezando por los hermanos Cirigliano, que tenían que devolver como retorno coimero gran parte de los millones y millones en subsidios que les daba el gobierno y privilegiaban su rentabilidad en lugar de invertir para que los trenes funcionaran como tenían que funcionar y no se convirtieran en un cementerio que transita por las vías.
Siento vergüenza ajena por muchos para-periodistas oficiales que callaron por miedo a las sanciones del gobierno nacional. Temieron que los echaran de sus trabajos o que les quitaran el único combustible que los mantenía en pie: la pauta oficial. ¿O es producto de la casualidad que los diarios y los cronistas militantes casi no hablaron del tema durante 43 meses? ¿O también en este tema siguen las enseñanzas de la presidenta? El más repugnante fue Víctor Hugo Morales que no conforme con defender a malandras de la calaña de Amado Boudou o Lázaro Báez, atacó a los familiares de las víctimas. María Lujan Rey, la madre coraje de Lucas Menghini, le respondió algo demoledor: «Cuando por obsecuencia se justifican muertes inocentes se convierte en un ser despreciable. De ese lugar no se vuelve».
Siento vergüenza ajena por muchos dirigentes de los derechos humanos como Hebe Bonafini y Estela Carlotto que se taparon la cara con la camiseta kirchnerista para no ver lo que pasó y justificar su indiferencia. Lo mismo que le pasa a tantos artistas ladriprogresistas que se llenan la boca hablando de los sufrimientos del pueblo pero que no se solidarizaron jamás con los familiares para no ser castigados por Cristina y poder seguir cobrando fortunas que pagamos todos por participar en los recitales oficialistas.
Siento vergüenza ajena por todo lo que hace a las víctimas más víctimas y las vuelve a matar con el silencio y la insensibilidad.
Finalmente siento orgullo por los familiares.
Siento orgullo por esos padres y madres valientes, por esos esposos, por esos hijos y hermanos que tienen una entereza y una dignidad que emociona. Y por los que se animaron a acompañarlos solidariamente como Juan Carr, Juan José Campanella, Nora Cortiñas o Adolfo Pérez Esquivel, entre otros.
Los muertos eran estudiantes, trabajadores, soñadores, novios, amigos, una vida por nacer en una panza floreciente, tímidos, audaces, solitarios, familieros, eran como cualquiera de nosotros, porque cualquiera de nosotros podría haber estado en su lugar. Son muertos que llevamos adentro. Que laten en nuestro corazón. Aunque el poder quiso hacerlos desaparecer del recuerdo popular.
Son “madera noble, roble su corazón”, como dice la canción de Lucas, porque siguen peleando por memoria, verdad, juicio y castigo a los culpables para que Nunca más haya crónicas de tragedias anunciadas. Para que Nunca Más, haya viajes hacia la muerte.

Cortar con los cortes – 19 de febrero 2016

Hay que terminar con los cortes de ruta y de calles en la Argentina. Primero por una razón estrictamente legal: porque es un delito federal. Porque está prohibido. Es un delito que obliga a las fuerzas de seguridad a actuar porque se comete en flagrancia. Y en toda sociedad civilizada hay que respetar las normas. El artículo 194 del Código Penal establece que “será reprimido con prisión de tres meses a dos años el que impidiere, estorbare o entorpeciere el normal funcionamiento de los transportes por tierra, agua o aire o los servicios públicos de comunicación, de provisión de agua, de electricidad o de energía”. Más clarito, imposible.
Le cuento que el corte de calles o rutas es un fenómeno exclusivamente argentino. Por distintos motivos, todos fuimos permitiendo que se naturalizada una forma que atenta contra la libertad de expresar y de circular del resto de la sociedad. Ni en Estados Unidos, ni en Cuba, ni en Inglaterra ni en Rusia ni en Chile ni en Brasil está permitida esa modalidad que hace colapsar la vida económica de un país y que disimula en bajísimo nivel de convocatoria y representatividad que tienen aquellos que apelan a esta metodología.
No hay que dejarse correr por los que dicen que no hay que criminalizar la protesta. Nadie criminaliza la protesta. La queja y el reclamo, el paro de actividades, el trabajo a reglamento, las movilizaciones y marchas o actos son todas situaciones absolutamente legales y constitucionales. Son los pulmones por donde respira la democracia. Donde no hay protestas seguro que hay gobiernos autoritarios o dictatoriales. Se puede protestar todo lo que quieran. Lo que no se puede es cortar calles ni rutas. Y eso vale para los piqueteros más tradicionales, para los vecinos de un barrio al que le cortan la luz o para los productores agropecuarios que ven cómo se funden sus emprendimientos. Todos ellos tienen motivos para la queja. Todos ellos tienen el derecho y la razón para levantar la voz y exigir soluciones a sus problemas. Eso sí es democrático. Pero si cada sector corta una ruta o una calle se genera un caos social que nos atomiza como sociedad.
Por eso es bienvenido el protocolo para resolver este tipo de soluciones de forma dialogada o con firmeza pero con el cuidado de no tener una actitud represiva. Palazos o gases o balas de gomas lo único que hacen es echar más leña al fuego. Son respuestas injustas que solo le permiten victimizarse al que es reprimido violentamente. Hay muchos mecanismos para resolver estas situaciones sin ejercer la violencia. Se puede utilizar la fuerza con “legalidad, oportunidad, último recurso frente a una resistencia o amenaza”, según dice el texto aprobado. En la mayoría de los casos los que cortan son grupos pequeños que no encuentran respaldo en la sociedad. Se vio claramente en los cortes que hicieron para reclamar la libertad de Milagro Sala. Salvo uno o dos, el resto eran acciones desesperadas donde había más cubiertas quemadas que militantes. Es una confesión de debilidad. De que la las mayorías nacionales no comparten esa metodología.
Muchos grupos utilizan el corte como una salida fácil que disimula u oculta su falta de trabajo de base, su nula representatividad y la injusticia de sus reclamos o de sus formas de expresarlo. La inmensa mayoría de la sociedad no quiere perjudicar a terceros ni generar una anarquía en un lugar donde ambulancias pueden llegar cuando ya sea demasiado tarde para lágrimas donde muchos trabajadores pierden el ausentismo y todo colapsa.
Pasa en todo momento. Los delegados del subte que en lugar de hacer un paro se suben a las vías son delincuentes que no tienen la capacidad política ni sindical de convocar a una medida de fuerza con impacto. Si hacen un paro contundente quiere decir que sus compañeros los respetan y valoran que se pongan al frente de los reclamos. Si hacen una marcha de 50 mil personas por las calles o un acto en una plaza son situaciones muy respetables. Pero si en lugar de convencer a sus compañeros con argumentos racionales, los obligan a no trabajar por un piquete, se desvirtúa la más genuina lucha del sindicalismo.
Hay una cantidad de grupos que tienen propuestas tan lunáticas y dogmáticas que no pueden representar más que a una minoría intensa. Esto debe ser un llamado de atención a los grupitos de ultraizquierda o a los gremios más combativos. Hablan de revolución pero no son capaces de armar un acto masivo sin la ayuda del estado. Porque por definición los gremios deben ser independientes de los partidos políticos, de las patronales, por supuesto, pero también del estado.
Tenemos que volver a ser un país normal. Todas las protestas son bienvenidas pero no las que violen la ley. Muchos se acostumbraron a la fácil. Queman unas cubiertas y el humo negro es un imán para las cámaras de televisión que multiplican el acto como si fuera una gran lucha gremial y en realidad se trata de un grave problema de tránsito. Acá también hay una responsabilidad de los medios. Hay que lograr ser noticia y visibilizar el conflicto en forma genuina. Nadie puede ocultar un acto de 50 mil personas. Nadie puede ocultar algún reclamo creativo como fue la carpa blanca docente en su momento.
La repetición del mecanismo del corte lo tornó sumamente antipático y provocador hacia el resto de la comunidad y poco efectivo para lograr alguna reivindicación. Usan al resto de la gente como rehenes. Solo sirve para un ejercicio del activo más duro de las agrupaciones, para tenerlos siempre al pié del camión y agitarse a sí mismos hablando del pueblo cuando el pueblo los mira desde la vereda sin comprender y sin estar de acuerdo. El protocolo anti-piquetes es un paso adelante, un buen comienzo. Ya lo firmaron el 80% de las provincias. La Santa Cruz de los Kirchner no lo firmó pero pide que le manden gendarmes. Por las dudas, vio. Cristina se quejaba de la metodología cuando estaba en el poder. Pero ahora fomenta con La Cámpora, Luis D’Elia, la Tupac y Quebracho que se bloqueen caminos y ciudades. Y muchas veces son amenazantes, violentos y extorsivos con sus palos, hondas, caras tapadas y bombas molotov. El CELS, que fue una organización plural y de prestigio, pero que hoy se mueve al compás del verticalismo kirchnerista de Horacio Verbitsky, dijo que se trata de una resolución inconstitucional que limita la protesta.” Hay que tomarlo como de quien viene: una postura sectaria y minoritaria inflamada de ideologítis.
Tenemos que volver a poner las cosas en su lugar. Mucho tiempo vivimos fuera de la ley y las normas. Sin violencia y sin lastimar a nadie se puede ordenar todo. Hay que evitar la gangrena social de los enfrentamientos entre argentinos. Hay que suturar las heridas entre hermanos. Hay que cortar por lo sano. Hay que cortar con los cortes.