Corrupción cero – 28 de enero 2016

Todos los argentinos que amamos a nuestro país compartimos la importancia de los tres objetivos centrales que prometió al asumir el presidente Mauricio Macri. ¿Quién se va a oponer a trabajar para llegar a la pobreza cero, a la paz social y la unidad nacional o al combate al narcotráfico? Pero esos son apenas tres pilares, los cimientos del nuevo país que hay que edificar después de la destrucción a la que lo sometieron más de 12 años de kirchnerato.
Yo le sumaría otro tema que necesita ser encarado con urgencia. Hablo de la megacorrupción de estado que instalaron tanto Néstor como Cristina. Es uno de los venenos que dinamitó el contrato entre el ciudadano y sus dirigentes. Frases como:” acá nadie va preso”. “nadie paga por lo hace” o “solo los ladrones de gallinas van en cana”, son la confirmación que hay una fuerte demanda social por un gobierno transparente y honrado, de manos limpias y uñas cortas que genere las condiciones necesarias para actúe la justicia con independencia y que todos los que robaron vayan a parar a la cárcel y para evitar que durante este gobierno se siga robando.

Corrupción cero, podríamos bautizar esa exigencia ciudadana. O “Paren de robar”.

¿Qué debe hacer el gobierno de Cambiemos, precisamente para sepultar esa suerte de cleptocracia casi sin antecedentes que nos estuvo gobernando? Y digo casi sin antecedentes porque estoy absolutamente seguro que los gobiernos del matrimonio Kirchner fueron los más corruptos desde el regreso de la democracia. Lo planteo y lo argumento en mi libro “Juicio y Castigo”. Creo que los Kirchner fueron muy creativos para el mal y para el delito. En todos los gobiernos hubo y hay corrupción. La coima, el retorno, el diego, la comisión, la mía, llámele como quiera. Eso existió y me temo que seguirá existiendo en todo el mundo. Pero los Kirchner inventaron por lo menos dos formas nuevas de enriquecimiento ilícito de dimensiones gigantescas. Es lo que pienso pero también lo dice la organización Transparencia Internacional que colocó a Argentina entre los países más corruptos del planeta en el 2015. Fuimos aplazados en honestidad y nuestra fama de malandras es muy alta.

El primer aporte inédito y nefasto que hicieron los Kirchner a las estafas de funcionarios fue elegir un amigo de ellos y utilizar el estado para enriquecerlo a más no poder. El caso más contundente es el de Lázaro Báez. Lo inundaron con dinero de todos nosotros para que hiciera obras públicas. De un sencillo cajero de banco se convirtió en el cajero ultramillonario del matrimonio que marcó a fuego los últimos tiempos. La metodología es bastante obvia. Por decisión del gobierno se le encargan cientos de obras a algunos pocos empresarios del palo. Algunos devuelven fortunas de coima por los servicios prestados y en el caso de Lázaro muchos dicen que se trata de algo más que un testaferro de los Kirchner y que en realidad es un empleado de la familia.

El otro mecanismo novedoso es abusar del estado y acosar hasta la asfixia a un empresario para obligarlo a vender a precio vil su empresa. Extorsionarlo con los servicios de inteligencia, hostigarlo con la AFIP y las protestas gremiales, hacerle la vida imposible con resoluciones hasta que la persona se quiebra y entrega por chauchas y palitos. lo que le costó una vida construir. Le pasó a Héctor Ricardo García con el diario Crónica y a varios más pero el caso emblemático fue el intento de apropiarse de la fábrica de billetes, la empresa de los Ciccone.

Nadie había llegado a tanto desde 1983.

Nadie se había atrevido a convertir al estado en una maquina recaudadora e ilegal para llenarle los bolsillos a unos pocos.

Algunos de esos personajes que están investigados por la justicia, deberían ir presos. Para romper esa idea de impunidad para los funcionarios poderosos. Para recuperar la confianza en las instituciones y en la política con mayúsculas que es el mecanismo para hacer más justa un país y no más ricos a sus dirigentes.

Hay varios kirchneristas que están bajo la lupa de los tribunales y que van a tener que explicar lo inexplicable. Empezando por la jefa, la patrona del mal, hablo de Cristina. La ruta del dinero lavado y Hotesur, los contratos de Aerolíneas Argentinas con sus hoteles son solo algunos de los expedientes que tienen preocupada a la ex presidenta, a su hijo Máximo y al resto de su familia.

Amado Boudou, directamente batió todos los records de delincuencia pública. Mintió todo el tiempo, engañó a medio mundo, cobró coimas, se quiso robar Ciccone y estafó al pueblo pobre de Formosa junto sus cómplices y al gobernador feudal Gildo Insfran. Tal vez por no pertenecer al justicialismo histórico, Amado sea el que menos protección política tenga y como María Julia en su momento, termine con sus huesos en un calabozo.

Ni hablar de Lázaro, Ricardo Jaime, confeso corrupto, Julio de Vido que tendrá que explicar el barco con petróleo que no aparece y el dinero negro y sucio que el chavismo intercambió con el gobierno anterior. Hebe de Bonafini, Sergio Schocklender y hasta Milagro Sala, también están en ese paquete, entre muchos otros.

Laura Alonso, convertida en una cruzada contra los corruptos desde su lugar institucional anunció que van a mandar tres proyectos de ley que van a ayudar mucho en este tema. La ley de acceso a la información para dar cristalinidad a todos los datos que jueces, fiscales y periodistas necesitemos; la ley del arrepentido que le permite a alguien dar información calificada sobre otro corrupto a cambio de que se le baje la pena y, finalmente, la norma que permite que el estado recupere los bienes que los funcionarios corruptos se hayan robado. Para que no vuelvan. Para que la devuelvan. Para que haya juicio y castigo. Que nadie quede en la impunidad.

Hace falta construir otra ética, otra moral pública que le haga honor a próceres de nuestra historia como Manuel Belgrano o políticos dignos contemporáneos como don Arturo Illia.

Se puede construir un nuevo país de cristal en sus cuentas y en sus licitaciones. Se debe castigar con todo el peso de la ley al que meta la mano en la lata. La corrupción mata como quedó demostrado en la tragedia de Once. Y la corrupción desvía dinero a bolsillos ajenos que deberían aportar al otro objetivo de pobreza cero.

Todos queremos vivir en un país más honrado y más decente. Ahora que pasó el festival del choreo es este gobierno el responsable de poner las cosas en su lugar. De que los ladrones vayan presos y de que no haya más ladrones.

No es fácil ni se va a lograr de un día para el otro. Pero hay que avanzar sin prisa pero sin pausa y con mucha firmeza. Que a nadie le tiemple la mano para expulsar a los estafadores de la vida en comunidad. Son como un cáncer social que debemos extirpar. Basta de corruptos. Basta de ladrones. Que vayan presos los que cometieron delitos. Asi todos podremos concretar un sueño: corrupción cero.

Jairo en el Espacio Clarín – 27 de enero 2016

Fue la música, la banda de sonido de una película de la vida contra la muerte, el himno de la democracia a la hora de su retorno para siempre. Fue su grito de Venceremos y el desafío de no tener miedo nunca más. Hoy es urgente recuperar aquellos valores y firmar un nuevo contrato republicano. Para decir como siempre, Nunca Más a las dictaduras. Pero para llenar de contenido igualitario y honrado a la democracia. Y la imagen de Jairo nos puede servir como ejemplo.
Por eso, nunca me canso de repetir que Jairo es un artista descomunal y que representa en sus valores lo mejor de la cultura argentina. Por eso, es una caricia para el alma para nosotros que hoy esté aquí, en radio Mitre, en el Espacio Clarín.

Esta noche, en el Hermitage, casi como un rito, va a presentar su disco llamado «Propio y ajeno». Allí se da todos los gustos y muestra el pluralismo y el arcoiris de su mirada. Es capaz de cantar como Los Beatles y de robarle una letra a Palito Ortega. De transformar algo festivo como «Corazón contento», en una declaración de amor a su mujer que estaba peleando contra la muerte en terapia intensiva. Ahí le confiesa a Teresa que su vida comenzó cuando la conoció a ella. Conmovedor el texto y la voz. Desgarran el alma y mixturan lágrimas con felicidad.

Jairo es luz desde su nombre. Y por eso ilumina todo lo que toca. Son maravillosas las paredes que tira dentro del área con Daniel Salzano, que en paz descanse y que ojalá que cada tanto pueda ir a ver a Talleres y pasear por la cañada.

Nunca me canso de repetir este humilde homenaje a este Marito González que es un orgullo nacional.  

Un sábado, Jairo, contó que de pronto, como un milagro, la negra Mercedes Sosa se le sentó al lado en su lecho de enfermo. El estaba en terapia intensiva, aturdido de medicamentos y calmantes, batallando contra la muerte. Mercedes se agachó y le cantó a Jairo al oído: “Duerme, duerme negrito, que tu mama está en el campo”. Cuando se recuperó, Jairo les dijo a sus hijos: “Pensé que me había ido para el otro barrio: escuché una voz celestial”.

En ese momento, yo pensé que después del paso de la Negra a la eternidad, la gran voz argentina es la de Jairo. Por su caudal incomparable, por su personalidad, por la transparencia de su corazón y porque es capaz de convertir en oro cualquier canción que caiga en sus manos. Un médico especialista en gargantas de cantores llegó a decir que las cuerdas vocales de Jairo eran fuertes como las piernas de un futbolista.

Confieso que vivo sus recitales en estado de felicidad completa. Pocas veces la emoción se hace catarata de excelencia musical. El orgullo de cantar el traje a medida que le compusieron Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. La poesía arisca y despojada de Don Ata que lo distinguió con su amistad y le hizo decir como declaración de principios: “Yo tengo tanto hermanos que no los puedo nombrar y una hermana muy hermosa que se llama libertad”. Y esa es la palabra, libertad, ese el emblema de lucha de todo artista popular insobornable como Jairo. Libertad para vivir y para crear. Libertad en las formas y en el fondo. Por eso hay pocos que cantan el himno o el Ave María como Jairo. Son como plegarias de coraje y bienaventuranza para su gente. Es como si se hubiera apropiado de la honradez y la humildad del médico de su familia, el ex presidente don Arturo Illia.

Y después canta en francés con su hijo Yaco al piano. Y el tema que escribió a modo de despedida y buenos deseos cuando su hija Lucía se fue a vivir a España. Y el amor por Teresa, la gran mujer que lo sostiene.

Y el recuerdo para Felix Luna con el antiguo dueño de las flechas que hace temblar el teatro y que todos llaman “Indio toba”. Jairo luce como una perla tanto en diálogo con Julio Cortazar en Paris como invitando a la Moña Jiménez a cantar en el primer teatro de Córdoba a donde la Mona no podía entrar por pobre, morocho y cuartetero.

Jairo si que es un ejemplo. Siempre con la democracia. Siempre contra todo tipo de autoritarismo. Siempre la siembra y nunca la destrucción. Jamás un escándalo, una aflojada. Ética y estética con tonada cordobesa y cadencia de Montmartre. Al final no tuve más remedio que preguntarme por deformación profesional: ¿Cuántos Jairos necesitamos los argentinos para convertirnos en una Nación de ciudadanos? ¿Cuántos artistas populares resumen en forma tan contundente la identidad, la honestidad, la excelencia y el compromiso ciudadano que tanta falta nos hace en todos los niveles? Como hincha de Talleres que soy, el único defecto que le conozco a Jairo es que lleva los colores de Instituto en su corazón. Algo de la gloria siempre tuvo y tendrá, lo debo reconocer. Cruz del Eje se llama así porque el eje de una carreta de los conquistadores se utilizó para clavar un crucifijo sobre la tumba de un valiente cacique Comechingon. Allí nació el hijo de Ramón, el ferroviario riojano y Esther, la tana, en el barrio de La Banda. Allí nació ese muchacho que deslumbro al mundo desde el Olimpia de Paris donde cantó 87 veces. ¿Escuchó bien? Este muchacho sencillo y amable cantó 87 veces en el Olimpia de Paris. Ahora viene de Cosquín y en marzo vuelve a Paris para grabar un disco de jazz. Se atreve a todo porque le da el cuero y el talento para todo. Hace poco le dieron uno de los premios más merecidos: el Gardel a la trayectoria. Así se hizo gigante y se llamó Jairo. De ese nombre bíblico que en arameo significa iluminado fiel a este morocho argentino que cada día canta mejor y se parece más a Gardel.

No olvidar el Holocausto – 26 de enero 2016

Lea tiene el número 33.502 tatuado en el brazo. El alma se estruja cuando uno ve a esa abuelita de 89 años, a esa bobe con pinta de bobe, marcada como si fuera ganado. Lea se ríe de las arrugas que le surcan la cara y tiene una mirada tierna. Pero jamás recuperó la alegría plena desde aquel día en que el médico nazi Josef Menguele levantó su brazo para que le grabaran a fuego esa cifra maldita: 33.502. Lea le dijo al periodista Hernán Dobry que Menguele, tenía «una mano con dedos de araña ponzoñosa». Era el que experimentaba con los seres humanos como si fueran ratas de laboratorio. Fracturaba huesos del cráneo de los chicos, extirpaba ovarios de mujeres embarazadas, quemaba gente viva para reducirla a cenizas. Era la perversidad atroz disfrazada con guardapolvo blanco.
Ese número maldito inyectado en tinta era la manera en que los nazis identificaban a sus víctimas y en el mismo acto le sacaban su identidad. La convertían en parte de una lista, en un frío número que le quitaba su condición de ser humano. Eso fue lo que Lea sintió todo el tiempo. Los adoradores de Adolf Hitler la degradaron hasta las peores humillaciones. Lea vio con sus propios ojos tristes y vivió en carne propia, los crímenes de lesa humanidad y el intento de exterminio. Ella estuvo adentro de la catástrofe de la Shoá. Mañana se cumplen 71 años desde que el Ejército Rojo liberó el campo de concentración de Auschwitz que es el símbolo más cruel del fascismo.

Es el apellido del Tercer Reich. Por eso mañana es el día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Por eso ayer, el presidente Mauricio Macri recibió a 23 sobrevivientes que rearmaron su vida en la Argentina. Y por eso hoy, se inaugurará un monumento en memoria de las víctimas.

Cuando las tropas rusas entraron a Auschwitz no podían creer la magnitud de la barbarie. De los hornos crematorios, las cámaras de gas y las montañas de cadáveres raquíticos. Y Lea estuvo allí. Lea es una sobreviviente de la Shoa. Ella pudo regresar de la muerte. Lea pudo escapar de la maquinaria perfecta pergeñada por la raza aria, presuntamente la raza superior, que tuvo la responsabilidad de haber concretado el mayor genocidio de la historia de la humanidad. Borraron de la faz de la tierra a más de 6 millones de judíos y a 5 millones de otras minorías como los gitanos, comunistas, homosexuales y hasta discapacitados. Fue el resultado del odio racial y la xenofobia llevados a su máxima expresión. Por eso nunca hay que bajar la guardia y mucho menos ahora que esos disvalores brutales han vuelto a reclutar fanáticos en todo el mundo.

Un psiquiatra y filósofo alemán llamado Karl Theodor Jaspers sentenció que » lo que ha sucedido es un aviso. Olvidarlo es un delito. Fue posible que todo eso sucediera y sigue siendo posible que, en cualquier momento, vuelva a suceder».

El Papa Francisco, en el Museo del Holocausto en Israel, escribió de puño y letra en el libro de visitas:» Con la vergüenza de lo que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue capaz de hacer. Con la vergüenza de que el hombre se haya hecho dueño del mal. Con la vergüenza de que el hombre, creyéndose Dios, haya sacrificado, así, a sus hermanos. ‘¡Nunca más! ¡Nunca más!’”.

Lea es polaca y confiesa que cuando siente culpa por haber sido la única de su familia que no murió, se recuerda a si misma que su misión en la vida es hablar de aquella muerte masiva para que nadie olvide, para que nadie niegue, para que nunca más. Todos le dicen Lea pero ella se llama Liza Zajac. Era una nenita cuando vio como su madre y su hermanito en brazos, fueron subidos a punta de pistola al tren que los llevaba a la cámara de gas. «Lea, corre» le gritó su madre y ella corrió a escabullirse entre la multitud de prisioneros con trajes a rayas y estrellas de David amarillas en el pecho. En un galpón la desnudaron y la raparon. Era una nenita que no podía ni llorar. Solo miraba un punto fijo y no podía moverse ni hablar. Estaba conmovida hasta lo más profundo de su inocencia. La llevaban todos los día a realizar trabajos forzados y levantar piedras, y se había hecho un poco amiga de su compañera, la que caminaba a su lado. Malka se llamaba. Un día, a Malka se le salió el calzado y tropezó. El nazi que las trasladaba, le apuntó con su metralleta y la liquidó en un instante. Malka quedó tirada en el suelo con los ojos abiertos, como preguntando, ¿Porque? Lea tuvo suerte en el medio de esa tragedia inconmensurable. Conocía a una doctora rusa llamada Luboff que era prisionera de guerra y que la protegió como si fuera su hijita. La encontró en la enfermería. Gracias a ella y a Dios, agrega Lea, sobrevivió. Todo eso ocurría en medio de epidemias de tifus, de tos convulsa, de disentería, de botas criminales con la cruz esvastica que pateaban al caído, de alambres electrificados, de chorros de agua helada en la madrugada, de personas reducidas a esqueletos de 30 kilos como máximo. Una recluta austríaca no judía salvó definitivamente a Lea porque la tachó de la lista y en su lugar puso a una enfermera que había fallecido. Lea pasó por varios campos de concentración y pudo regresar a su pueblito de Polonia pero nadie de su familia había quedado vivo. Les habían robado todo. Se habían apropiado de su casa. Lea jamás quiso volver a Auschwitz y nunca se animó hasta que la acompañó un grupo de jovenes estudiantes de la escuela ORT. Ellos la acariciaban y la contenían a medida que caminaban por esa tierra regada por sangre de millones y convertida en cementerio de multitudes. Todavía hoy tiene pesadillas con Auschwitz. Todavía hoy se le aparece la mirada de su madre con su hermanito en brazos subiendo al tren rumbo al exterminio por asfixia. Todavía hoy se pregunta si eso fue un castigo de Dios o una prueba horrorosa que tenían que pasar. A 71 años de haber sido liberada, todavía no encontró las respuestas.