Los maestros son héroes sociales – 13 de octubre 2015

Hay una propuesta de Esteban Bullrich que me pareció espectacular. Y creo que todos los especialistas en educación de los partidos coinciden en esto. La idea es que si el maestro es el actor social más importante, las agresiones contra los docentes deben configurar un agravante en las penas para los agresores. ¿Qué me dice? Tanto que hablamos de colocar a la educación como el eje del despegue argentino con la idea de igualar oportunidades hay que empezar por valorar y jerarquizar a los maestros. Son los verdaderos héroes sociales que van a ponerle el cuerpo a esta verdadera epopeya educativa. Por eso me parece bien todo lo que los ayude en su titánica tarea. Todo lo que pueda potenciar sus ingresos, su capacitación, su protección y su reconocimiento es clave para lograr el objetivo. Hay que apostar fuerte a ese círculo virtuoso de más días y horas de clase, potenciar la excelencia de los docentes, generar todas las condiciones edilicias necesarias y darle todos los materiales que estén a nuestro alcance.
Eso es jugar fuerte. Eso es ponerle pilas y no solo palabras. Hay que cuidar a los maestros en su integridad moral y física. Porque muchos padres los agreden con insultos y en algunas ocasiones pasan al ataque físico. Y eso no se puede tolerar. Por eso el ministro de educación de Mauricio Macri propone castigar con penas más duras a la persona que agrede o maltrata a un maestro. Hay que darles autoridad para que puedan imponer autoridad y límites y puedan educar como corresponde a nuestros hijos.
Ya es hora de combatir ese fracaso educativo de esta década aplazada. Ese es un agujero negro en el futuro del país y debemos resolverlo cuanto antes.
No es ninguna novedad que nuestros mejores años fueron los mejores años de la educación argentina. Fuimos ejemplo en el mundo. Cuando los maestros y los profesores empezaron a perder prestigio social, o el respeto de los gobernantes, la Argentina se vino a pique. Hay que volver a poner de pie a los maestros para que se conviertan en pilares del país que viene. De un país donde un joven tenga más posibilidades de estar en clases o en el trabajo que robando o en la cárcel.
Ya en su época, Sarmiento decía que si no se educa a la gente por una razón de estricta justicia, por lo menos, se la debería educar por miedo. Es casi un teorema: lo que se dilapida en educación se multiplica en inseguridad. Un ex ministro dijo que mantener a un chico preso un año en un instituto es más caro que pagar los 13 años de escolaridad
Soy un convencido de que la educación es la madre de todas las batallas contra los peores flagelos argentinos. Y es la madre de todas las soluciones. Es el instrumento más maravilloso que se conoce para combatir la indigencia, la marginalidad, la pobreza, la desocupación, la droga y el delito. No hay debate ni desafío más importante. Don José de San Martín decía que la educación era el ejército más poderoso para pelear por nuestra soberanía. Por eso estoy convencido que debe ser un tema de estado y no de partido. Para convertirlo en una epopeya nacional de todos los argentinos sin distinción de ningún tipo. Solo los mal nacidos pueden oponerse a que cada hermano que habita esta patria tenga la posibilidad de igualar sus oportunidades con los demás y educarse. Nuestro sueño colectivo debe ser el de iluminar tanta oscuridad. De convertirnos en predicadores de la civilización contra la barbarie. No podemos permitir que con un presupuesto realmente importante de más del 6% del PBI tengamos los malos resultados que tenemos. Se gastan fortunas en educación y todavía hay escuelas rancho en nuestro país.
Le pido que escuche estos datos que dan vergüenza: el 50% de los alumnos, no termina el secundario. El 52% de los adolescentes no comprende lo que lee. Salvo Perú y Panamá somos el país con peores resultados y eso que supimos estar en los primeros lugares.
Qué me cuenta? Hay más: solo 38 de cada 100 chicos que comienzan completan los 12 años de escolaridad fijados por la ley de Educación Nacional. Es increíble la fuga de chicos del sistema público al sistema privado y no solamente en los sectores ricos de la sociedad. Entre los más humildes también emigran a escuelas privadas, baratas como las parroquiales o vecinales, pero privadas al fin. ¿Que buscan que el estado no les puede dar? Mas días de clases, mejor enseñanza, mas disciplina sin perder la libertad creativa, premios que incentiven a los que quieren progresar y castigos para los que se tiran a chanta, no igualar para abajo, fortalecer a los docentes que se quieran capacitar más y mejor, a un secundario que vincule al muchacho con el mercado laboral y productivo y una inclusión mucho más temprana de nuestros hijos.
Hay que atender especialmente a los más chicos en las zonas más vulnerables. Porque en ese tiempo es donde se consolidan los mecanismos cognitivos y motrices. Nacen a la vida con una estimulación que los lleva a buscar el progreso a través de la cultura del esfuerzo y no de la dádiva. Nadie quiere emparchar el viejo sistema educativo. Cambió el mundo y la revolución tecnológica modificó la forma de asimilar conocimientos de los chicos. Por lo tanto se necesita una revolución educativa con los docentes como abanderados y los padres como escolta. Y el aporte de la sociedad civil. Un rediseño absoluto del sistema. No alcanza solamente con inyectar recursos. La prueba está en que ahora hay un buen presupuesto y los resultados no son equivalentes a semejante esfuerzo económico. Hay mucho por hacer. Construir el mismo amor por la libertad que por la ley. Que sean dos caras de la misma moneda. La educación debe ser prioridad nacional. Todos los derechos a los más necesitados y todas las obligaciones también. Para sembrar ciudadanía y recoger una mejor democracia. Por la deserción cero. Más todavía, por la ignorancia cero. Es por nuestros hijos que es una forma diferente de nombrar a la patria que viene.

Ni un femicidio más – 12 de octubre 2015

¿Que nos está pasando? A esta hora hay tres energúmenos detenidos. Tres bestias. Daniel Herrera degolló a Claudia, su esposa y la dejó abandonada en la ruta 11.
El mal nacido de Carlos Ruiz Díaz le clavó 11 puñaladas a Rosario, su mujer y los hizo delante de los dos hijitos de ambos.
Y Marcos Andrés Mansilla fue apresado hace algunas horas y está acusado de haber matado a su novia, a Julia con una paliza feroz que le pegó en el propio baño de su casa de Ramos Mejía. Le aclaro que Julita tenía apenas 23 años. Marcela, la madre de July, su princesa, como la llama dijo que “voy a vivir hasta que el pague con su vida. Y después voy a ver si acompaño o no a mi hija”. Terrible, estremecedor. Es una madre a la que le arrancaron los mejor que tenía, su hija, y le dejaron un agujero en el alma. No quiero ser cruel pero las cosas hay que decirlas tal como son hasta que toda la sociedad tome conciencia. Marcos mató a Julio su novia desde hace dos años a trompadas y patadas. Le reventó la cabeza y el hígado. Se ve que al caer lo hizo contra un vidrio porque tiene un corte profundo en la nunca. Y después, huyó el muy cobarde. Parecen películas de terror pero son realidades repugnantes y horrorosas. No me canso de decir que en cada esquina de este país deberíamos colgar un cartel que diga: «Nunca más un femicidio».
Hay 55 denuncias por día. Sólo durante el año pasado hubo 277 femicidios: mujeres que fueron asesinadas por la violencia de género ejercida por un varón. Esta opinión intenta ser un alerta y un aporte al combate contra semejante horror. Es que aumenta la condena social, pero los femicidios no disminuyen. En el 2013 hubo 295 asesinatos de mujeres. Estamos hablando de un crimen cada 30 horas. Por eso no me canso de repetir esta columna.
Pobre Marcela. Siente dolor, miedo y vergüenza. Tiene miedo de contarles a sus amigas y a su familia que Miguel, su esposo, la castiga brutalmente. Primero siente el dolor físico. Ese puño repugnante contra su cara. La sangre que no para. Las hematomas. El cinto como látigo sobre sus piernas. Después siente miedo que Miguel vuelva a enojarse aunque sabe que no importa lo que ella haga o diga: una vez por semana, él la golpea. Marcela nunca le contó su drama a nadie. Solo hay dos personas en la tierra que lo saben. Miguelito, su hijo más grande que- pobrecito- un día se levantó para hacer pis a la madrugada o tal vez se despertó por los gritos y vio justo cuando él le pegaba una patada en la espalda.
El hijito entró en una crisis de llanto y no paró hasta el mediodía siguiente. En esa época tenía 9 años y él tampoco nunca preguntó ni dijo nada. Ya pasaron dos años y Marcela sabe que él sabe y él sabe que ella sabe. Hay miradas y lágrimas que nunca se olvidan. La otra persona que conoce esta tragedia es Esther. Ella es terapeuta de un servicio telefónico contra la violencia familiar. Un día Marcela encontró el teléfono en el diario y llamó. Decía que atendían las 24 horas y los 365 días del año. Se armó de coraje y llamó. Hace 9 meses que habla con Esther dos veces semana. Espera que Miguel se vaya al trabajo y llama. Llora, se confiesa, se cuestiona, se libera y se atormenta. Le hace bien hablar con la licenciada Esther. Nunca se vieron porque Marcela todavía no se anima a ir personalmente. No se anima a hacer la denuncia.
Tiene vergüenza de que su familia no le crea. De que sus amigas la desprecien de por vida. Es que siempre creyó que estas cosas terribles ocurrían en las villas miserias. Entre gente muy pobre y sin educación. Y ella no es así. Marcela es maestra jardinera. Dejó de trabajar cuando nació Mónica, su segunda hija. Vive en un departamento de tres ambientes en Almagro y a su esposo no le van tan mal las cosas.
El golpeador, el energúmeno es subgerente de un importante laboratorio y casi llega a los 35 mil pesos por mes. En ese aspecto no hay problemas. Viven más o menos bien. Sin lujos, pero a los chicos no les falta nada. El se transforma cuando se pone corbata y el maletín negro: es un caballero, un señorito inglés. Pero los fines de semana es el diablo. El whisky lo pone como loco. O porque se pone como loco es que toma whisky… nunca lo sabrá bien. Además tomas pastillas. El viernes a la noche ya está descontrolado. Pero Marcela siente que la cosa no va más. Está embarazada de dos meses y todavía no se lo dijo a Miguel. El viernes pasado casi se lo dice porque él le pegó en la panza.
Ya está cansada de mandar a los chicos a lo de sus padres o a lo de sus suegros durante el fin de semana. Ya está cansada de mentir diciendo que se cayó por la escalera, que un día resbaló, o de esconderse fingiendo que tiene depresiones los lunes y los martes hasta que se le vayan las marcas más visibles de los golpes. Ya está agotada. Pero tiene miedo que no le crean ni sus amigas ni su familia. Si hasta sus padres lo elogian: que trabajador es Miguel. Es un poco agresivo cuando se enoja pero es bueno. A vos nunca te falta nada. ¿No es así, Marcela? “Tuviste suerte con Miguel”, le dijo su propia madre. Marcela aceptó ir hoy a ver personalmente a Esther. Marcela se enterará de que hay miles y miles de mujeres golpeadas. Y que los hijos son los testigos más desprotegidos. Tal como le pasa a ella. Igualito.
Marcela no sabe que cada 30 horas una mujer como ella es asesinada a manos de un conocido directo de la víctima. O que en el 93% de los casos el crimen lo comete la pareja o ex pareja. Son números que hablan de su drama cotidiano. Son datos a su imagen y semejanza. Esas estadísticas ella las tiene en su casa. Ese golpeador lo tiene metido entre sus sábanas, en la cocina, en la mirada de su hijo Miguelito, que hace dos años entendió todo y no dijo una palabra. En la ausencia total de autoestima. En el pánico a empezar una vida sola porque no tiene trabajo. En los momentos más terribles, a la hora de descender a los infiernos, la pobre Marcela se llegó a preguntar si la culpable no era ella. Si no era ella la responsable de que ese dandy de maletín y celular se transformara en una especie de monstruo.
Hasta tanto llegó la humillación que ella, la víctima, llegó a dudar de su condición. Llegó a pensar que por su culpa él pasaba de ser un ángel a ser un demonio. Es que los domingos a la tarde el le pide perdón. Le dice que la quiere, le hace un regalito, le pide que la ayude, que ella es lo más importante que tiene en la vida y ella accede, no tiene otra salida y accede. La semana que viene se cumple un año del día en que Miguel le fracturó un brazo. Hoy Marcela le va a contar todo a Esther. Está decidida a pedir un abogado que la asesore y a hacer la denuncia. Sabe que no puede condenarse ella ni condenar a sus hijos a tener un padre golpeador. Está decidida a empezar de nuevo. Marcela está muy dolorida pero hay algo que aprendió para siempre. Sabe que está dando el paso más importante de su vida. Y es para salvarse de la muerte.

Lennon, el santo de los Beatles y la paz – 9 de octubre 2015

Ayer se cumplieron 40 años del asesinato de John Lennon pero hoy, el ícono de la paz y la rebeldía, celebraría sus 75 años.
Muchos religiosos y adoradores de Los Beatles ven a Lennon como una suerte de Jesús crucificado con 6 balazos en plena calle 72 en Nueva York. Tanto su nacimiento como su muerte fueron anunciadoras de nuevas culturas y de nuevos comportamientos en el universo.
Es verdad que su figura flaca y pelilarga remitía a Jesucristo. Su cara angulosa, su mensaje y su prédica en el desierto, esa actitud de poner la otra mejilla y aquel impresionante escándalo que generó cuando, atrevido y provocador, dijo que Los Beatles eran más famosos que Jesucristo. Nos estaba anticipando la sociedad mediática y muchos no se dieron cuenta. Sus fieles creyentes, si se dieron cuenta. Y le levantaron capillas en cada guitarreada y repartieron sus estampitas redondas de vinilo que levantaban multitudes y alaridos.
En 1969, Lennon dijo: “Todos somos Jesucristo y todos somos Hitler. Estamos tratando de hacer la palabra de Jesucristo contemporáneo: queremos que Jesucristo gane. ¿A qué niveles de popularidad hubiera llegado ahora con la tele, las redes sociales y los celulares?
Todavía se nos hiela la sangre de solo recordar el asesinato de Lennon. Sentí un cuchillazo en el alma cuando estuve parado en ese preciso lugar frente a Central Park. Su muerte nos dejó más huérfanos todavía en medio de una dictadura que mataba hermanos todos los días. Lennon nunca pisó estas pampas y sin embargo fue uno de los padres fundadores de nuestra identidad. Parió toda una generación. Fue uno de los ríos caudalosos a donde la juventud del mundo fue a beber para ser otras personas y para cambiar el mundo con la música que fue la banda de sonido de nuestras vidas de ruptura.
Sus comportamientos dinamitaron la pacatería. Con su loca sicodelia, con ese flequillo casi ingenuo mirado desde ahora y con el ácido lisérgico que taladraba cerebros de colores.
Con Lennon como bandera nos atrevimos a ser nosotros, a rechazar la obediencia debida en todas sus formas, a patear todos los tableros. A tratar el sexo como algo común y silvestre, como un placer cotidiano, a ver a John y Yoko completamente desnudos en la tapa de aquel long play que escondíamos de nuestros padres.
Es impresionante lo que hizo en tan poco tiempo. Vivió solamente 40 años. El día que nació, hoy hace 75 años, los alemanes arrojaron bombas sobre Liverpool esa cuna proletaria, orillera, futbolera y portuaria de la que salieron los cuatro fantásticos.
Siempre quise pensar que esas bombas nazis eran el más grande grito de guerra que dio la humanidad y fueron el bautismo de Lennon que en venganza imaginó con Imagina el más grande himno a la paz que cantó y todavía canta el planeta tierra.
O que su madre que murió atropellada ante su mirada no era casualmente mesera en una café de Penny Lane, una calle que luego fue una sinfonía que coreó hasta el último de los terráqueos. El pequeño atorrante llamado John Winston nunca le perdonó que se le muriera ante sus ojos. Ni que no se atreviera a criarlo y lo dejara con su famosa tía Mimi que por suerte para el futuro del mundo, un día le compró su primera guitarra por 17 libras esterlinas. Seguramente fue una de las inversiones de riesgo que mayor retorno trajeron con los años. Allí, entre los barcos y las veredas, John asimiló todas las tendencias musicales y formateó su mente con Little Richard, Chuck Berry y Ray Charles, entre otros emblemas de las melodías.
En la escuela de Bellas Artes, John fue muy feliz fabricando música. La gloria fue su primer grupo llamado Quarrymen donde conoció a un guitarrista que se las rebuscaba… un tal Paul Mc Cartney. ¿Los tiene? No faltó el escéptico que dijo: ¿Lennon y Mc Cartney? No, no va a andar.
Los compañeros de colegio escribieron casi 200 canciones y se convirtieron en la dupla creativa más famosa y exitosa de la historia.
Después, Lennon, inventó hasta el nombre. Jugó con las palabras y mezcló el beat que quiere decir ritmo con beetle que quiere decir escarabajo y pasaron a ser bichos raros que convocaron océanos de gente desde La Caverna, esa cueva subterránea donde los acordes de los Beatles cimentaron su grandeza entre cajones de fruta barata y una humedad insoportable.
En poco tiempo se convirtieron en patrimonio de la humanidad. En Caballeros de la orden del imperio británico, condecoración monárquica que luego devolvieron para seguir siendo reyes.
Y Lennon un día encontró su princesa oriental y en el Peñon de Gibraltar se casó con Yoko ONo. Y ese fue el principio del fin. Ya nunca más serían cuatro juntos sino cuatro separados.
Se veía venir y se vino.
Un día muy triste de abril de 1970, Lennon anunció él no va más del grupo. Dijo, lleno de bronce e historia: el sueño se acabó. Y nadie contestó una palabra. Se separaron tan rápido que una de las más grandes creaciones, Let it be, déjalo ser, salió a la venta cuando ellos ya habían dejado de ser y eran una nostalgia multiplicada por cuatro.
Lennon se instaló en los Estados Unidos y dejó que la droga y otros demonios se apropiaran de sus neuronas como Yoko se había apropiado de su corazón para siempre, hasta el fin de sus días. Ella lo terminó de quebrar el día que pidió que le hicieran una cesárea para que el hijo de ambos naciera el mismo día que John. Para que le dejara su alma cuando muriera. Richard Nixon no se bancaba semejante genio de la libertad. Lo quería expulsar por ser un extranjero indeseable. El tiempo y el Watergate ya se encargarían de saber quién era el indeseable nixonicida.
El nacimiento definitivo de la leyenda lo provocó el psicópata maldito de Mark Chapman que vació su revolver 38 sobre el cuerpo de Lennon que murió como quería, en los brazos de Yoko, con el cuerpo ensangrentado tirado en la calle con el asesino sentado en el cordón de la vereda esperando que llegara la policía.
Ese día el mundo perdió un continente.
Hace 40 años de ese día tenebroso.
Ese año 80 de mierda fue para el olvido. Asesinaron el obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, y a Lennon y murió Jean Paul Sartre. También separaron sus destinos Almendra, Los Gatos y Manal.
Había menos libertad en el mundo. Menos derechos humanos en el aire. Había menos paz y amor.
Por suerte nos queda la esperanza de levantar la mirada al cielo y buscar el asteroide número 4147 que se llama Lennon. Pero es más fácil encontrarlo en cada rebeldía, en cada pibe que quiere construir un mundo mejor. Allí está John, el que nos pidió que le diéramos una oportunidad a la paz… que en paz descanse, John Winston Lennon, a 75 años de su nacimiento, a 40 de su muerte, santificado sea su nombre.